Hallazgo Histórico: Descubren la Grabación Más Antigua de una Ballena Jorobada, Capturada por Error en 1949
El pasado 10 de febrero, la Woods Hole Oceanographic Institution (WHOI) anunció el hallazgo de lo que considera la grabación preservada más antigua de una ballena. Tal y como ha revelado la propia institución en su comunicado oficial, el registro data del 7 de marzo de 1949 y fue capturado cerca de las Bermudas durante una campaña de experimentos acústicos en alta mar. No se trataba de una expedición para estudiar cetáceos, sino de una misión tecnológica en colaboración con la Oficina de Investigación Naval de Estados Unidos, en plena era de desarrollo de sistemas de sonar tras la Segunda Guerra Mundial.
El hallazgo no se produjo en el océano, sino en los archivos. Fue en 2025 cuando la directora de servicios de datos e investigación de WHOI, Ashley Jester, recién incorporada a su puesto, encontró una serie de discos de audógrafo —un soporte hoy prácticamente olvidado— con anotaciones imprecisas sobre sonidos marinos. La etiqueta hablaba de gemidos y gruñidos. La intuición archivística hizo el resto. Tras su digitalización, los bioacústicos del centro no tardaron en identificar lo que escuchaban: el canto inconfundible de una ballena jorobada.
Lo que en 1949 fue un sonido misterioso, hoy es un documento histórico. Y no solo por su antigüedad.
1949: Cuando el Océano Aún Era un Enigma Sonoro
Para comprender la relevancia de esta grabación hay que situarse en el contexto de finales de los años cuarenta. El océano profundo era, en términos acústicos, un territorio casi inexplorado. Los grandes avances tecnológicos impulsados por la guerra habían permitido perfeccionar el sonar para detectar submarinos, pero apenas se conocía el origen biológico de muchos sonidos submarinos.
Tal y como indica el comunicado de WHOI, en aquella época los científicos estaban empezando a registrar ruidos inexplicables bajo el agua sin saber con certeza qué animales los producían. La bioacústica marina —hoy un campo consolidado— estaba dando sus primeros pasos. De hecho, ese mismo año 1949, investigadores del instituto grabaron por primera vez belugas en libertad en el río Saguenay, en Canadá, sentando las bases de una disciplina científica que aún no tenía nombre formal.
En ese contexto, la grabación de las Bermudas cobra un valor casi fundacional. No se trató de una misión deliberada para captar el canto de una ballena. Los investigadores habían sumergido un hidrófono conectado a un dispositivo de oficina, un audiógrafo Gray, diseñado originalmente para dictar notas de voz. La combinación de ingenio técnico y curiosidad científica permitió que aquel sonido quedara físicamente inscrito en un disco de plástico flexible.
A diferencia de las cintas magnéticas que se popularizarían después —y que con el tiempo se degradaron o se perdieron—, el surco grabado en el audógrafo resistió el paso de las décadas. Esa circunstancia material, casi accidental, es la que ha permitido recuperar hoy una hora aproximada de sonido procedente de un océano muy distinto al actual.
Un Océano Más Silencioso que el Nuestro
La importancia de esta grabación no reside solo en su valor histórico, sino
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