El mercado no puede ser una religión: por qué la intervención pública es necesaria en tiempos de crisis

En un mundo donde la realidad a menudo supera a la ficción, España se enfrenta a una encrucijada económica que desafía los dogmas más arraigados del neoliberalismo. Mientras algunos aún creen en la mano invisible que todo lo regula, la realidad cotidiana de millones de personas demuestra que ciertos mercados necesitan una guía más tangible y humana.

La tragedia no puede ser un negocio

Cuando la naturaleza o la desgracia golpean con fuerza, hay quienes ven oportunidades de lucro donde otros solo ven dolor. Esta semana, el ministro de Derechos Sociales, Pablo Bustinduy, ha dado un paso valiente al proponer un tope a los precios de productos y servicios durante situaciones de emergencia. Una medida que, lejos de ser una intromisión caprichosa, representa un escudo contra la especulación en momentos de vulnerabilidad colectiva.

«En medio del caos hay que evitar que unos pocos hagan negocio con el infortunio ajeno», afirma el ministro, y no podría tener más razón. Limitar las subidas abusivas en transporte o alojamiento cuando miles de personas necesitan desplazarse o refugiarse no es solo sensato, es un mínimo exigible en una sociedad que se precie de ser civilizada.

El fantasma del desabastecimiento: una profecía autocumplida que nunca se cumple

Los fundamentalistas del libre mercado tiemblan cada vez que escuchan «control de precios». Suelen vaticinar apocalipsis, desabastecimiento y colapso del sistema. Sin embargo, la historia reciente les ha demostrado una y otra vez que están equivocados.

Durante la pandemia, cuando el mundo entero necesitaba mascarillas y tests de COVID, los mismos que ahora se oponen a Bustinduy anunciaron el fin de los tiempos. ¿Qué pasó realmente? La fijación de precios máximos garantizó el acceso universal a estos bienes de primera necesidad. Ni rastro del desabastecimiento que auguraban. Todo lo contrario: hubo suministro garantizado, certidumbre y, sobre todo, equidad.

Una herramienta probada, no una ideología radical

Defender el control de precios no es una extravagancia contemporánea ni una rareza ideológica. Es una herramienta que se ha aplicado con éxito en contextos históricos muy diversos:

  • Estados Unidos durante la II Guerra Mundial: El gobierno de Roosevelt implementó controles de precios y salarios para evitar la inflación durante el esfuerzo bélico. La economía no solo sobrevivió, sino que se adaptó eficientemente.

  • Francia ante la crisis energética: Tras la invasión rusa de Ucrania, el gobierno francés impuso topes a los precios de la energía para proteger a hogares y empresas. El resultado fue una contención de la inflación que otros países europeos no lograron.

  • Canadá en los años 70: Frente a la inflación desbocada provocada por la crisis del petróleo, Ottawa implementó controles de precios y salarios que lograron frenar la espiral inflacionaria.

  • Nueva York tras el huracán Sandy: En plena emergencia, la ciudad estableció topes a los precios de bienes esenciales y servicios de emergencia, evitando el abuso de los más vulnerables.

Cuando se aplica de manera selectiva, transparente y vinculada a bienes esenciales, el control de precios funciona. Punto.

El drama silencioso de la nevera vacía

Pero la crisis no solo golpea en momentos de catástrofe evidente. Hay emergencias que se desarrollan lentamente, erosionando la calidad de vida de millones de personas sin hacer ruido. Una de ellas es la escalada de precios de los alimentos.

Según el informe «Tendencias de Precios de la Cesta de la Compra 2025» realizado por Mercer, Madrid es una de las capitales europeas donde más han crecido -66%- los precios en una década, solo por detrás de Varsovia. Mientras tanto, el Observatorio de Márgenes Empresariales señalaba a cierre de 2024 ganancias históricas en cadenas comerciales, grandes superficies y supermercados regionales.

Hacer la compra no puede suponer un sudoku presupuestario para millones de familias. Por eso, más allá de medidas paliativas, hace falta intervenir de forma integral. Soluciones innovadoras como la propuesta por el actual alcalde de Nueva York, Zoran Mamdani: una red de supermercados municipales que garantice el acceso a productos básicos a precios justos.

La vivienda: cuando el mercado devora nuestros sueños

Si hay un ámbito en el que la fe ciega en el mercado ha demostrado, además de sus límites, sus dramáticas consecuencias, es el de la vivienda. Nos ha abocado a una crisis habitacional que devora cualquier dato macroeconómico positivo. Los salarios se estancan, pero los alquileres se disparan. Los bancos ofrecen hipotecas imposibles, y los fondos buitre convierten barrios enteros en máquinas de hacer dinero.

Los tímidos intentos de controlar los precios, el tope de alquileres, se han demostrado eficaces. No es una varita mágica que resuelve todo de un plumazo, pero allá donde se han aplicado, en Barcelona o Navarra, han funcionado: contienen las subidas, rebajan la tensión y bajan los precios.

El debate de fondo: herramienta o religión

La vivienda, la comida, el transporte… hay cosas demasiado importantes como para dejarlas en mano del mercado. Así que el debate de fondo es sencillo: ¿vamos a dejar que el fundamentalismo de mercado siga arrasando nuestras vidas o vamos a ponerle freno?

El mercado es una herramienta, no una religión. Y cuando una herramienta daña a quienes debería servir lo responsable no es rezar, es regular.

Pablo Bustinduy no está proponiendo el fin del capitalismo. Está proponiendo que, en momentos críticos, protejamos a los más vulnerables de la codicia de unos pocos. Está recordándonos que la economía debe servir a las personas, no al revés.

Porque al final, la verdadera tragedia no sería regular el mercado en tiempos de crisis. La verdadera tragedia sería seguir creyendo que el mercado puede regularse a sí mismo mientras millones de personas ven cómo sus vidas se vuelven cada vez más inestables, inseguras e injustas.


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