La resurrección de Morante y la magia de Talavante en una tarde ventosa de Sevilla

La tarde del 21 de abril de 2026 quedará grabada en la memoria de la afición taurina sevillana como una de esas jornadas en las que el toreo se viste de épica y tragedia a partes iguales. El ruedo de la Real Maestranza aún conservaba la huella de la belleza de Morante de la Puebla en su resurrección abrileña, pero sobre todo se hacía más honda la huella de la inquietud por su cornada.

Cuando el dios del arte sangra, sangra todo el toreo. Morante había perdido el respeto a los toros, y no es crítica, sino alabanza: torear así, desnudo de precauciones, solo está al alcance de quienes han sido tocados por la varita de un valor aquilatado, casi sobrehumano. Pero Clandestino nos recordó que los toros no perdonan y que se cobran al contado con heridas que duelen, con veredas oscuras.

¿Cuándo reaparecerá el maestro? Se preguntaban en el tendido. Habrá que esperar. Verlo el 4 de junio es el sueño de la corrida del Corpus, el sueño de su Sevilla.

El vendaval que condicionó la tarde

Por sexta vez se colgó el cartel de ‘No hay billetes’ en la Maestranza, donde soplaba un viento infernal que impidió ver más de un toro en los medios y que imposibilitaba dominar los avíos. Revoloteaban los papelillos por el ruedo, las banderas se hacían un ovillo y los toldos se agitaban como las velas en un mar de furia. Así era muy difícil torear, dar con el punto adecuado para la lidia brava.

Talavante: la magia en medio de la tormenta

Curiosamente, hubo un torero que se encontró con su mejor versión: Alejandro Talavante, el de la magia y la ilusión. En ese ir y venir guadianesco, alzó los naturales más extraordinarios de la tarde con un superclase de Núñez del Cuvillo.

Hurraco se llamaba, feo bautismo para tan guapo toro, con una embestida ralentizada, tan dormida, tan mexicana. Qué bueno que viniste, Alejandro. El de los vuelos, el de la muñeca rota, el de la cintura quebrada, el que sabe torear como los ángeles, como un número uno cuando quiere.

A cámara lenta lo toreó el extremeño, con un muletazo en el que dio tiempo a leerse el primer volumen del Quijote. Qué despaciosidad imprimió desde la apertura con ayudados rodilla en tierra. Y con ese temple siguió ante el colorado ojo de perdiz, de tan superlativo ritmo. Hay que ser muy buen torero para estar al nivel de esa embestida, y más aún con el vendaval que soplaba.

Pareció aminorarse cuando Alejandro el Magno se sintió, sereno y vertical, dibujando naturales hasta la cadera. Enseñoreó la figura pacense su izquierda, la de los billetes, aunque hubo una serie por el otro lado de categoría. ¿Y ese cambio de mano, convertido en un redondo de eternidades? Qué bueno que viniste, Alejandro, qué bueno que te encontraste con tan mexicana embestida. Tranquilo, por perezas, creyéndoselo -¡ay, con un punto más de alma!-, improvisando unas luquecinas bajo la mirada de Daniel, que había catado a Hurraco en su quite por chicuelinas.

Se recreó en unos zurdazos a pies juntos antes de enterrar una estocada ejecutada cabalmente. Cortó una oreja de un toro «para llevárselo a casa», decía Pepe, que -como Cano con Manolete- lloró más la muerte de Camino que la de su padre. Como en el patio de su domicilio había toreado Talavante, al que jaleaba Sergio Ramos desde el burladero. Volvió el Talavante que ilusiona. ¿En otra época le hubiese cortado las dos? Seguramente. Claro que el frío ambiente, tan desagradable, no colaboraba en las alegrías.

Daniel Luque: ambición por encima de las circunstancias

Nos frotamos los ojos, pensando que una mota se había metido, cuando vimos un pañuelo blanco en el palco presidencial. Vaya orejita que concedió José Luque Teruel a Daniel el de Gerena. Idílico se llamaba el toro, como el de la histórica tarde de José Tomás en Barcelona. No fue digno de indulto este, con el depósito a medio gas, carente de fondo.

Habían expuesto Juan Contreras y Arruga con los palos y se desmonteraron (Antonio Manuel Punta lo haría en el otro). Luque dio una lección de terrenos, pausas y distancias, que fue acortando. Se metió entre los pitones con el nobilísimo y sosito animal, que apenas decía nada. Mucho arroz para tan poco pollo. Eso sí, firme de principio a fin, con la ambición del querer hasta las ceñidas bernadinas. Muy por encima de las circunstancias, se trabajó el dadivoso galardón. ¿Qué pensaría el torero al que brindó tras llevarse una rácana oreja de Pelifino?

Manzanares: condicionado por el viento

Abrió plaza un Currito, sin ‘ito’ en su cuajo. Echó las manos por delante en el capote y pegó una coz en el primer puyazo: despavorido salía en cuanto sentía el hierro. Toda la faena de José María Manzanares estuvo condicionada por ese aire racheado, que no favorecía nada a un animal de buena condición, pero algo rebrincadito, lo que acusaba más al tocar las telas. Un baberito parecían cuando se echó la mano a la izquierda.

Regresó a la de la cuchara, apretando a Currito en la serie de mayor rotundidad, pero ya en la siguiente el mansito se aburrió e hizo amagos de irse a tablas.

Diez metros desplazó al caballo el astifino cuarto en varas mientras Eolo parecía soplar con más virulencia en el lote del alicantino. En la zona de la antigua enfermería planteó su labor, procurando llevarlo tapado a un cuvillo con castita y transmisión, al que hubiese gustado ver en el platillo. Pero la tarde era la que era. Y el viento solo pareció apaciguarse cuando Talavante se reencontró.

Resumen de la corrida

Real Maestranza de Sevilla. Martes, 21 de abril de 2026. Undécima de abono. Cartel de ‘No hay billetes’.

Toros de Núñez del Cuvillo, de muy buenas hechuras y de noble juego, faltos de fondo en general, con un superclase, el 2º.

  • José María Manzanares, de nazareno y oro: estocada trasera (silencio); estocada (silencio).
  • Alejandro Talavante, de sangre de toro y oro: estocada delantera (oreja); pinchazo y estocada trasera (saludos tras aviso).
  • Daniel Luque, de celeste y oro: estocada trasera (oreja); estocada y descabello (silencio tras aviso).

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