El duelo eterno: cómo dos mujeres de 75 y 88 años aprendieron a vivir tras perder a sus hijos

En un mundo que huye del dolor, dos mujeres demuestran que el duelo no se supera, sino que se transforma. Flora Solé, de 75 años, y Neus Ballabriga, de 88, comparten una experiencia que nadie desearía: la pérdida de sus hijos. Sin embargo, sus historias no son solo relatos de dolor, sino de resiliencia, amor y propósito.

La odisea de Flora: de la enfermedad a la aceptación

Flora nació en Barcelona y se trasladó a Valencia tras casarse. Allí, su vida dio un giro inesperado cuando su hijo David, a los pocos meses de nacer, comenzó a mostrar síntomas de insuficiencia renal. Lo que siguió fue una odisea médica: ingresos, cuidados intensivos, diálisis y varios trasplantes. «Verle tan enfermo me hizo comenzar, sin darme cuenta, mi propio duelo. Aceptar la enfermedad fue el primer paso», confiesa Flora.

Pero la vida le tenía más pruebas. Su hija, de solo 21 años, fue diagnosticada con cáncer. «Comencé un nuevo duelo de nueve años», recuerda. Cuando su hija falleció, David, ya de 43 años y tras más de 20 operaciones, le dijo: «Mamá, no puedo más. Quiero ir a casa y morir allí». A las 24 horas, falleció.

Pasó dos meses llorando, pero Flora encontró una forma de transformar su dolor. «Hay que transformar la rabia en amor para darlo a los demás y estar en paz con uno mismo. De nada sirve estar rabioso con la vida, no te los va a devolver», dice con una fortaleza que inspira.

Hoy, Flora participa en talleres del Espacio Fundación «la Caixa» en Barcelona y dedica su vida a ayudar a los demás. «He sido afortunada por ver nacer a mis hijos, cuidarlos y acompañarlos hasta su muerte. El duelo existe siempre, pero te transforma como persona», afirma.

La historia de Neus: un accidente que cambió todo

Neus Ballabriga, de 88 años, vivió una tragedia diferente. Su hija falleció en un accidente con solo 20 años. «Me rompí. La gente intentaba animarme: ‘Tienes dos hijos a los que te tienes que dedicar’. Era verdad, pero solo quería dormir y morirme», recuerda.

Durante años, Neus se preguntó: «¿Por qué? No entiendo que nazca y se vaya tan pronto. No tiene sentido». Pero un punto de inflexión llegó cuando su hijo le anunció que sería abuela. «Ocuparme del pequeño me devolvió a la vida. Encontré sentido a mis días», explica.

Inspirada por el consejo de su madre—»Nacemos para mejorar el mundo y ayudar a los demás»—, Neus comenzó a ofrecerse para acompañar a personas mayores. Hoy, acude a talleres del Espacio Fundación «la Caixa» y recomienda a quienes están en duelo que «pidan ayuda». «Nunca tomé pastillas ni fui al psicólogo, pero hoy existe esta posibilidad para encontrar un propósito de vida», dice.

El duelo según la psicología: un proceso de transformación

La psicóloga Marijé Goikoetxea, doctora en Derechos Humanos y profesora de la Universidad de Deusto, explica que «la única manera de evitar un duelo es dejar de amar». La pérdida de algo que amas siempre supone un proceso de recuperación. «La herida siempre está ahí y lo importante es aprender a reconfigurar la vida y plantear de nuevo objetivos», afirma.

Goikoetxea destaca que el duelo tiene fases: shock, enfado, pena y asunción de responsabilidades. «Lo importante es respetar el proceso y los tiempos de cada persona, hacerle saber que estás ahí mediante el acompañamiento y la escucha», subraya.

En las personas mayores, el duelo puede ser más complejo. «Todo depende de si han hecho lo que esperaban en su vida y han cerrado su biografía o no. Cuando lo han logrado, son capaces de volver a disfrutar de pequeñas cosas como un paseo, el sol… Sin embargo, las que no han cumplido su proyecto de vida se sienten muy tristes y desganadas», explica.

El mensaje de esperanza

Flora y Neus demuestran que, aunque el duelo nunca desaparece, es posible encontrar un nuevo sentido a la vida. «Lo importante siempre es tener voluntad de recuperar una vida con sentido; sin voluntad es imposible lograrlo», concluye Goikoetxea.

Sus historias son un recordatorio de que, incluso en los momentos más oscuros, el amor y la resiliencia pueden iluminar el camino.


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