La caída del ‘Washington Post’: entre el giro editorial de Bezos, los despidos masivos y la pérdida de identidad
Ocurrió en la recta final de la campaña presidencial de 2024, cuando cada gesto editorial se interpretaba en clave política y el margen de maniobra era mínimo. A apenas diez días de las elecciones entre Kamala Harris y Donald Trump, la cúpula del ‘Washington Post’ tomó una decisión que rompía con una tradición sostenida durante décadas: el diario renunciaba a respaldar a ningún candidato desde sus páginas de Opinión. Oficialmente, el movimiento se presentó como un ejercicio de neutralidad y de refuerzo de la credibilidad periodística. Dentro de la redacción, sin embargo, se leyó de otra manera. Para muchos periodistas y editores fue una orden directa de Jeff Bezos para frenar un editorial ya cerrado a favor de la candidata demócrata, en el peor momento posible y con un cálculo político difícil de disimular.
La reacción fue inmediata y virulenta. Hubo protestas internas, críticas públicas y una fuga masiva de suscriptores que convirtió una decisión empresarial en un terremoto político y mediático. En apenas cuatro días, el Post perdió más de 250.000 abonados digitales, cerca del 10% de su base total. Periodistas de la casa expresaron su rechazo en público, algo poco habitual en un diario históricamente disciplinado. El alcance del giro era evidente: desde 1988, el ‘Washington Post’ había pedido el voto de forma sistemática para el candidato demócrata en todas las elecciones presidenciales, sin una sola excepción. No era solo un editorial más lo que se bloqueaba, sino una seña de identidad consolidada durante más de tres décadas.
Tras la victoria de Trump, Jeff Bezos decidió consolidar ese cambio con un gesto aún más explícito. En febrero de 2025 difundió una nota pública dirigida a la redacción en la que fijaba una nueva línea para la sección de Opinión. A partir de ese momento, anunció, el diario defendería de forma explícita dos pilares: las libertades individuales y el libre mercado. Las posiciones contrarias quedarían fuera de esos espacios. Bezos presentó la decisión como una prerrogativa ligada a su compra del periódico y al nuevo ecosistema digital, sostuvo que esas ideas estaban infrarrepresentadas en el debate público y asumió personalmente el viraje editorial. No delegó la responsabilidad ni la diluyó en un comité. Era su decisión.
El mensaje tuvo consecuencias inmediatas. El responsable de Opinión abandonó el cargo y se reforzó la sensación, dentro y fuera del periódico, de que el propietario había cruzado una línea que durante años había prometido respetar: la separación entre propiedad y línea editorial. No se trataba ya de una discusión teórica sobre neutralidad, sino de una intervención directa y visible del dueño en el contenido ideológico del diario.
300 despidos y el desmantelamiento del ‘Washington Post’
Más de un año después de aquella crisis, Donald Trump ya es presidente y el ‘Washington Post’ atraviesa una de las mayores sacudidas de su historia reciente. El diario ha despedido a cientos de empleados, cerca de un tercio de su plantilla. En torno a 300 de sus 800 periodistas han sido cesados en lo que la propia redacción ha descrito como una carnicería. Han desaparecido burós completos en el extranjero, con cierres de corresponsalías desde Oriente Próximo hasta Ucrania. Toda la plantilla de fotógrafos ha sido despedida. Se ha desmantelado el equipo dedicado a la cobertura racial y han sido clausuradas las secciones de Deportes y Local, dos áreas históricas del periódico.
La dirección presentó los recortes como un «reinicio estratégico» para garantizar la viabilidad del medio en un mercado cada vez más competitivo. El anuncio, sin embargo, provocó una conmoción inmediata dentro del periódico y una oleada de críticas externas. El ajuste no afectó a áreas marginales o accesorias, sino al núcleo informativo del ‘Post’. La reducción de corresponsalías internacionales, la eliminación de equipos enteros y el vaciamiento de secciones clave alteran de forma estructural la capacidad de cobertura del diario y su ambición global. El ‘Post’ concentra ahora sus recursos en los ámbitos que los estrategas digitales consideran más rentables y más fácilmente monetizables: política nacional y seguridad nacional. Poco más.
Como muchos otros grandes diarios de papel, el ‘Washington Post’ lleva años inmerso en una transformación profunda y dolorosa. Ya no se vende de forma masiva en quioscos ni se distribuye como antes en barrios y edificios. Los datos de circulación reflejan con crudeza ese declive. En 2020, el diario mantenía una circulación media diaria de unos 250.000 ejemplares impresos. Cinco años después, en 2025, esa cifra había caído hasta los 97.000 ejemplares diarios, con una circulación dominical de alrededor de 160.000, según los datos de la Alliance for Audited Media.
La caída es especialmente significativa si se tiene en cuenta que el ‘Washington Post’ fue durante décadas uno de los grandes diarios nacionales de Estados Unidos, con una base sólida en Washington y una clara proyección federal. En apenas un lustro ha perdido más de la mitad de su circulación diaria en papel, en paralelo al desplome de los ingresos publicitarios y a las dificultades para convertir lectores digitales en suscriptores estables.
Hoy, el negocio del ‘Post’ descansa casi por completo en las suscripciones digitales. El diario cuenta con entre 2,5 y 3 millones de abonados en línea, que pagan una tarifa oficial cercana a los 170 dólares anuales. En la práctica, sin embargo, buena parte de esos suscriptores acceden mediante promociones agresivas que reducen el precio hasta unos 39 dólares al año. Es un modelo que permite inflar las cifras de audiencia, pero que complica la rentabilidad a largo plazo y obliga a ajustes constantes en la estructura de costes.
Antiguos responsables del periódico advierten de que el daño es profundo. Martin Baron, director del Post durante el primer mandato de Trump y una de las figuras más respetadas de su historia reciente, calificó la jornada de despidos como «uno de los días más oscuros» del diario y alertó de un deterioro grave de su misión periodística. Baron y otros veteranos señalan directamente al propietario y a su giro tras bloquear el respaldo editorial a Harris en 2024. «Sus esfuerzos por congraciarse con Trump han dejado una mancha especialmente fea», afirmó. El sindicato del diario fue aún más lejos y cuestionó abiertamente si Bezos sigue siendo el dueño adecuado, advirtiendo de que vaciar la redacción tendrá consecuencias directas sobre la credibilidad, el alcance y el papel del ‘Post’ como vigilante del poder.
Auge y declive del ‘Washington Post’ bajo Bezos
Conviene recordar de dónde viene el ‘Washington Post’ bajo Bezos. El fundador de Amazon compró el diario en 2013 por 250 millones de dólares, cuando atravesaba dificultades serias. Lo saneó, invirtió de forma decidida en tecnología y reforzó la redacción. Durante la primera presidencia de Trump, el ‘Post’ vivió años de expansión y récords de audiencia. Apostó por el periodismo de investigación, por una cobertura agresiva del poder y por una presencia digital ambiciosa. Lanzó pódcast, también en español, desarrolló vídeo, redes sociales y nuevas narrativas. Durante ese periodo, el diario se convirtió en una referencia para un público urbano, progresista y altamente politizado.
Tras ese auge llegaron las pérdidas. En 2023 el Post registró unos números rojos de unos 77 millones de dólares. En 2024, las pérdidas se acercaron a los 100 millones. Bezos dejó claro entonces que no estaba dispuesto a seguir asumiendo ese nivel de déficit. A partir de ahí se encadenaron salidas incentivadas y, finalmente, despidos masivos que redujeron drásticamente la redacción. El Bezos que en su día prometió «pista financiera» para evitar la irrelevancia pasó de sostener el crecimiento del diario a aceptar su encogimiento como mal menor.
Medio siglo después de destapar el Watergate, el ‘Washington Post’ volvió a ser noticia no por revelar abusos de poder, sino por sus propias crisis internas. Tras la salida de Martin Baron, el diario acumuló titulares sobre luchas internas, errores de gestión y pérdida de influencia informativa. El golpe simbólico más claro fue que la mayor filtración política de los últimos años —la sentencia del Tribunal Supremo que acabó con el aborto como derecho constitucional— no la publicó el ‘Post’, sino ‘Politico’, una web digital fundada en 2007. Fue una señal inequívoca de que el ‘Post’ ya no marca la agenda en Washington como antes.
Ese clima venía de lejos. En junio de 2022 estalló uno de los episodios más visibles de la deriva interna del diario, con una guerra abierta en redes sociales dentro de la redacción. Todo comenzó con un retuit del periodista David Weigel, que reprodujo una broma ajena de mal gusto: «Toda mujer es ‘bi’. La cuestión es descubrir si es polar o sexual». Weigel borró el mensaje poco después y pidió disculpas, pero su compañera Felicia Sonmez difundió la captura y denunció públicamente que ese tipo de contenido se tolerara en el ‘Washington Post’. A partir de ahí, el conflicto escaló de forma descontrolada.
Hubo sanciones, comunicados internos y reproches cruzados en público. El clima laboral quedó expuesto ante millones de lectores. Weigel fue suspendido. Semanas después, Sonmez fue despedida por insubordinación y por atacar públicamente a colegas y directivos. Para muchos observadores, aquel episodio simbolizó un cambio de época: de tumbar a un presidente con una exclusiva a consumirse en batallas internas retransmitidas en Twitter, con una redacción cada vez más pendiente de sí misma.
El relevo en la cúpula y el giro estratégico
El relevo en la cúpula del ‘Washington Post’ llegó en 2024, cuando Bezos nombró consejero delegado a Will Lewis. No fue un nombramiento neutro ni inocuo. Lewis procedía del entorno de Rupert Murdoch. Había dirigido Dow Jones y ocupado puestos clave en News Corp en el Reino Unido. Su desembarco despertó recelos desde el primer momento. Pesaba su pasado en la prensa británica, asociado a una cultura empresarial dura y a los escándalos de las escuchas, aunque Lewis siempre negó cualquier implicación directa. También inquietó su perfil, de un gestor para una redacción acostumbrada a marcar el paso y a ejercer una amplia autonomía.
La tensión estalló meses después, cuando la directora Sally Buzbee, primera mujer al frente del periódico, abandonó el cargo tras chocar con el plan de reorganización impulsado por Lewis. Desde entonces, se consolidó la sensación de que el ‘Post’ entraba en otra fase. Menos autogobierno interno, más dirección desde arriba y una redefinición del producto pensada para sobrevivir en un mercado hostil.
En el fondo, el dilema del ‘Washington Post’ no es nuevo ni exclusivo. Es el dilema de muchos grandes diarios atrapados entre una identidad construida en otro tiempo y un público que ya no es el mismo. La experiencia suele ser clara, aunque rara vez se formule así: no suelen ser los intentos de adaptarse a nuevos lectores los que arruinan a los periódicos, sino las redacciones que se atrincheran en sus propias certezas y convierten cada decisión en una batalla moral. Mientras tanto, el lector, ajeno a esas guerras, simplemente deja de prestar atención y se va a ver vídeos o escuchar podcast.
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