Descubren un antiguo obrador de chocolate del siglo XIX en pleno corazón de Barcelona
En el corazón de Ciutat Vella, uno de los barrios más antiguos y emblemáticos de Barcelona, una intervención arqueológica rutinaria ha revelado un tesoro histórico que conecta el pasado medieval de la ciudad con su pasado industrial más reciente. Lo que comenzó como una simple rehabilitación de un edificio protegido en la plaza de la Llana terminó convirtiéndose en un viaje fascinante a través de seis siglos de historia urbana.
El hallazgo inesperado durante obras de rehabilitación
El edificio ubicado en la plaza de la Llana, 23, se encontraba sometido a obras de rehabilitación para convertirlo en un espacio de servicios de acogida residencial. Sin embargo, desde el inicio de los trabajos, arqueólogos de Global Geomàtica SL, bajo la supervisión del Servicio de Arqueología de Barcelona y el área de Patrimonio Arqueológico y Paleontológico de la Generalitat, detectaron que el subsuelo y los muros del inmueble guardaban secretos mucho más antiguos de lo que parecía a simple vista.
Según informó el Ayuntamiento de Barcelona en un comunicado oficial publicado en 2024, el edificio está protegido dentro del Plan Especial de Protección del Patrimonio Arquitectónico del distrito de Ciutat Vella como bien cultural de interés local. Esta protección obligó a realizar un control arqueológico previo, lo que permitió descubrir capas de historia que de otro modo habrían permanecido ocultas para siempre.
Los muros medievales que hablaban de un pasado señorial
Las primeras inspecciones revelaron algo sorprendente: las paredes del inmueble conservaban elementos arquitectónicos mucho más antiguos que la estructura visible desde la calle. Arcos, puertas y muros ocultos en los paramentos del edificio indicaban que la historia del lugar comenzaba muchos siglos antes de su aspecto actual.
El análisis arqueológico de los muros permitió identificar restos de un gran edificio medieval levantado en el siglo XIV. No se trataba de una construcción menor, sino de un amplio casal urbano, probablemente una residencia de cierta relevancia dentro de la Barcelona medieval. Los documentos históricos relacionan esta propiedad con la Pia Almoina, una institución benéfica vinculada a la catedral de la ciudad que desempeñó un papel importante en la asistencia social durante la Edad Media.
Barcelona vivía entonces un periodo de intensa expansión económica y urbana. La ciudad era uno de los grandes centros comerciales del Mediterráneo occidental, y su trama urbana comenzaba a densificarse con palacios, casas señoriales y edificios vinculados a gremios y actividades mercantiles. Las estructuras identificadas por los arqueólogos —muros de gran tamaño, arcos y accesos monumentales— encajan perfectamente con ese contexto de prosperidad.
Del casal medieval al hostal para viajeros
Los documentos históricos indican que, ya en el siglo XV, el antiguo casal cambió de función. El edificio se transformó entonces en un establecimiento destinado a alojar viajeros: el Hostal de Sant Pere. La conversión de residencias en hostales era habitual en una ciudad dinámica y comercial como Barcelona. Los viajeros que llegaban por mar o por las rutas terrestres necesitaban lugares donde hospedarse, y muchos edificios de gran tamaño terminaron adaptándose a ese uso.
El Hostal de Sant Pere habría funcionado durante varias décadas, hasta que en el siglo XVI el inmueble volvió a transformarse. El propietario de entonces, Pere Joan Grimosachs, impulsó una importante reforma arquitectónica destinada a adaptar el edificio a los gustos y necesidades de la época. Estas reformas marcaron el inicio de una larga cadena de transformaciones. El edificio medieval fue perdiendo progresivamente su estructura original, adaptándose a nuevos usos urbanos y económicos.
Las transformaciones del siglo XVIII
El siguiente gran cambio llegó a comienzos del siglo XVIII, cuando el antiguo casal fue dividido en tres propiedades independientes. Una de esas parcelas corresponde precisamente al edificio que hoy se encuentra en la plaza de la Llana número 23.
Durante las excavaciones, los arqueólogos localizaron varios elementos asociados a esta etapa. Entre ellos destacan siete grandes recipientes cerámicos de almacenamiento, conocidos como tenalles, que se encontraban enterrados en el subsuelo del inmueble. Estos contenedores podían utilizarse para guardar productos agrícolas, alimentos o materias primas vinculadas a alguna actividad comercial. De momento, los investigadores continúan analizando sus restos mediante estudios bioarqueológicos con el objetivo de identificar qué tipo de sustancias contenían originalmente.
Este tipo de hallazgos refleja el carácter profundamente comercial del barrio. La zona de Santa Caterina y las calles cercanas siempre han estado ligadas al comercio y a los pequeños talleres urbanos. Durante los siglos XVIII y XIX, Ciutat Vella concentraba una intensa actividad artesanal. En sus calles se mezclaban talleres, pequeños comercios y viviendas en una estructura urbana que apenas había cambiado desde la Edad Media.
El sorprendente capítulo industrial: la fábrica de chocolate
La transformación más sorprendente del edificio llegaría en el siglo XIX, cuando parte del inmueble comenzó a utilizarse como obrador para la elaboración de chocolate. Tal y como ha revelado el Ayuntamiento de Barcelona, las excavaciones arqueológicas permitieron identificar restos de este taller productivo. Entre los objetos recuperados destacan placas de plomo que se utilizaban para elaborar etiquetas comerciales destinadas a los productos fabricados en el obrador.
Estas piezas llevan grabadas referencias a la fábrica de chocolate de Clemente Guardia, un empresario chocolatero cuya actividad está documentada en Barcelona durante el siglo XIX. Las fuentes históricas indican que la empresa apareció mencionada en el Almanaque de la Exposición Universal de Barcelona de 1888 bajo la dirección de plaza de la Llana, 23. Allí se identificaba el establecimiento como un negocio dedicado a la elaboración de chocolates y pastillaje.
Los anuncios comerciales de la época muestran que la firma producía diferentes variedades de chocolate, algunas muy populares en el siglo XIX, como el chocolate a la piedra o las elaboraciones aromatizadas con vainilla. La empresa llegó a adquirir cierta notoriedad dentro de la ciudad. Sus productos no solo se vendían en Barcelona, sino que también se distribuían por distintos puntos del territorio español e incluso en algunos territorios del antiguo imperio español.
Un hallazgo que revela seis siglos de historia urbana
La aparición de este antiguo obrador de chocolate ha permitido reconstruir la evolución de un mismo edificio a lo largo de más de seis siglos. Desde un casal medieval vinculado a una institución benéfica hasta un hostal para viajeros, pasando por espacios comerciales y, finalmente, un pequeño taller industrial, el inmueble de la plaza de la Llana resume la historia urbana de Barcelona en un único espacio.
Las excavaciones permitieron así reconstruir la compleja evolución del edificio a lo largo de más de seis siglos. Desde un gran casal medieval vinculado a instituciones benéficas hasta un hostal para viajeros, pasando por espacios comerciales y, finalmente, un pequeño obrador industrial, el inmueble de la plaza de la Llana resume en un mismo lugar buena parte de la historia urbana de Barcelona.
Tal y como reveló el Servicio de Arqueología de Barcelona cuando se presentó el hallazgo, el estudio del subsuelo y de los muros del edificio permitió identificar las diferentes fases de ocupación y comprender cómo este rincón de Ciutat Vella fue adaptándose a las necesidades económicas y sociales de cada época.
Bajo un edificio aparentemente común del casco antiguo, los arqueólogos encontraron así una auténtica cápsula del tiempo: un espacio que, a lo largo de seis siglos, pasó de residencia medieval a hostal, de comercio urbano a taller artesanal. Y entre todos esos capítulos de historia cotidiana, uno de los más inesperados terminó siendo el aroma de un antiguo obrador donde, en pleno siglo XIX, se elaboraba chocolate para una ciudad que comenzaba a entrar en la era industrial.
Este descubrimiento no solo enriquece el patrimonio histórico de Barcelona, sino que también demuestra cómo las intervenciones arqueológicas preventivas pueden revelar historias fascinantes que de otro modo permanecerían ocultas bajo el asfalto y las fachadas de nuestras ciudades. La plaza de la Llana, 23, se ha convertido así en un testimonio vivo de la evolución urbana, económica y social de Barcelona a lo largo de los siglos.
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