¡Guercino, el artista que revolucionó el barroco italiano, sorprende con su evolución artística!
La primera vez que Ludovico Caracci, uno de los grandes maestros del barroco italiano, se encontró con la obra de Giovanni Francesco Barbieri, no pudo evitar describir al artista como «un fenómeno de la naturaleza, un milagro que deja sin palabras incluso a los pintores más distinguidos». No era para menos, ya que Caracci, con setenta y tantos años, hablaba así de un joven autodidacta de 26 que entraba en un mundo que ya conocía a Tiziano o Caravaggio, y que veía nacer a otros como Guido Reni, Rembrandt, Velázquez, Van Dyck o Ribera.
El naturalismo feroz de su pintura, con personajes con una gran plasticidad y gestos espontáneos, cautivó a Caracci y catapultó a una luego célebre y lucrativa carrera. Sin embargo, el artista experimentó un notable cambio de estilo que lo llevó a crear pinturas mucho más clasicistas, con figuras más rígidas y de gestos artificiales.
El museo Thyssen de Madrid ha aprovechado la oportunidad para reunir a otras cinco pinturas en la exposición «Guercino y sus heroínas bíblicas», una pequeña muestra inaugurada este lunes en la sala 12 de la pinacoteca y que permanecerá abierta hasta el 14 de junio. Aunque centrada en cómo el artista abordó la imagen de la mujer en los temas bíblicos, la exposición sirve, sobre todo, para entender ese paulatino pero decidido cambio de estilo.
Il Guercino, nacido en Ceno, un pequeño pueblo de Bolonia, en 1591, se formó de manera autodidacta. Sus padres eran campesinos, por lo que aprendió de la contemplación de la naturaleza y siempre citó como una gran influencia una obra en particular: una pala de altar de Ludovico Carracci en una iglesia local. Esa observación empírica se nota sobre todo en sus primeras obras, donde hay también claras influencias de corrientes representadas por Caravaggio o los Carracci y los grandes maestros venecianos del siglo XVI como Tiziano.
La más antigua de las pinturas reunidas en la muestra, «Susana y los viejos», un préstamo del Prado, muestra el famoso pasaje del Antiguo Testamento en el que la joven es sorprendida mientras se baña por dos viejos jueces que la acusan de adulterio. Una escena de acoso y voyerismo, donde los viejos parecen invitar al espectador a unirse a la observación, mirándolo directamente y extendiendo su brazo hacia ellos.
¿Qué pasó entonces para que abandonara un estilo con el que empezaba a cosechar éxitos? Además de seducir a Caracci, la pintura de Guercino tuvo muchos adeptos importantes. Uno de ellos fue el cardenal Alessandro Ludovisi de Bolonia, que luego se convertiría en el papa Gregorio XV y que lo invitaría a vivir y trabajar en Roma en 1621, donde el artista permaneció hasta la muerte de Ludovisi dos años después. Allí entró en contacto con otra pintura, con la escultura clásica y con teóricos que hablaban sobre la importancia del dibujo, de la mancha del color.
El proceso de cambio lo ejemplifican dos obras en la pequeña sala, «Sansón y Dalila» y «Salomé recibe la cabeza de Juan Bautista». Ambas con colores más ligeros y brillantes y personajes con más espacio entre ellos. Preámbulo de obras como la que pertenece al Thyssen en las que, además de ser clasicistas, Guercino renunció a la espontaneidad de los personajes, cambiándola por «gestos congelados y codificados», simetría y una clara «intención moralizante».
A pesar del giro, el pintor mantuvo siempre una enorme capacidad narrativa y un dominio del lenguaje gestual, y las mujeres protagonistas de la muestra lo comprueban. La exposición también es «absolutamente estructuralista», porque hay seis pinturas que corresponden exactamente a tres tipos de heroína bíblica, cada uno representado por dos pinturas. Unas, «absolutamente puras e inocentes, que no tienen la culpa de nada y son maltratadas», como la de «Abraham repudia a Agar e Ismael»; otras «un poco más ambiguas», que son pecadoras arrepentidas, como «Jesús y la mujer adultera»; y las «femmes fatales», que en las obras del italiano son más bien heroínas puras.
La evolución artística de Guercino es un testimonio de su capacidad para adaptarse y reinventarse, manteniendo siempre un estilo personal y un lenguaje muy particular. Su obra sigue siendo admirada y estudiada en la actualidad, y esta exposición en el museo Thyssen de Madrid es una oportunidad única para apreciar su talento y su evolución como artista.
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