Las cicatrices invisibles de la guerra: El testimonio de Maryna, sobreviviente de violencia sexual en Ucrania
En las calles sembradas de escombros de Jersón, donde los ecos de la guerra aún resuenan entre las paredes agujereadas por las balas, Maryna camina con paso firme pero cauteloso por los pasillos de lo que alguna vez fue su escuela. El polvo se levanta bajo sus pies mientras recorre las aulas medio destruidas, medio reparadas, donde enseñó literatura ucraniana durante décadas. Cada paso es un viaje en el tiempo, una inmersión en recuerdos que ahora conviven con el horror.
El día que cambió todo
«El 12 de julio, día de los santos Pedro y Pablo, es una fecha que llevaré grabada hasta mi último aliento», relata Maryna, cuyo nombre real protegemos por razones de seguridad. «Fue el día en que sufrí en carne propia lo impensable».
El atardecer caía sobre el sur de Ucrania cuando un grupo de hombres armados irrumpió en su casa. No había dónde esconderse. «En cuanto abrí la puerta, me golpeó en la cara con la culata de su fusil», recuerda con voz temblorosa. «Se me rompieron los dientes. Tenía la cara cubierta de sangre». Pero esto era solo el comienzo de horas de agresiones, intimidación y violencia sexual que dejarían cicatrices mucho más profundas que las visibles en su piel.
De la alegría a la pesadilla
Antes de la invasión rusa a gran escala de febrero de 2022, Maryna recordaba su vida llena de alegría, especialmente su época como maestra. «Nunca habría imaginado que habría una guerra. Tranquilizaba a todos, diciendo que quizá habría provocaciones, pero no una guerra», confiesa. Hoy, al recorrer los pasillos de su escuela, la vista de los escombros rompe sus recuerdos idílicos y la idea inconcebible de que su pueblo pudiera convertirse en un campo de batalla.
«Nunca habría pensado que Rusia, una potencia así, pudiera atacar nuestra hermosa Ucrania. Era simplemente impensable», repite, como si aún luchara por aceptar la realidad que vivió.
El terror cotidiano
Maryna describe la rapidez con la que todo ocurrió. Sus primeros encuentros con las fuerzas rusas fueron aterradores. «Los observábamos con terror, viéndolos ir casa por casa, saqueando y ejerciendo su crueldad». Cuando se quedó sola, el miedo se intensificó.
«Me arrojó al sofá y empezó a estrangularme. Apretaba tan fuerte que durante dos semanas no pude comer alimentos sólidos». La tortura continuó. «Luego comenzó a arrancarme la ropa. Me resistí con todas mis fuerzas, pero no era lo suficientemente fuerte». Sus palabras se detienen, y el silencio habla por sí solo. «El trauma psicológico me marcará de por vida. Duele recordarlo».
Durante semanas, Maryna pasó escondida en sótanos y cocinas de casas abandonadas, luchando por sobrevivir. No había agua, electricidad ni gas. Cocinaba en secreto, evitaba ser detectada y temía cada golpe en la puerta o sombra que pasaba.
«En esa época, no teníamos ni electricidad, ni agua corriente, ni gas. No les decía dónde encontraba agua o comida, porque temía que también se instalasen allí», explica. Describe la presencia de las fuerzas militares rusas como «constante, opresiva y deshumanizante».
«Llevaban armas automáticas a todas partes. Era muy difícil sentirse segura, incluso en mi propia casa».
La huida y el comienzo de la sanación
Tras días de terror, Maryna logró salir de Jersón en un convoy humanitario, herida, golpeada y exhausta. Su viaje hacia la seguridad duró días, a través de tramos de carreteras, puntos de control y campos minados.
«Cuando llegamos a territorio ucraniano, salimos del coche y besamos el suelo». Los exámenes médicos revelaron costillas rotas, heridas por la agresión y enfermedades contraídas durante su clandestinidad en los sótanos. Gracias al apoyo de la ONU y las ONG, comenzó su proceso de recuperación.
Una voz por los que no pueden hablar
Hoy, Maryna trabaja incansablemente para que la voz de las supervivientes sea escuchada y para que el reconocimiento, la rehabilitación y la protección sean accesibles para todas las víctimas de violencia sexual en conflictos.
«Es un crimen terrible, un crimen contra la humanidad. Quiero paz para que en ningún lugar del mundo nadie sufra un horror así».
Su historia refleja el sufrimiento de las supervivientes y se traduce en un apoyo inquebrantable a la lucha contra la violencia, exigiendo atención confidencial y adaptada a los traumas, redes de apoyo sólidas y el reconocimiento de que las cicatrices más profundas de la guerra suelen ser invisibles y pueden tardar toda una vida en sanar.
Las supervivientes de violencia sexual en conflictos suelen enfrentarse a la estigmatización, el miedo a represalias y la falta de acceso a servicios. Maryna destaca la importancia de un apoyo seguro y profesional. Los programas impulsados por redes de supervivientes y organizaciones lideradas por ellas, con el apoyo de la ONU, el gobierno ucraniano y las ONG locales, son esenciales para ayudar a supervivientes como Maryna a recuperar su dignidad y reconstruir no solo sus vidas, sino también las de sus comunidades, sin riesgo de revictimización.
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