Jürgen Habermas, el último gran pensador de la Escuela de Frankfurt, ha muerto: el siglo XX se despide con él

El pasado sábado, la noticia del fallecimiento de Jürgen Habermas conmocionó las redes sociales, donde el filósofo y sociólogo alemán copó titulares y comentarios, incluso compitiendo en visibilidad con tendencias como la película Torrente presidente, las elecciones del FC Barcelona o la falsa noticia sobre la muerte de Netanyahu. Pero más allá del humor y las bromas que inundaron X (antes Twitter), el deceso de Habermas desató una reflexión profunda sobre el estado actual del debate público y la democracia en la era digital.

El eco de su muerte reveló una paradoja: mientras muchos usuarios aprovecharon para ironizar sobre su figura —recordando el parecido entre Habermas y Carl Fredricksen, el anciano protagonista de Up de Pixar—, otros lamentaron que con él se fuera «el mundo que conocimos». «Murió Jürgen Habermas. Murió el siglo XX», rezaba un comentario que resumía el sentir de una parte de la comunidad intelectual.

Pero no todo fue nostalgia. Las redes también se convirtieron en escenario de ajustes de cuentas ideológicos. Los marxistas tradicionales le reprocharon su acomodo a la democracia liberal y su «divorcio entre la teoría marxista y la praxis revolucionaria». Otros recordaron su pasado en las juventudes hitlerianas y, sobre todo, su apoyo público a Israel en plena guerra de Gaza, lo que le valió duras críticas: «Habermas murió el día en que su atrofiada brújula ética lo llevó a apoyar el genocidio en Palestina».

Lo cierto es que Habermas, en sus últimos escritos, ya había advertido sobre los riesgos de internet como espacio de debate cívico. En su ensayo Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la política deliberativa, alertó sobre la fragmentación del debate, el triunfo de la emocionalidad sobre la racionalidad y el dominio de los algoritmos y las cámaras de eco. Como señaló el politólogo Javier Sánchez, «el filósofo que teorizó el espacio público terminó señalando una paradoja: internet prometía más debate, pero ha acabado siendo un sistema de cámaras de eco».

El pesimismo reinó en los comentarios. Muchos lamentaron que, con Habermas, se fuera «una Europa posible basada en un diálogo razonado». Como apuntó el politólogo Elvin Calcaño, «se van los pensantes y serios y se quedan los bárbaros y charlatanes». El filósofo Eduardo Infante añadió: «Parece que en la conversación pública actual sobreviven mejor los eslóganes que los argumentos».

Incluso la cocinera Maria Nicolau ironizó: «Gràcies per pensar, Habermas, però el diàleg racional no existeix: són els pares». Una frase que, más allá de la broma, pone de relieve la dificultad de mantener un debate serio en la esfera pública actual.

Con su muerte, se cierra una etapa: la de los grandes pensadores que soñaron con una democracia deliberativa y racional. Ahora, en un mundo dominado por la velocidad, la polarización y los algoritmos, la pregunta es si aún queda espacio para el diálogo profundo que Habermas defendió toda su vida.


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