Joséle Santiago: El guerrero del rock que desafía sus demonios

En un mundo donde las estrellas del rock parecen eternas, Joséle Santiago, la voz y alma de Los Enemigos, enfrenta una batalla mucho más íntima y devastadora que cualquier escenario podría ofrecer. El músico madrileño, cuyo último concierto se remonta a octubre de 2024 en la Plaza de Toros de Caravaca de la Cruz, vive una pesadilla que pocos conocen: el pánico escénico a los 60 años, una condición que lo ha obligado a cancelar toda su gira y a replantearse su carrera.

El infierno en el escenario

«Estaba tocando y no escuchaba la música. Oía ruido y veía luces, pero no sabía dónde me encontraba. Una cosa terrible», confiesa Joséle sobre su última presentación. El bajista Fino Oyonarte, testigo de la crisis, tomó la decisión acertada: «Vámonos, Josele, vámonos». Al día siguiente, el comunicado oficial fue contundente: «Josele está lidiando con una serie de problemas de salud cuyo tratamiento está afectándole física y sobre todo mentalmente más de lo esperado».

Un 2025 de pérdidas y creación

El año pasado fue particularmente difícil para el artista. Sin poder actuar, se vio obligado a vender 20 guitarras de su colección, conservando solo «las invendibles». «Con ese dinero, un adelanto que pedí a autores y un bocado que le di a un pequeño colchón económico que tenía, he ido tirando», admite con su característica retranca.

Pero en medio de la tormenta, la creatividad floreció. Joséle compuso y grabó el nuevo álbum de Los Enemigos, que se publicará en septiembre, y escribió sus memorias, «Desde el jergón», un libro que se devora por su honestidad brutal y su humor corrosivo. La obra no solo narra la historia de una banda con cuatro décadas de existencia, sino que dibuja el retrato de una generación que creció en los ochenta, entre la incomprensión familiar, las crisis económicas y la lacra de la heroína.

Los demonios que nunca se van

Joséle no oculta su pasado. «Me diagnosticaron ansiedad y depresión y me recetaron ansiolíticos. Sabiendo como sabían que era alcohólico y que no tenía planes de dejar de beber, creo que no me los tenían que haber recetado», revela. Su adicción lo llevó a pesar 50 kilos en sus peores momentos, una sombra de su imponente figura actual.

Pero lo más duro es su confesión: «Yo soy de la opinión de que esto es incurable. Hay gente que dice que sí, pero yo creo que no. Me va a acompañar toda la puta vida. Hay que asumirlo». Y así lo hace, con la misma honestidad que lo llevó a escribir: «Me encanta ir al Revólver y escuchar a Nirvana, a Sugar, a Pearl Jam, a Mudhoney o a Soundgarden a toda hostia desde el centro de la pista y bailar puesto de caballo hasta las orejas… La adicción ha conquistado el baluarte de tus prioridades. Tu último baluarte, por cierto. Me siento atraído por cualquier cosa que me haga daño. Me autolesiono con cigarrillos y me doy de cabezazos contra las paredes».

El rock como salvavidas

A pesar de todo, Joséle mantiene viva la llama. «No hemos estado ni en primera división ni en segunda. Nos hemos ganado las lentejas como buenamente hemos podido», describe la trayectoria de Los Enemigos. Pero esa modestia esconde una verdad más profunda: la banda ha mantenido una carrera lineal, sin grandes éxitos pero con una base de seguidores fieles y apasionados.

El regreso en 2014 con Vida inteligente y el posterior Bestieza (2020) demostraron que Los Enemigos no solo sobreviven, sino que crean a la altura de sus mejores obras. El próximo álbum, que llegará en septiembre, promete ser otro capítulo en esta historia de resistencia.

El amor como ancla

En sus memorias, Joséle dedica varias páginas a su esposa, la periodista Núria Torreblanca, a quien conoció hace 15 años y con quien se casó en 2009. «No sé cómo me aguanta, la verdad», escribe sobre la única recaída que ha tenido en 15 años. «Esta vez no tengo temblores ni sudores fríos ni pesadillas despierto. Dormido sí que las tengo. A diario. Pero también tengo a Núria».

El futuro incierto

Antes de iniciar la gira de Los Enemigos, probablemente en otoño, Joséle planea ofrecer conciertos acústicos en verano con David Krahe. Será la prueba de fuego para saber si ha vencido al pánico escénico. «Tengo miedo», se sincera. «No sé lo que va a pasar. Pero albergo esperanzas, porque los ensayos han ido fenomenal, la grabación ha ido muy bien. Veremos…».

En un bar madrileño, rodeado de gente que pide cafés, vermuts y cañas, Joséle reflexiona sobre su regla de oro: «Ni para pedir un café. Porque vas a pedir un café y te sale de la boca esta frase: ‘Un whisky, por favor’. Y cuando te das cuenta ya lo tienes en la barra y no hay vuelta atrás. Mejor evitarlo».

Joséle Santiago no es solo un músico. Es un guerrero que lucha contra sus demonios en público, que convierte su dolor en canciones y que, a pesar de todo, mantiene viva la llama del rock. En un país que ha perdido a Jorge de Ilegales y Robe Iniesta, su lucidez y su honestidad son un tesoro que merece ser preservado. Porque como él mismo dice: «El rock and roll es todo lo contrario de lo que puedan predicar Vox o el PP».


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