El centro del campo español: un lodazal sin salida
El fútbol, ese deporte que puede ser tan bello como un poema y tan cruel como una pesadilla, ha vuelto a dejar a España en estado de shock. La selección española, que alguna vez deslumbró al mundo con su juego asociativo y su dominio del balón, se ha hundido en un lodazal del que parece imposible salir. El centro del campo, ese estrato fangoso con precipicios hacia todos los lados y laberínticos pasadizos, se ha convertido en el calvario de nuestros jugadores, que no supieron encontrar la salida.
Mientras tanto, el lunes pasado, la selección francesa y más tarde la polaca nos mostraron cómo se debe jugar. Ambas selecciones convirtieron el centro del campo en un inagotable manantial de juego penetrativo, un torrente de creatividad y eficacia que les permitió desplegar un fútbol bello y ganancioso. Su dureza vertebral, que les permitía un complicado movimiento de émbolos, era interior. En cambio, la selección española, que no está vertebrada por dentro, es un molusco. Se arrastra penosamente, como vimos también arrastrarse a la irlandesa, protegida bien por la concha de la violencia, bien por el curioso procedimiento de ponerse todos juntos.
Lo más llamativo de todo es que estos jugadores españoles han olvidado la esencia del fútbol. Cada uno de ellos, en el juego, es un punto de relación en movimiento, no estático. Sin embargo, corren sólo para sí mismos, no en función del conjunto. Y así se agotan sin sentido, acentúan sus imperfecciones y hacen estéril su fútbol. Siempre, en el fútbol, es uno el que lleva la pelota, y no pueden llevarla dos. Pero viendo jugar a los brasileños, por ejemplo, la sensación es que la llevan todos. No parece que allí sobre gente. El equipo se contrae o se distiende con una gran economía de movimientos armoniosamente. A todas luces se ve que es una organización, una asociación.
En cambio, los jugadores españoles juegan de manera parcial. Juegan sucesivamente, no simultáneamente. Unas veces les toca a unos, otras veces les toca a otros. A quienes les toca jugar se olvidan de los demás y los que no juegan se paran, se desentienden prácticamente del suceso. Un equipo de fútbol que se comporta así es imposible que saque adelante ningún proyecto y ocioso que los haga.
En esto de no saber transformarse todos en uno, que es la esencia de lo orgánico, está la causa filosófica del desastre español al que hemos asistido. Y la necia persistencia en el error no se debe al ‘fatum’, a la adversidad, que Santamaría ve en forma de gol en frío, sino que el gol en frío es el efecto congruente de que los futbolistas españoles sigan jugando como sus antepasados remotos. No me refiero, claro está, a los Regueiro, a los Pagaza, a los Gorostiza, a los Herrera, sino a los embarullados titís del bosque prehistórico. Porque esas voluntariosas criaturas en cuanto ven un balón van todas por él, y en cuanto no lo ven, se duermen.
Y ahora, pasado mañana, jugamos contra Rummenigge y sus nibelungos. Una auténtica pesadilla para una selección que parece haber perdido el rumbo. ¿Podrá España salir de este lodazal? ¿O seguirá arrastrándose como un molusco, sin rumbo ni dirección? Sólo el tiempo lo dirá.
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