La pesadilla de una activista nicaragüense: del secuestro político al destierro forzoso
En la madrugada del 9 de noviembre de 2021, Samantha Jirón, entonces con solo 20 años, vivió el momento que cambiaría su vida para siempre. Mientras salía de un hotel en Managua, un grupo de agentes de inteligencia vestidos de civil la secuestró por denunciar fraude electoral en las elecciones presidenciales de Nicaragua de ese año. «La tenemos, la tenemos», celebraron los policías mientras grababan la captura en directo para sus superiores. Así comenzó la pesadilla de la prisionera política más joven de su país.
Dos años y medio después, en una cafetería del centro de Madrid, Jirón revive el trauma con una serenidad que oculta el dolor profundo. Ahora estudia periodismo en la Complutense, sale con amigos y trata de construir una vida normal a más de 8.500 kilómetros de Masaya, su ciudad natal. Pero el pasado la persigue: «En Nicaragua toda tu vida gira en torno a la situación del país, las malas noticias, los encarcelamientos… Aquí he tenido que aprender a respirar, a separar la parte profesional y política de mi vida personal».
La cárcel como otro mundo
Jirón sobrevivió ocho meses en aislamiento total dentro de los 15 que permaneció encerrada en la prisión de La Esperanza, el principal centro de detención de mujeres en Nicaragua. El régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo la acusó de traición a la patria y difundir noticias falsas, condenándola sin pruebas a 12 años de prisión.
«En Nicaragua tratan mejor a una asesina que a quien piensa libremente», afirma Jirón para ilustrar el trato que recibió entre rejas. En la cárcel aprendió a escuchar y reconocer quién estaba del otro lado de la puerta con solo escuchar el ruido de sus zapatos. Las secuelas persisten: le cuesta concentrarse, recordar algunos nombres, y ha creado lagunas mentales para protegerse de lo vivido.
«En estos contextos, las mujeres pagamos un precio mucho más alto que los hombres», sentencia. Además de enfrentar la persecución estatal y la repigón, sus compañeras se exponen a violaciones, abusos sexuales como métodos de tortura, y a embarazos o abortos espontáneos producto de las golpizas. Todo mientras recaen sobre ellas las expectativas de cuidado y obligaciones impuestas por los roles tradicionales de género en un país extremadamente machista.
El destierro: una noche que cambió todo
Una noche antes de cumplir 15 meses en prisión, todo cambió drásticamente. Eran las 21:00 o 22:00, el toque de queda ya estaba impuesto y las luces apagadas, cuando una custodio le pidió que se levantara. Estaba a punto de ser trasladada.
«Todas las presas políticas fueron llevadas a la misma sala; nos pidieron que nos quitáramos los uniformes azules y que nos pusiéramos la ropa que nos entregaron», recuerda. Después las esposaron, las fotografiaron y las subieron a un autobús con ventanas cubiertas con cartón y sábanas. Ninguna sabía adónde las llevaban, pero el régimen de Ortega había dado la orden de expulsar del país a 222 presos políticos.
«Vi cualquier cantidad de policías y patrullas, una caravana interminable de buses, un dispositivo de seguridad enorme y en ese momento me di cuenta de que no iba a ser una liberación normal», rememora Jirón. Al cabo de 40 o 50 minutos, se percataron de que estaban en un aeropuerto y escucharon a los guardias cargar sus AK-47. «Teníamos miedo, pensábamos que nos iban a fusilar. En Nicaragua todo es posible, incluso las ideas que parecen más descabelladas».
Todos los presos fueron llamados por su nombre. Jirón fue la segunda en la lista. «Al bajar del autobús, me pusieron un papel por delante que decía: ‘Yo, Cinthia Samantha Padilla Jirón, acepto voluntariamente viajar a…’, y un espacio en blanco». Solo había dos opciones: firmar o regresar a la cárcel. Esa noche, 189 hombres y 33 mujeres fueron desterrados de su país y expulsados a Estados Unidos.
«Esos presos que están ahí son los hijos de perra de los imperialistas yanquis. Se los deberían llevar a Estados Unidos. ¡No son nicaragüenses, no tienen patria!», había clamado Ortega el 8 de noviembre de 2021, un día después de las elecciones que le permitieron perpetuarse en el poder por seis años más tras encarcelar a cinco candidatos opositores. Dos años después, consumó la venganza. Además del destierro, todos los presos políticos expulsados fueron despojados de su nacionalidad y de todos sus bienes en el país.
En ese vuelo chárter rumbo a Washington viajaban campesinos que nunca habían dejado Nicaragua, sacerdotes católicos que enfurecieron al régimen, jubilados que habían combatido a la dictadura de Anastasio Somoza y que después fueron traicionados por otros sandinistas, sus viejos compañeros de armas, y jóvenes líderes estudiantiles que fueron severamente castigados por opinar y pensar por sí mismos. Todos ellos sin dinero y sin ninguna garantía de poder quedarse en territorio estadounidense de forma permanente.
«Es como si te arrancaran, sin previo aviso y de repente, de donde has nacido, de todo lo que conocés, de todo lo que amás, de tu familia y de tu vida», zanja Jirón.
Un nuevo comienzo en España
No fue la primera vez que la joven había sido orillada a abandonar Nicaragua por sus convicciones políticas. En 2018, con solo 18 años, Jirón se exilió en Costa Rica por haber atendido a los heridos en las protestas que hubo ese año. Volvió a Nicaragua después de dos años, tras perder su trabajo por la pandemia de covid-19 y verse forzada a abandonar sus estudios universitarios en Ciencia Política.
Estados Unidos fue una nueva prueba de fuego. Amigos de la familia la acogieron primero en Nueva Jersey y después se mudó con su novio de entonces a San Francisco, donde trabajó en una empresa del aeropuerto que preparaba la comida que se servía en los aviones y más tarde, en otro negocio que vendía alimentos en el estadio de béisbol de la ciudad. «Fue extremadamente difícil», recuerda. «Nunca he creído en el sueño americano», se sincera. «Muchos jóvenes que lideraron las protestas en Nicaragua, gente valiosa, trabajan entre 12 y 13 horas al día en EE UU con miedo a que los capturen y los deporten».
Desde su llegada a territorio estadounidense, las autoridades de España ofrecieron a los nicaragüenses desterrados la posibilidad de recibir la nacionalidad española para que no quedaran atrapados en el limbo de la apatridia. Jirón fue una de las decenas de personas que se beneficiaron con la medida. Un año y ocho meses después, tras solicitar becas y apoyos para hacerlo posible, se mudó a Madrid. «Estudio, trabajo, sigo implicada en temas de derechos humanos y me gusta muchísimo vivir aquí», dice agradecida.
Sin embargo, hay un duelo que no se va. Jirón no oculta su lucha cotidiana contra el desarraigo. No esconde que atesora algunas memorias, no tan lejanas, de paisajes con montañas altas y árboles frondosos o de viejos amigos y conocidos que han decidido cortar el contacto con ella por miedo a las represalias. No olvida que no es de aquí y todos los detalles que se lo recuerdan a diario. No quita importancia a esa sensación de pérdida que habita en ella y que comparte con la inmensa mayoría de los cerca de un millón de nicaragüenses que han salido del país, según la ONU. «Honestamente, no es algo que se supere, es algo con lo que se aprende a vivir».
Jirón cuenta que para aliviar el alma sirven algunas canciones, platos de comida que saben a casa y un círculo cercano que comparte su cultura. También alzar la voz en actos como la presentación de «Operación Guardabarranco», que recoge la historia de los 222 presos políticos a los que de un día para otro les cambió la vida, o la esperanza de contar en un futuro lo que sucede en su país como periodista. «No sé cuándo volveré, trato de no pensar en el mañana», dice sobre su regreso. «Me imagino llegando a una Nicaragua que habría que construir y levantar, pero con mucha esperanza de cambiar la historia y el rumbo del país de una vez por todas».
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