¡Preparen los lanzallamas y la copa de rigor! La noche del jueves, la plaza Reial se transformó en el epicentro literario y gastronómico de Barcelona con una fiesta que quedará en la memoria colectiva: el homenaje a Mick Herron, flamante ganador del prestigioso premio Pepe Carvalho. Y sí, en este sarao no faltó ni el vino blanco ni las croquetas de cocido, un detalle que los asistentes agradecieron con brindis y aplausos.
Mick Herron, el maestro británico del espionaje corrosivo, celebró su éxito con su esposa, Jo Howard —cazatalentos editorial de prestigio— en el emblemático bar Glaciar, ese rincón con solera que alguna vez fue el pistoletazo de salida de las noches más canallas de la ciudad. El ambiente, como era de esperar, se llenó de anécdotas, risas y conversaciones que iban desde la literatura italiana hasta el fiasco del AVE peninsular. Y es que, como reza una frase célebre de su saga Slow Horses, «Tengo hemorroides más útiles que vosotros», Herron no escatima en humor negro para retratar a esos espías que la vida y el MI5 han dejado en la Casa de la Ciénaga, el vertedero administrativo donde acaban los «caballos lentos».
La fiesta reunió a un quién es quién del mundo literario y periodístico: Anik Lapointe, editora de Salamandra; Carlos Zanón, comisario del festival BCNegra; Richard Price, guionista de The Wire, que optó por un gin tonic; y un largo etcétera de plumas y plumíferos como Miquel Molina, Sergio Vila-Sanjuán, Francesc Bombí-Vilaseca, Lilian Neuman, Antonio Lozano, Fernanda García Lao, Marina Sanmartín y Juan Carlos Galindo, con su sombrero Bogart incluido. Un montón de gente dispuesta a brindar por el fracaso salpimentado con humor corrosivo.
Pero la semana de homenajes no terminó ahí. El lunes, en la librería Finestres, se presentó Barcelona, otros relatos arquitectónicos, un libro que invita a descubrir los «pliegues ocultos de la ciudad» a través de dos miradas: la de Pedro Azara, que se decanta por edificios emblemáticos como la Casa Bloc o el pabellón Mies van der Rohe, y la de Marieta Cavero, que explora los cerros menos turísticos —Coll, Carmel y Turó de la Rovira— donde convivieron villas burguesas y barracas de inmigrantes, un paisaje que Juan Marsé retrató como nadie.
Y si Herron habla de los juguetes rotos del espionaje, Constantino Bértolo, editor histórico con alma de poeta socarrón, ensalza a los «caballos lentos» de la escritura en su ensayo El arte de rechazar manuscritos. Porque, como bien dice Bértolo, un buen editor ya se huele el percal en la página 30, mientras el aspirante a escritor aguarda una llamada que puede hacer temblar su ego, su vanidad y sus «plusvalías intelectuales». El miércoles, en Documenta, Guillem Martínez moderó un acto lleno de torpedos literarios contra el «realismo cursi» y otras lacras del oficio.
En resumen, una semana para enmarcar, llena de homenajes, rutas alternativas por Barcelona, y reflexiones sobre el arte de escribir y rechazar. Y es que, como diría Herron, a veces el fracaso es el mejor combustible para el humor y la creatividad.
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