El efecto de los goles en los estadios: la magia que transforma a la gente y las margaritas

En el verde esmeralda de los campos de fútbol, entre la perfección del césped recién cortado, de vez en cuando brota una margarita. Una flor frágil, destinada a ser arrasada por las cuchillas de los cortacésped antes de que pueda lucir sus pétalos blancos. Pero, de vez en cuando, una sobrevive. Y cuando lo hace, parece que el estadio entero se detiene para admirarla. Es como si los goles, esos momentos de éxtasis colectivo, tuvieran el poder de los rayos gamma sobre las margaritas, como en la novela de Paul Zindel que inspiró una película.

El efecto de los goles en los estadios es, sin duda, sorprendente. Los seres humanos se ven insuflados de una felicidad extrema, que les hace olvidar sus insatisfacciones en casa y los disgustos en la oficina. El fútbol es magia sin varita, es ilusionismo con ilusiones. El escritor uruguayo Eduardo Galeano escribió que el fútbol es «la cosa más importante de las cosas menos importantes». Una frase que, con el tiempo, se le ha atribuido a Arrigo Sacchi, a Juan Villoro o a Jorge Valdano. Las máximas brillantes, como las victorias, tienen muchos padres, pero las derrotas son huérfanas. Incluso esta sentencia de la que me he apropiado es de Napoleón, pero Churchill igualmente se la hizo suya.

Galeano también decía que nació gritando gol. Me gustaría creer que yo también. Siempre he considerado el fútbol como el mejor juguete de la vida, pues crecemos con él y no lo abandonamos hasta que nos vamos. Del mundo, no de los estadios. Hoy escribo esta columna para intentar superar el disgusto por la inmerecida eliminación del Barça en los cuartos de la Champions. Los expertos aseguran que el azar es lo que hace grande al fútbol, pero a mí me empequeñece. Con mis años, no debería estar abatido y malhumorado por una derrota. Sé relativizarlo casi todo, comportarme como el mejor de los estoicos en momentos difíciles, pero el fútbol desborda mis emociones sin que pueda hacer nada por contenerlas.

El sabio Cruyff sostenía que el fútbol no se juega con los pies, sino con el cerebro. Pero los espectadores lo vivimos con el corazón, aunque los pies tampoco paren quietos. Lo malo es que, después de la derrota, queda una melancolía irremediable, que afortunadamente empezaremos a curar en el siguiente partido. El fútbol es la única guerra sin armas. O, como también escribió Galeano, es la única religión sin ateos.


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