El cine catalán celebra sus Gaudí entre luces y sombras: taquilla en alza pero precariedad estructural
Las ceremonias de los Premios Gaudí alternan años de lamento por el estado del sector y otros de satisfacción. En la última gala, la presidenta de la Acadèmia del Cinema Català, Judith Collell, proclamó que «este año será recordado sobre todo porque hemos alcanzado la meta más deseada: hemos conseguido público». Pero, ¿qué dirá este domingo? El optimismo parece justificado, aunque no exento de matices.
El 2025 ha visto películas con producción catalana colarse en el top ten del cine español: Los domingos (tercera posición, 625.394 espectadores), Wolfang (cuarta, 597.593), La cena (quinta, 606.141), Sirat (séptima, 438.325) y Romería (décima, 275.920). Estas producciones han estado presentes en festivales internacionales como Venecia, Cannes, Berlín, Málaga y San Sebastián. Sin embargo, estos éxitos no pueden ocultar debilidades estructurales profundas.
Según el Observatori de la Producció Audiovisual, en 2024 una cuarta parte de las películas con producción catalana (30 de 114) permanecían sin estrenar en salas a 30 de mayo de 2025. La fragmentación empresarial es extrema: el 78,6% de las productoras catalanas solo calificaron una película ese año. En cuanto al cine en catalán, la cuota de mercado fue del 5,47% en 2025 (646.328 espectadores), por detrás del 2024 que alcanzó el millón de entradas gracias a títulos como El 47 y Casa en llamas.
Marc Chica, presidente de Productors Audiovisuals de Catalunya, resume la situación en una palabra: precariedad. Obtener financiación en Catalunya puede tardar dos años y medio cuando en Europa, con mecanismos más ágiles (subvenciones, incentivos fiscales, televisiones), se tarda seis meses. Este desventaja se suma al bajo coste de las producciones, que lleva a la intermitencia laboral y abarata el tope del financiamiento público que se puede solicitar. «Esta situación vulnerable favorece la emigración de profesionales a Madrid, con plataformas internacionales que dan más estabilidad», explica Chica.
El informe anual del CoNCA revela que el 23% de los profesionales culturales, no solo del sector cinematográfico, ingresaron menos del salario mínimo. Europa tampoco escapa a los problemas: según el Observatorio Europeo del Audiovisual, más del 40% de los guionistas y directores de películas del año 2015 no han vuelto a estrenar ningún otro proyecto.
El Institut Català de les Empreses Culturals es un organismo aplaudido por los productores, pero necesitaría más recursos para desarrollarse según las necesidades del sector. En este terreno, la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals está obligada por ley a impulsar la producción audiovisual, y lo hace, pero no suficiente. «Con la actual directiva tenemos abiertas vías de diálogo, pero aún no se ha llegado a concretar un convenio de colaboración». El último convenio venció en 2009 con una prórroga hasta 2011.
Para Chica, la fragmentación empresarial no es un problema, sino positiva. «Tenemos un conjunto de microempresas que previenen la situación de abuso que se daría con una alta concentración». Además, la fragmentación, concluye, favorece la libertad artística y la diversidad creativa. «Tenemos buenas escuelas, grandes autores y artistas, equipos humanos preparadísimos… En definitiva, un diamante en bruto que industrialmente no podemos sostener». Chica menciona la existencia de incentivos fiscales más competitivos, fuertes y ágiles en otras regiones internacionales que impiden ser lo que Catalunya podría ser, «un plató del mundo» y un centro de creación referente en Europa. «Y por rematarlo, los fondos destinados a Cultura no llegan al 2% del presupuesto de la Generalitat». «¿Queremos ser un sector estratégico?», pregunta Chica a los políticos. «Michael Blackman, director general de la feria ISE, decía que ‘nadie fuera sabe que sois tan buenos’… pero nosotros no nos lo acabamos de creer. Sin una apuesta pública clara podremos hacer una mijita de cine, pero no plenamente», concluye.
Lluís Miñarro es productor (Apichatpong Weerasethakul, Albert Serra, Oliveira, Naomi Kawase, Guerín…) y director (Emergency Exit es su último film). De insubornable militancia en la radicalidad estética, reconoce que lo tiene más difícil para abrirse camino en el biotopo audiovisual. «Un productor puede hacer una película, pero la distribución y la exhibición la pueden condenar al ostracismo. Son los que controlan el acceso a las pantallas, y una obra independiente lo tiene muy difícil con un sector en el que el 75% del consumo en las salas está dominado por los productos de empresas norteamericanas que imponen sus condiciones».
Por ejemplo, su última película se ha visto pocos días en cines de Madrid, Barcelona, Lleida, Valencia, Tenerife, Valladolid y Santiago de Compostela. «Por esta razón, encuentro indecente que las televisiones públicas compren producto norteamericano de segunda categoría para rellenar la parrilla y minusvaloren el cine del país». Ante este panorama, Miñarro tiene una ilusión personal: «De la misma manera que hay teatros nacionales, debería haber una red pública de cines dedicados a la programación de cine español».
La Acadèmia del Cinema ha impulsado el Cicle Gaudí, una red estable de salas en Catalunya donde lleva 10 películas catalanas al año. Son más de 140 en toda Catalunya, y alguna en el extranjero. Para Miñarro se trata de una iniciativa encomiable, pero tiene un vicio original: la opacidad de la comisión que elige las películas a programar. «No se sabe quiénes son y si favorecen el cine menos autoral». También valora la existencia de escuelas de cine sólidas, pero lamenta que en las promociones hay demasiados estudiantes que quieren ser directores y pocos se interesan por otros oficios de esta artesanía.
Miñarro defiende que el cine solo se puede hacer con ayudas públicas («que no son ningún regalo») y envidia países como Francia, que abre muchas más ventanas para el cine: Arte, Cinéma du Monde («que favorece las coproducciones con cinematografías emergentes y atrae talento extranjero») y una inversión pública aproximadamente 10 veces superior que en el Estado español.
¿Qué se debería servir en la gala de los Gaudí: cava o aspirina?
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