La línea de comandos vuelve a la carga: así está cambiando la IA la forma en que interactuamos con las máquinas

Era 1982, quizás 1983, y todo empezó con un ZX Spectrum 48K. Aquella máquina me fascinó no solo por los ruidos, pitidos, colores y juegos cutres y maravillosos, sino porque escribías algo en pantalla en modo texto y de repente pasaban cosas. Aquello me parecía mágico: una interfaz que respondía a tus órdenes escritas, que hacía que la máquina hiciera lo que tú querías simplemente con teclear.

Luego llegó el Commodore 64, que por supuesto era mucho mejor, pero esa es otra historia. El caso es que la interacción hombre-máquina estaba dominada por esa tecnología: la línea de comandos. Tú escribías, la máquina respondía. Lo hacían los sistemas UNIX antes, los «sistemas operativos» del Spectrum o el C64 después, y desde luego lo hacía también ese MS-DOS que parecía alucinante porque una vez más yo, en mi inocencia, no sabía aun que por ahí ya andaba un loco visionario genial que estaba vendiendo unas pequeñas máquinas sencillamente alucinantes con pantalla de 7 pulgadas que te recibían con un «Hello, I’m Macintosh».

Todo cambió (bastante) rápido y de repente la línea de comandos se volvió algo incómodo, tosco, obsoleto. Todo tenía que ser visual. Ventanas y elementos gráficos fueron evolucionando para que escribiéramos menos e hiciéramos clic (y no digamos scroll) mucho más. Y en los últimos 30 años no hemos parado de hacer eso y de defender que la interfaz gráfica era perfecta para los humanos y para la mayoría de escenarios en los que tenemos que hablar con nuestras máquinas.

Y lo era. Y lo es. Pero la IA ha cambiado eso.

Hola de nuevo, CLI

La explosión de la IA generativa ha dado un giro de 180 grados a esta situación. Es cierto que durante estos últimos años hemos usado la IA a través (sobre todo) de un navegador o de una app móvil que en realidad era un navegador embebido, pero con el tiempo hemos visto que si queríamos que la IA hiciera cosas por nosotros, había un problema.

Que a la IA le cuesta mucho ver y trabajar con una interfaz gráfica de usuario.

Pero al mismo tiempo hubo quien se dio cuenta de lo que la IA hacía como los ángeles era trabajar con un intérprete de línea de comandos o CLI. De repente tenía sentido volver a usar la terminal o consola de nuestro ordenador, porque la IA se sentía en casa con ella. No tenía que reconocer e interpretar la pantalla: solo tenía que leerla, y eso era maravilloso.

Por eso hemos visto cómo Claude Code (o Codex, o Gemini CLI, o herramientas similares) se ha convertido en un absoluto prodigio. Uno que de repente nos devolvía a la línea de comandos y a una terminal en la que nos sentíamos como en el ZX Spectrum que yo vi con 9 o 10 años. Tú escribías y la máquina respondía, y aquí igual, pero claro, a lo bestia.

Lo que parecía algo relegado al ámbito de la programación poco a poco está cobrando sentido para muchos otros escenarios. En realidad puedes usar Claude Code o Codex como usas ChatGPT, para conversar, pero parecía que solo se podían usar para programar. Y no.

Estamos viendo cómo más y más soluciones pensadas para aprovechar la potencia de la IA generativa se programan con una interfaz de texto, para línea de comandos. Esas herramientas están pensadas para ser usadas mucho más por una IA que por un humano.

Ahí entran también los MCPs que conectan modelos de IA con herramientas y servicios como Slack, GitHub o AWS, y si esos servicios tienen sus propias versiones de sí mismos en modo texto, la IA los podrá usar muchísimo mejor y de forma mucho más eficiente.

El último ejemplo lo tenemos en Google Workspace CLI, una plataforma que permite que Drive, Gmail, o Calendar se puedan usar desde la línea de comandos. No está pensada para humanos —aunque podamos usarla— sino para que sean los modelos de IA los que la aprovechen. Es un regalo de Google para las máquinas, y uno que no es nada generoso: lo que quiere la compañía aquí es convencer a las máquinas de que usen sus servicios. Los humanos ya los tiene ganados.

Es solo un ejemplo, porque poco a poco vemos cómo la línea de comandos está viviendo una segunda juventud. Ya no solo se habla del GUI (Graphical User Interface), sino del TUI (Text-based User Interface). Es algo que siempre ha tenido su sitio sobre todo en el sistema operativo Linux, donde herramientas como btop o Neofetch demostraban que el texto puede ser (muy) bonito, pero que ahora. Son solo dos ejemplos, porque hay decenas de ellas. Cientos. Probablemente miles. No necesariamente preciosistas, pero sí eficientes y funcionales, como mutt (cliente de correo) o Midnight Commander, legendario explorador de archivos en modo texto.

Para la IA ese tipo de apps son maravillosas, porque insisto, no se tiene que esforzar en comprender qué pasa: lee texto a toda velocidad y comprende y actúa. Y eso es vital para esos agentes de IA que empiezan a conquistarlo todo y a todos.

OpenClaw, por ejemplo, nos está enseñando ese potencial futuro en el que una IA lo hace casi todo por nosotros en una máquina, y quienes la han probado lo saben (sabemos) bien: hacer cosas en el navegador suele dar problemas porque los navegadores se protegen contra bots que por ejemplo intentar superar CAPTCHAS, y por eso este y otros agentes de IA tratan de usar otros métodos de navegación web como el célebre comando curl. Si conseguimos «traducir» el lenguaje visual de la web a una interfaz de usuario en modo texto, los agentes de IA serán más potentes y capaces que nunca.

No sabemos si eso ocurrirá, pero lo que es cierto es que el mundo ha entendido que si queremos que la IA haga cosas por nosotros, la interfaz visual es un obstáculo que debemos quitarnos de encima.

Y por eso estamos reviviendo un fascinante regreso al pasado. La línea de comandos vuelve, y lo hace con mucha fuerza.

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