iante el control de sus recursos hídricos, Arabia Saudita busca reducir la dependencia de acuíferos que tardan siglos en reponerse y que, en algunos casos, ya se han agotado. El país se prepara para un escenario en el que el cambio climático limite aún más las precipitaciones y las reservas naturales no alcancen para abastecer sus ciudades.

La iniciativa también se enmarca en la Visión 2030 del príncipe heredero Mohammed bin Salman, que busca diversificar la economía y modernizar la infraestructura. Entre sus pilares está el desarrollo urbano sostenible, con proyectos como NEOM, la ciudad del futuro que aspira a ser autosuficiente en energía y agua. El río subterráneo sería una de las arterias que permitan hacer realidad esa visión.

Un modelo exportable

Aunque la tecnología no es nueva, la escala sí lo es. Arabia Saudita no solo construye para sí misma. El país exporta ya agua potable a países vecinos, como Bahréin, a través de un acueducto submarino de 110 kilómetros que transporta anualmente 66,5 millones de metros cúbicos.

El nuevo río subterráneo podría replicarse en otros desiertos del mundo, donde la escasez hídrica amenaza la vida humana. Australia, Israel, Emiratos Árabes Unidos y California ya experimentan con desalinización a gran escala, pero ninguna infraestructura se acerca a la ambición de la saudí.

Desafíos y debates

La desalinización no está exenta de críticas. El proceso consume mucha energía y produce un residuo salino llamado salmuera, que puede dañar ecosistemas marinos si no se gestiona adecuadamente. Además, su costo es elevado, lo que limita su adopción en países sin recursos energéticos abundantes.

Sin embargo, Arabia Saudita dispone de petróleo y gas, y ha comenzado a incorporar energía solar para reducir la huella de carbono de sus plantas. El país avanza hacia una combinación energética más sostenible, aunque el debate sobre la viabilidad ambiental de la desalinización a gran escala sigue abierto.

Un río que no se ve, pero que cambiará el mapa

En 2030, cuando el sistema alcance su máxima capacidad, Arabia Saudita tendrá un río artificial que nunca se seca, que no depende de la lluvia y que no se ve a simple vista. Es un logro de ingeniería que redefine lo que significa vivir en el desierto.

Y, quizá, un anticipo de cómo sobrevivirá la humanidad en un mundo cada vez más seco.

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