La división del 8-M y la fragmentación progresista: un espejo de la política contemporánea
Las movilizaciones del 8 de marzo han vuelto a ocupar un lugar destacado en el espacio mediático, como era de esperar en una fecha marcada en rojo en el calendario de la lucha por la igualdad. Sin embargo, este año la cobertura ha venido acompañada de un matiz recurrente: la división del movimiento feminista en dos manifestaciones diferenciadas. Una fractura que, más allá de la anécdota, revela discrepancias estructurales profundas sobre cuestiones como la abolición de la prostitución y los principios de la denominada ley trans.
Esta división, sin duda, debilita la capacidad de influencia del movimiento. Es un axioma político que la fragmentación diluye el impacto de cualquier causa, por justa que sea. Pero el feminismo no es el único espacio progresista que sufre este síndrome de dispersión interna. La izquierda, en general, parece condenada a repetir el patrón de divisiones internas que recuerdan, con humor involuntario, a los delirios discrepantes entre el Frente Judaico Popular, el Frente Popular de Judea y el Frente del Pueblo Judaico de la mítica película La vida de Brian.
Este año, las manifestaciones del 8-M han adoptado el antifascismo y el «No a la guerra» como seña de identidad del movimiento. Una decisión que, más allá de su intención reivindicativa, resulta polémica porque excluye a parte del feminismo que no comparte este machihembrado ideológico ni esta fusión de conceptos que, para algunos, resulta forzada. Mientras tanto, las manifestaciones, menos multitudinarias que en otras ediciones, mantienen la tradición de buscar consignas irónicas y efectivas, como el «No me llamo guapa», mucho más eficaz que según qué sermones que terminan perdiendo fuerza por su tono moralizante.
La fragmentación no es exclusiva del feminismo. Entre los independentistas catalanes también hay diferencias a la hora de defender sus ideales. No es el mismo el independentismo de la CUP, de ERC o de Junts que el de la Aliança Catalana de Sílvia Orriols. Cada formación tiene su propia visión, sus propios tiempos y sus propias estrategias, lo que complica cualquier intento de articular un discurso unitario.
Mientras tanto, en el escenario internacional, el presidente Donald Trump sigue aplicando los criterios de cuando presentaba el programa The Apprentice a la política internacional. Actúa en función de las reacciones del público y siempre está pendiente de la imagen que transmite a los espectadores. A los pobres aspirantes —el premio del programa eran 250.000 dólares y un contrato para dirigir una empresa del imperio Trump— los castigaba con suficiencia y menosprecio y, si no le gustaban, los despedía en directo mientras el público, felizmente sumiso, aplaudía.
Ahora, Trump ha anunciado que Cuba es el último país de una lista de conflictos pendientes que tiene que resolver saltándose una legalidad internacional que, evidentemente, no debe funcionar demasiado bien para que tantos gobiernos supuestamente democráticos lo estén violando con tanta impunidad. La decisión, como tantas otras de su mandato, responde más a lógica de showmanship que a una estrategia geopolítica coherente.
En el ámbito nacional, el ministro Ernest Urtasun, en el programa Cafè d’idees (La 2 y Ràdio 4), reivindicó la acción de Sumar en el Gobierno, defendió los derechos culturales y recordó que el bono cultural no sirve para pagar las copas de los jóvenes que salen de discotecas. Urtasun también recuerda que los casos de fraude son mínimos, y que han contabilizado 370.000 usos del bono perfectamente legítimos y coherentes con la idea de esta ayuda. «El bono también servirá para comprar un instrumento», afirmó, sin especificar si el catálogo incluye la zambomba y las castañuelas, en una declaración que, más allá de su intención, desató una ola de memes y comentarios en redes sociales.
La fragmentación de los movimientos progresistas, ya sea el feminismo, el independentismo o la izquierda en general, parece ser una constante en la política contemporánea. Una tendencia que, lejos de fortalecer las causas, las debilita frente a adversarios que, aunque divididos, suelen presentar un frente más cohesionado. En un mundo cada vez más polarizado, la unidad —o al menos, la capacidad de acordar mínimos comunes— se vuelve indispensable para lograr cambios reales y duraderos.
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