Supervivientes, clérigos y leyes: la lucha contra la mutilación genital femenina gana terreno en África
Más de 230 millones de niñas y mujeres viven con las secuelas de una práctica que, pese a estar prohibida, amenaza a casi 4,5 millones de infantes en 2026
En la región de Mara, Tanzania, el sol se cierne sobre un aula improvisada donde un grupo de adolescentes escucha en silencio. Olivia Albert, hoy líder juvenil, les habla sin tapujos: «En el fondo, sabía que lo que había vivido no era algo por lo que ninguna niña debería pasar». Su voz, firme y serena, rompe décadas de silencio. La mutilación genital femenina (MGF) —un rito de iniciación profundamente arraigado en la comunidad— ya no es un tabú del que no se hable. Es un problema del que se habla, se debate y se combate.
El Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina, que se conmemora cada 6 de febrero, llega este año con un mensaje contundente: la abolición es posible cuando se desmontan los mitos y se empodera a las supervivientes. La agencia de salud sexual y reproductiva de la ONU (UNFPA) documenta historias como la de Olivia para demostrar que el cambio es real, aunque lento.
Desmontando mitos que cuestan vidas
Más de 230 millones de niñas y mujeres en el mundo han sido sometidas a la MGF, una práctica que deja secuelas físicas y psicológicas a menudo mortales. A pesar de los esfuerzos globales, casi 4,5 millones de niñas corren riesgo en 2026, según datos de la ONU.
En Mara, Tanzania, la MGF era un rito inevitable hasta que las comunidades comenzaron a cuestionarlo. «Cuando las niñas escuchan a alguien que ha vivido esta experiencia, prestan atención de otra manera», explica Olivia. «Encuentran valor. El liderazgo de las supervivientes está cambiando mi comunidad».
El enfoque no es borrar el pasado, sino asegurar que las próximas generaciones crezcan sin miedo. Y el método es tan simple como revolucionario: que quienes lo sufrieron sean quienes lideren la resistencia.
Líderes religiosos alzan la voz
En Guinea, el imán Ousmane Yabara Camara, una figura respetada en la prefectura de Kindia, rompe con tradiciones milenarias: «La mutilación genital femenina no es una prescripción del islam». Su mensaje es claro y directo: demasiadas niñas sufren graves consecuencias para la salud. Y propone una solución estructural: incluir el tema en la educación formal.
Hoy, miles de niños y niñas en Guinea aprenden sobre la MGF en las escuelas, como parte de una educación sexual más completa. El imán Camara utiliza su influencia no para perpetuar una práctica, sino para proteger a las mujeres y niñas de su comunidad.
El poder de las leyes y las fatwas
En países donde la MGF está profundamente arraigada, la nueva legislación está cambiando el rumbo. En Yibuti, Eritrea y Somalia, los eruditos islámicos emitieron una fatwa en 2025 afirmando que no hay motivos religiosos que justifiquen la ablación.
La activista Nafissa Mahamoud Mouhoumed, de Yibuti, lo resume así: «Ahora contamos con dos poderosos escudos: la Constitución y la fatwa. Mientras que la ley recuerda las consecuencias legales, la fatwa elimina la excusa religiosa que se ha utilizado durante generaciones».
Esta doble protección —legal y religiosa— le da a los activistas la confianza definitiva para hablar con las familias: tanto vuestra fe como vuestro país protegen a vuestras hijas.
Hombres y niños: actores clave en la transformación
En Etiopía, donde tres cuartas partes de las mujeres y niñas de 15 a 49 años han sufrido MGF, el cambio comenzó cuando los hombres decidieron involucrarse. Mitiku Gunte, jefe del distrito local, recuerda años de pasividad: «Durante años nos quedamos de brazos cruzados, viendo cómo las mujeres sufrían complicaciones durante el parto, a veces con la pérdida tanto de la madre como del bebé».
Hoy, cientos de hombres y niños participan en programas conjuntos del UNFPA y UNICEF que abordan la MGF a través de diálogos adaptados a cada segmento social: ancianos, hombres jóvenes solteros, mujeres y jóvenes. Los miembros de la comunidad van de puerta en puerta, hablando de preocupaciones específicas y construyendo consensos.
No hay justificación médica
Cuando la MGF es realizada por un profesional sanitario, se describe como «medicalizada», pero incluso con instrumental esterilizado y presencia médica, no es segura ni necesaria. Nunca hay justificación médica para esta práctica.
La doctora Maram Mahmoud, médica de familia en el Alto Egipto, lo confirma: «A menudo recibo casos cuando el daño ya está hecho, con complicaciones graves». Su perspectiva cambió al comprender las diferentes mentalidades de quienes consideran la MGF, y ahora se siente más segura orientando a las familias sobre los graves daños, riesgos y consecuencias.
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