Un viaje interior en la era de los viajes por app: cuando la vida buena no está en el mapa
La conversación empezó como tantas otras: un paseo tranquilo, un amigo de esos que siempre tienen algo que contar, y una aplicación en el móvil que acabó desencadenando un debate mucho más profundo del que ninguno de los dos esperaba. En este caso, la culpable fue Been, una de esas apps que parecen inofensivas pero que, como tantas otras herramientas digitales, terminan midiendo —y juzgando— nuestra vida.
Según los datos que yo mismo había introducido, llevaba visitados 37 países, distribuidos en cinco continentes. Nada mal, pensé. Pero para mi amigo, que parecía llevar un mapa mental mucho más poblado, aquello era casi una vergüenza. «¿Tan solo un 18% del planeta?», me espetó, como si hubiera confesado no haber leído más de tres libros en mi vida.
Been, para quien no la conozca, es una aplicación para viajeros que permite marcar en un mapa virtual los países, ciudades o aeropuertos que se han visitado. Incluso calcula el porcentaje de la superficie terrestre que has conocido. Suena inofensivo, casi divertido. Pero detrás de esa mecánica hay algo más: un impulso competitivo, una necesidad de validar nuestras experiencias a través de un algoritmo, de convertir lo vivido en estadísticas.
El problema, como suele ocurrir con estas cosas, está en los matices que la aplicación no capta. Por ejemplo, yo estuve cuatro días en San Petersburgo hace años. Casi todo el tiempo entre restaurantes, el Hermitage y el teatro Mariinski. Según Been, eso cuenta como «Rusia». Pero claro, Rusia son 17 millones de kilómetros cuadrados y 144 millones de habitantes. ¿Puede considerarse que alguien conoce un país por haber estado en una sola ciudad, por muy imperial que sea? La app no lo cuestiona. Simplemente suma.
Y ahí está el meollo: Been no mide comprensión, no registra empatía, no pregunta si aprendiste algo sobre la gente, sobre sus risas, sus miedos, sus maneras de entender el mundo. Solo suma casillas marcadas en un mapa.
Sin embargo, casi todos mis amigos más jóvenes la tienen instalada. Cada viaje es meticulosamente registrado, cada nueva frontera cruzada es un logro que hay que celebrar digitalmente. Incluso planifican rutas pensando en optimizar el número de países visitados, como si se tratara de un videojuego donde el objetivo es completar el 100% del mapa. Es una dinámica típicamente millennial: curiosidad insaciable, sed de experiencias, pero también una cierta tendencia a la cuantificación obsesiva.
Y es que, aunque mis amigos son mucho más viajados, políglotas y técnicamente mejor formados que yo —y seguramente que la media de mi generación—, conviene preguntarse si eso los hace mejores ciudadanos. ¿O más competitivos en la búsqueda de una vida buena, dotada de sentido y razonablemente feliz?
En nuestro paseo por la Provenza, mientras discutíamos sobre esto, llegamos a la abadía benedictina de Notre-Dame de Sénanque, famosa por sus campos de lavanda. En la librería del monasterio encontré un libro en el que entrevistaban a varios monjes sobre una pregunta sencilla pero demoledora: si solo te quedara una hora de vida, ¿qué harías?
Las respuestas eran sorprendentemente serenas. El hermano Basile dijo que la pasaría dando gracias a Dios. Sor Augberge que esperaría a que pasara, sin más. La madre Catherine que no haría nada especial, salvo llamar a su abadesa para despedirse. Y entonces mi amigo Lluís, el mismo que me había reprochado mi falta de viajes, respondió sin dudarlo: «Pues yo cogería mi último avión».
No pretendo decir que la alternativa a los viajes sea la vida monacal, ni mucho menos. Ni siquiera vivir entre libros, que también es una forma de alienación. Pero quizá haya algo que aprender de esa serenidad, de esa capacidad para encontrar sentido sin necesidad de tachar países de una lista.
De vuelta a Barcelona, hice una parada en Figueres para felicitar la Pascua a mi madre. Montse solo ha viajado tres veces en su vida: a Madrid de viaje de novios, a Roma en una excursión de la parroquia, y ya viuda, una vez a Londres con las amigas. No la veo bajándose Been. Ni falta que le hace.
Cuando le pregunté qué haría si solo le quedara una hora de vida, me respondió sin dudarlo: «Pues prepararos una tortilla de calabacín, que el día que yo falte también tendréis que cenar, ¿no?».
A veces, la vida buena no está en el mapa. Está en esas cosas que no se pueden medir.
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