La isla de Santa Catalina, en California, se prepara para un exterminio masivo de ciervos

Una decisión drástica para proteger su ecosistema único

Cuando se piensa en California, suelen aparecer imágenes de autopistas infinitas, rascacielos en Los Ángeles o la maquinaria de Hollywood. Sin embargo, el estado dorado alberga también joyas naturales como Yosemite o Joshua Tree, paisajes protegidos que resumen por qué California es un gigante natural además de económico. Esa cara más salvaje, sin embargo, no siempre está a salvo de nuestras propias decisiones. A veces basta una intervención humana, aparentemente menor, para empujar un ecosistema hacia el límite.

Eso es justo lo que ocurre en la isla de Santa Catalina, frente a la costa del sur de California. No es un lugar remoto en el mapa, pero sí frágil en términos ecológicos. En su territorio se concentran decenas de especies endémicas, adaptadas a un equilibrio muy concreto. Allí viven animales que no se encuentran en ningún otro sitio, y también plantas que dependen de una presión de pastoreo moderada y de suelos estables. Cuando una especie introducida rompe esa balanza, el daño se multiplica rápido.

En Santa Catalina, el problema tiene nombre: ciervo mulo o ciervo de cola negra (Odocoileus hemionus). No llegó por casualidad, a pesar de ser un animal originario de la parte occidental de Norteamérica, desde México hasta Canadá, pero fue introducido en los años veinte del siglo pasado para fomentar la caza en la isla. Durante bastante tiempo, esa caza actuó como freno y muchos dieron por hecho que el asunto estaba bajo control. Con el paso de los años, la realidad ha cambiado. Y ahora pesa.

Las estimaciones actuales hablan de unos 2.000 ejemplares. Para una isla con recursos limitados, la cifra es enorme. La Catalina Island Conservancy, que gestiona buena parte del territorio, sostiene que la regulación mediante caza ya no basta. Señala un dato reciente: en 2024 se abatieron alrededor de 400 animales, pese a que el cupo autorizado era mucho mayor. La conclusión que extraen es clara: el sistema se queda corto.

Ante ese escenario, el estado ha dado luz verde a una medida drástica. El plan aprobado por el Departamento de Pesca y Fauna Salvaje de California persigue eliminar por completo la población de ciervos de Santa Catalina. La idea es que no quede ninguno en 2032. El arranque se situaría en otoño de 2026 y el método es contundente.

El operativo se basaría en tiradores profesionales y tecnología de rastreo. Se habla de rifles, cámaras térmicas, drones, perros y apoyo de helicópteros para localizar animales en zonas difíciles. La ejecución recaería en una empresa especializada, White Buffalo Inc., que ya ha participado en actuaciones similares. No será barato: el presupuesto ronda los 600.000 dólares, con un coste por animal que podría oscilar entre 200 y 400 dólares, aunque el relieve de la isla puede encarecerlo.

Quienes defienden la estrategia insisten en que la motivación es ecológica. Apuntan al deterioro de la vegetación nativa, a la erosión y a la alteración del hábitat. También sostienen que el problema se enlaza con el riesgo de incendios, al favorecer un paisaje dominado por hierbas invasoras más inflamables. Desde el otro lado, la crítica se ha organizado con rapidez.

Vecinos, cazadores y activistas cuestionan el diagnóstico y rechazan una erradicación total. Incluso se ha impulsado un documental, Killing Catalina, como bandera contra el plan. Para reducir el impacto simbólico, la conservancy plantea destinar parte de la carne a un programa ligado al cóndor de California, aunque el proyecto también contempla dejar cuerpos en la isla hasta su descomposición.

La isla de Santa Catalina se prepara así para un exterminio masivo que dividirá opiniones y que, según sus defensores, es la única forma de salvar su ecosistema único. Una decisión drástica que pone de relieve cómo las introducciones humanas, por inocentes que parezcan, pueden desequilibrar ecosistemas enteros y obligar a medidas extremas décadas después.


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