Silvia Vega: La Científica Cántabra que Revoluciona la Lucha contra el Cáncer
En un laboratorio modesto del Colegio Carmelitas de Vitoria, Silvia Vega se mueve entre probetas y pipetas con la naturalidad de quien lleva toda la vida entre matraces. Pero este no es su laboratorio habitual. Su verdadero lugar de trabajo está a más de 1.400 kilómetros de distancia, en el Instituto de Biología Celular del Hospital Universitario de Essen, Alemania, donde hace apenas meses realizó un hallazgo científico que podría cambiar el pronóstico de algunos de los tumores de cáncer más agresivos.
Una Científica Inspirando Futuras Generaciones
«¿Quién se anima? Ya sois expertos pipeteando», pregunta Vega a una docena de estudiantes de segundo de Bachillerato ataviados con batas blancas. La bióloga y bioquímica cántabra, nacida en Villanueva de la Peña, un pequeño pueblo de Cantabria, ha viajado hasta Vitoria en pleno enero para compartir su pasión con estudiantes que están a punto de tomar una de las decisiones más importantes de sus vidas: qué carrera universitaria estudiar.
Entre los alumnos hay vocaciones claras. Kira, de 17 años, tiene decidido estudiar Química, aunque su verdadera pasión sería Bioquímica. «Siempre he tenido claro que quería hacer algo de investigación», explica. Ane, también de 17 años, se decantará por Bioquímica: «El trato con el paciente no me gusta tanto, me gusta más ayudar desde el laboratorio».
Pero no todos tienen las ideas tan claras. Mikel confiesa haber mirado carreras como ingeniería biomédica o psicología, mientras que Luca admite estar «barajando un montón de cosas». Para ellos, y para los indecisos, Vega ofrece su experiencia y consejos: «Si no lo tienes claro, no pasa nada», les dice. «Las carreras no tienen salidas, lo que tiene salidas son las personas».
El Descubrimiento que Podría Cambiar Vidas
El trabajo de Vega se centra en un proceso celular llamado autofagia, un mecanismo de regeneración vital para el desarrollo del cuerpo humano que ayuda a combatir infecciones y enfermedades. Su equipo descubrió que en ciertos tumores agresivos, especialmente melanomas oculares y algunos cánceres de riñón y pulmón, falta una proteína llamada BAP1, un factor supresor de tumores que provoca que los niveles de autofagia sean anormalmente bajos.
«Lo que hemos hecho ha sido proponer un tratamiento en el que aumentamos la autofagia por dos vías diferentes», explica Vega. «Lo que hemos visto en líneas celulares, también en modelos de xenoinjertos y en muestras de tumores de los pacientes en cultivo, es que el tratamiento funciona muy bien porque el tumor ya no crece».
Lo más sorprendente es que la combinación de ambos tratamientos no tiene un efecto aditivo sino sinérgico: un impacto mayor que la suma de los dos tratamientos por separado. El equipo, en colaboración con el grupo de Genómica Traslacional del departamento de Oftalmología del Hospital Universitario de Essen, dirigido por el también investigador español Samuel Peña-Llopis, está realizando experimentos en ratones y espera poder comenzar ensayos clínicos en pacientes próximamente.
Un Sistema de Investigación Más Favorable en Alemania
El Instituto de Biología Celular donde trabaja Vega forma parte de un ecosistema público de hospitales y centros de investigación en Essen que facilita la colaboración entre médicos y científicos. «La ventaja de este tipo de organización es que la colaboración con los médicos suele ser muy fluida», explica.
Pero más allá de la organización institucional, Vega destaca la diferencia fundamental en la financiación. «En Alemania es mucho mayor que en España, tanto por parte del Gobierno como de fundaciones», sostiene. Su investigación pionera ha estado financiada en gran parte por el equivalente a la Asociación Española contra el Cáncer y por la Fundación Alemana de Investigación.
«En España tienes que andar contando los euros y los céntimos porque se te pasa el presupuesto», lamenta Vega, quien se doctoró en un centro del CSIC en Valencia y trabajó en EE UU durante más de una década. Aunque quiso regresar a España, «no había muy buenas oportunidades» y desde 2017 está asentada en Alemania.
El Precio de la Pasión Científica
Vega no oculta a los estudiantes que la investigación científica puede ser «un trabajo nada rutinario» pero también muy absorbente en determinados momentos, requiriendo «muchas horas». Sin embargo, les ofrece razones poderosas para considerar esta profesión: porque «en algún momento, va a ayudar a alguien» o porque en pocas profesiones se puede decir «soy la primera persona del mundo que ha visto esto».
Y es que, efectivamente, Vega ha visto cosas que nadie ha visto antes, o que al menos nadie ha publicado y patentado como en el caso de su último hallazgo. Su descubrimiento no solo permite determinar el pronóstico de la enfermedad —sin la proteína BAP1, los tumores tienen peor evolución— sino que ahora puede utilizarse como método para determinar el tratamiento, ofreciendo un abordaje terapéutico de mayor precisión.
Mientras los estudiantes de Vitoria toman apuntes y hacen preguntas, Vega sabe que algunos de ellos podrían estar siguiendo sus pasos en unos años. Y aunque la decisión es suya, ella ha cumplido su misión: mostrarles que la ciencia no es solo una carrera, sino una vocación que puede cambiar vidas, incluida la propia.
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