Bad Bunny: La Super Bowl que sacudió a Estados Unidos y desafió a Trump

Un espectáculo que rompió barreras y encendió la polémica

El escenario estaba listo. Una fantasía de palmeras, cañas de azúcar y azoteas de dos edificios del Morro del Viejo San Juan —con su mercado, su «Casita», su barbería y una licorería que decía simplemente «Conejo»— sirvió a Bad Bunny como plataforma para un momento histórico que trascendió la música y se convirtió en un hito cultural para los hispanos en Estados Unidos y los latinoamericanos en todo el mundo.

Fue este domingo en Santa Clara, California, durante el intermedio de la Super Bowl, que el presidente Donald Trump definió como «terrible» poco después de haber ocurrido.

«Bienvenidos al espectáculo del medio tiempo del Súper Tazón», decía, en español, la pantalla del estadio de los San Francisco 49ers a la mitad de la intensa final de la NFL que enfrentó a los Seahawks contra los Patriots.

El show que hizo historia

Sobre la hierba, el cantante llegó de punta en blanco, con un balón de fútbol americano que retomaría al final de la actuación, cuando, con el fondo de su himno «DtMF», exclamó «Seguimos aquí» y marcó un touchdown. Estaba rodeado de un cuerpo de baile que portaba las banderas de todos los países del continente americano, cuyos nombres recitó el cantante, que se reservó para él la de su isla, Puerto Rico.

Así terminó un recital fulgurante e imaginativo, en el que hasta hubo una boda de verdad, y otras sorpresas como ver a Lady Gaga, acompañada por el conjunto puertorriqueño Los Sobrinos, interpretar «Die with a Smile» (con la que ganó el Grammy junto a Bruno Mars el año pasado) en clave salsera, antes de fundirse en «Baile inolvidable» con el protagonista. O a Ricky Martin, otro puertorriqueño, en un gesto de reconocimiento a los que vinieron antes que él en la conquista del mercado estadounidense que honra a Bad Bunny. Este también incluyó un medley de éxitos de reggaetón primigenio, con «La gasolina», de Daddy Yankee incluida.

El perreo que desafió al establishment

Cuando el característico ritmo caribeño retumbó en el estadio de los 49ers, las pantallas sobre el escenario, que recordó al de la histórica residencia del artista el verano pasado en Puerto Rico, escupían con letras mayúsculas una palabra repetida: «PERREO PERREO», tras un arranque en el que cayeron canciones como «Tití me preguntó» y «Yo perreo sola».

En las gradas, un público mayoritariamente blanco reaccionó con cierta frialdad al show, durante el que el maestro de ceremonias hizo historia al hablar solo en español en compañía de famosos como Karol G o Pedro Pascal.

«Si hoy estoy aquí es porque nunca dejé de creer en mí mismo», dijo Bad Bunny. Fue poco antes de que la cámara enfocara a un niño con uno de los premios Grammy que logró el domingo pasado, y un icono nuyorican como La Toñita, llegada directamente de Brooklyn, y de su mención en el tema de Bad Bunny «NuevaYol» y llegada directamente de Brooklyn, hiciera su propia aparición.

Más que música: un mensaje político

Los fans del cantante puertorriqueño, un par de equipos de fútbol americano, los Seattle Seahawks y los New England Patriots, ofrecieron un prólogo pesaroso y un epílogo abierto a su actuación durante el descanso de la Super Bowl; la «Benito Bowl», como decían, en referencia al nombre de pila del artista, algunas camisetas en el estadio Levi’s del sur de San Francisco.

La ocasión, 13 minutos que parten musicales por la mitad un partido que siguen 130 millones de personas, es todo un acontecimiento del entretenimiento global, pero esta vez los superlativos se quedaron cortos. Por motivos más políticos que artísticos, era el show más esperado de los últimos tiempos.

Pues bien, el gran pronunciamiento político de Bad Bunny fue, a golpe de banderas, su defensa de América más allá de Estados Unidos. También, del gesto de bailar como un acto de resistencia. Y del español como un arma cargada de sentido para conquistar uno de los espacios más codiciados de un país cuya presidente, Donald Trump, ha hecho oficial el inglés, en un acto teatral un tanto innecesario, y ha lanzado la que aspira a ser la «mayor deportación» de inmigrantes irregulares de la historia, millones de personas, muchas de las cuales llevan décadas viviendo en este país.

El choque de dos Américas

Con Bad Bunny, que no es inmigrante, sino ciudadano, mal que le pese a una parte del país, subió también al escenario la colisión entre dos visiones de Estados Unidos en la era de la crispación de Donald Trump: la América blanca, cristiana y monolingüe que teme, como predicen los demógrafos, la llegada del día en el que dejen de ser la mayoría, contra la de la diversidad y la inmigración.

También acompañaron al músico desde la distancia los 3,2 millones de puertorriqueños, ciudadanos estadounidenses de segunda, con una larga memoria del colonialismo y una historia reciente que se cuenta a partir de las crisis sucesivas de la deuda, la devastación y el abandono del huracán María y la gentrificación y sus desplazamientos. Todo lo que, en fin, que también ha contribuido a forjar la estética de Bad Bunny, hijo de todo eso.

La alternativa MAGA

La otra parte del país desconectó durante el descanso, para asistir a un espectáculo alternativo. «Di no a lo woke y sintoniza el ‘Intermedio Exclusivamente Estadounidense’», pedían horas antes del inicio del partido sus promotores, la organización de proselitismo juvenil MAGA (Make America Great Again) Turning Point, fundada por el activista asesinado Charlie Kirk.

La oferta la encabezaba Kid Rock, gloria pasada del rap metal y amigo personal de Trump, y la completaba un puñado de cantantes country de segunda. Hubo problemas con la retransmisión por problemas de licencias a la hora de pasar en X.

Trump responde

El contraste entre la estética de ambos espectáculos —uno, obsesionado con un pasado que no está claro que exista; el otro, anclado en el presente— habló con elocuencia de la gran fractura estadounidense en el año, para mayor disgusto de Trump, en el que el país conmemora que se cumplen 250 años de la independencia de los ingleses, como recordaban los logos de «America 250» que adornaban ambas bandas.

«Es una afrenta a la grandeza de Estados Unidos y no representa nuestros estándares de éxito, creatividad ni excelencia», escribió Trump en su red social, Truth, según hubo terminado Bad Bunny, en lo que fue la admisión de que había visto ese espectáculo y no el de sus simpatizantes. «Nadie entiende una palabra de lo que dice este tipo, y el baile es repugnante, especialmente para los niños pequeños que lo ven en todo Estados Unidos y en el resto del mundo», añadió.

El contexto: protestas y resistencia

Tres horas antes del saque inicial, un grupo de activistas repartió toallas con mensajes contra el ICE en un hotel cercano al estadio de los San Francisco 49ers, equipo que no solo se quedó por el camino (y encadena tres décadas de sequía), sino que tuvo que ver a uno de sus inveterados rivales, los Seahawks de la cercana Seattle (en el norteño Estado de Washington), ocupar su lugar.

Es la misma cancha, además, en la que hace 10 años un jugador de los 49ers llamado Colin Kaepernick lanzó su propio alegato al arrodillarse mientras sonaba el himno estadounidense para protestar por el racismo en los albores del movimiento Black Lives Matter.

Bad Bunny como símbolo de resistencia

La mezcla del extraordinario púlpito al que la NFL (y Roc Nation, la promotora del rapero Jay-Z que se encarga de la organización del espectáculo del descanso) le ha dado acceso, el mayor escaparate musical del año en Estados Unidos (y cada vez más, también del mundo) y el perfil combativo de Benito Antonio Ocasio Martínez, nombre del chico de Vega Baja que desde hace una década rompe todas las marcas de la música en español, han convertido a Bad Bunny en esta segunda presidencia de Donald Trump un símbolo de la resistencia ante la policía migratoria de la Casa Blanca, una amalgama de agentes enmascarados y fuertemente armados que ya se identifican en el imaginario popular con las siglas de uno de ellos: ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas).

El domingo pasado, al recoger el Grammy al Mejor Álbum de Música Urbana, Bad Bunny dijo «Ice fuera» (Ice Out), antes de dar las gracias a dios por el reconocimiento. Después, también obtuvo el de Mejor Álbum del año, a secas.


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