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MERCÈ RODOREDA: EL BOSQUE QUE SE ESCONDE TRAS EL ESPEJO
La escritora que regresa con fuerza 50 años después de su regreso del exilio
Barcelona se viste de gala literario para rendir homenaje a una de las voces más poderosas de la literatura catalana del siglo XX. La exposición «Rodoreda, un bosc», comisariada por Neus Penalba en el CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona), nos invita a adentrarnos en el universo creativo de Mercè Rodoreda, una autora que, como un bosque misterioso, esconde más de lo que aparenta a simple vista.
UN ENCUENTRO TARDÍO CON LA MAESTRA
La historia de mi relación con Rodoreda es, probablemente, la historia de la mayoría de los lectores catalanes: la descubrí en los años dorados de su revalorización, entre 1972 y 1982, cuando regresó del exilio y se estrenó la adaptación cinematográfica de La plaça del Diamant dirigida por Francesc Betriu. Como tantos otros, leí varias de sus novelas, me fascinaron, y luego… las olvidé. Pero como sucede con los grandes bosques, siempre hay algo que te atrae de vuelta.
LA DECEPCIÓN INICIAL: CUANDO MENOS ES MÁS
Al entrar en la exposición, la primera sensación es de decepción. ¿Dónde están los objetos personales de Rodoreda? ¿Las fotos íntimas, los manuscritos originales, las cartas personales? Sorprendentemente, hay muy pocas piezas directamente relacionadas con la autora. En su lugar, nos encontramos con un recorrido por obras de arte de su época: cuadros de Ramon Casas, Remedios Varo, Suzanne Valadon, vídeos de Pina Bausch, fragmentos de películas que la inspiraron…
Pero aquí está la clave: como en un buen bosque, lo que parece vacío al principio revela su riqueza cuando aprendes a mirar. Superada la decepción inicial, la exposición se revela como un recorrido fascinante por los temas recurrentes en la obra de Rodoreda: los hijos ilegítimos, las metamorfosis, las formas de mirar (vigilar, espiar, hacer voyeurismo, ver morir), y, por supuesto, árboles y flores. Todo un ecosistema literario que se despliega ante nuestros ojos.
LAS VISIONES DISTORSIONADAS DE UNA ESCRITORA GENIAL
Lo que más impacta de la exposición es cómo revela las visiones distorsionadas que se han dado de Rodoreda a lo largo de los años. En vida, algunos de sus colegas la criticaron acerbamente por vivir con un hombre que no era su marido. Vaya, ¿no eran tan liberales los escritores como creíamos? Un asombroso artículo de Ramon Barnils, expuesto en la muestra, la califica nada menos que de «escalfabraguets i pedant» (calientabraguetas y pedante).
Pero lo peor vino después de su muerte. Se extendió otra visión, completamente distinta pero igualmente peyorativa: la de una abuelita bleda (boba) y cursi. La misma imagen, por cierto, e igualmente injusta, que se tenía de otra escritora grandiosa, contemporánea suya: Ana María Matute. Dos autoras que, como árboles centenarios, fueron subestimadas por su apariencia exterior.
EL REGRESO AL BOSQUE: «MIRALL TRENCAT»
Al volver a casa, busqué mi viejo ejemplar de Mirall trencat (Espejo roto), del que no recordaba más que un par de escenas: la de una mujer que finge desmayarse en la calle para hacer creer a su marido que le han robado una joya (la idea, me he enterado en el CCCB, se la dio una película de Max Ophüls, Madame de…), una niña que cae (o se tira) de un tejado y muere herida por las ramas de un árbol…
Su relectura me ha dejado boquiabierta. Obra de madurez, comenzada cuando la autora cumplió los sesenta y escrita a lo largo de seis años (la empezó en Ginebra en 1968 y le puso punto final en 1974 en Romanyà de la Selva), es una grandísima novela. Un tour de force, una obra maestra.
TRES GENERACIONES, UN BOSQUE DE SECRETOS
Mirall trencat es la historia de tres generaciones de una familia barcelonesa rica, y de quienes la sirven: criadas, chóferes, notarios… Empieza a finales del siglo XIX y en esa primera parte, es también, como novela, muy decimonónica: retrato de una ciudad; muchos personajes, de distintas clases sociales; la obsesión por el dinero; una protagonista –Teresa, que será el hilo conductor– con más afán de ascenso social que escrúpulos.
Pero a medida que avanza –llegará hasta después de la Guerra Civil–, se va convirtiendo en una novela psicológica, lírica, trágica, más parecida a Las olas de Virginia Woolf que a Las ilusiones perdidas de Balzac. La riqueza, el poder, muestran sus grietas: desamor, crueldad, muerte, desmoronamiento interior. Y termina siendo una meditación sobre la vejez, el duelo, el fracaso humano por debajo del éxito social.
EL LENGUAJE MARAVILLOSO DE RODOREDA
Todo eso está narrado en un lenguaje maravilloso. No me refiero solo a la riqueza del catalán, con palabras que creo, por desgracia, que están cayendo en desuso, al menos en Barcelona y en la generación joven, como rampoina (trasto), gruar (ansiar), rondinaire (gruñón), piuladissa (gorjeo)… sino a la finura con que Rodoreda observa y describe objetos: una copa, un mantel, unos botones… y también la naturaleza.
Por ejemplo: «El llorer, amb les branques que el vent feia gemegar, era més fosc: ple de braços, ple de veus, amb una esgarrifança de llum a cada fulla» («El laurel, con las ramas que el viento hacía gemir, era más oscuro: lleno de brazos, lleno de voces, con un escalofrío de luz en cada hoja»)…
ESCALOFRIOS DE HUMANIDAD Y BELLEZA
Escalosfríos de humanidad, en toda la gama de claroscuros que lo humano conlleva, y escalofríos de belleza, es lo que nos ofrece el inmenso, intrincado bosque llamado Rodoreda.
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