El Apocalipsis ya está aquí: no es el fin, es la superposición de eras
Si pensábamos que el apocalipsis sería un cataclismo repentino, un día en que los bárbaros llamaran a la puerta y se anunciaran con un «Hola, ¿podemos pasar?», nos equivocamos. El mundo no se desmorona en un instante; se superpone, se entrelaza, se diluye en capas que conviven sin que nos demos cuenta. Como escribió Mary Ann Evans con un eco pitagórico, en un desastre, el principio es la mitad de todo. Esto no empezó ayer. Empezó hace rato, sigue su curso y, tras unas cuantas calamidades más, dejará de estar en marcha. Aunque no sepamos qué aprenderemos de todo esto, al menos sabemos que el nihilismo idiota al mando nos hace añorar a los villanos de antes. Nerón, Calígula, Juego de tronos, la Velvet sin Lou Reed… La historia es un catálogo de locuras que se repiten.
El mundo actual es un desastre en cámara lenta. La mayor parte de la población mundial no quiere ni morir ni matar. Solo quiere evitar líos, gestionar lo propio, enriquecerse, tener buen sexo o que gane su equipo. Pero hay una élite que apostó por un juego de destrucción con fuerzas que no les alcanzan. Tan arrogantes e imbéciles que creyeron que podían hacerse ricos comprando todos los números de lotería. No pudimos impedirlo. Nunca se puede. Así que solo nos queda despedirnos de estos últimos días de paz, de las últimas cosas antes del colapso.
Hemos aceptado que el próximo mundo no solo será distinto sino peor
Es paradójico cómo nuestra especie se adapta veloz a cualquier desastre. Como si fuéramos capaces de normalizar lo anormal. Como si ya diéramos por sentado que nuestros hijos vivirán peor que nosotros. Como si el ahorro mensual (risas) no alcanzara jamás para comprar una vivienda y, por eso viene Bad Bunny, te atracara y todo bien (Nuevayol!). O, derivado de eso, y como no sabes cuánto tiempo te cobijarán esas paredes de alquiler, te tatúas hasta el cielo del paladar. Tu cuerpo es el único —junto a la estantería Billy— que te acompañará siempre.
Paul Auster publicó en 1987 El país de las últimas cosas sobre un mundo en el que todo parece buscar su muerte. En esa novela, Anna Blume busca a su hermano porque aún tiene esperanza, quiere seguir adelante en el mundo que les quede. Esperanza en la esperanza. No sé si ahora es nuestro caso, porque también hemos aceptado en un plis plas que el próximo mundo no solo será distinto sino peor. Y que nosotros seguiremos vivos. Y que habrá esperanza y tatuadores.
El apocalipsis no es un evento. Es un proceso. Y nosotros ya estamos en él.
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