En un mundo donde cada mirada queda registrada, donde la privacidad es un concepto extinto y la vigilancia total se vende como seguridad, una película estrenada en 2018 se ha convertido en un espejo incómodo de nuestra realidad actual. «Anon», disponible en Netflix, imagina una sociedad sin rincones oscuros, donde los recuerdos son pruebas irrefutables y la identidad depende del registro constante. Pero lo más perturbador no es su premisa futurista, sino lo cerca que está de nuestra cotidianidad digital.
Un mundo donde nada queda fuera del registro
En el universo de «Anon», la privacidad dejó de existir. Las personas llevan implantes que graban todo lo que ven, y esos recuerdos pueden ser revisados por las autoridades en cualquier momento. No hay versiones contradictorias ni zonas grises: la memoria visual se convierte en prueba irrefutable.
El sistema promete orden y seguridad. Resolver un crimen es tan simple como reproducir los recuerdos de la víctima. La vigilancia total elimina la duda… al menos en teoría.
Cuando el sistema perfecto encuentra una grieta
El relato sigue al detective Sal Frieland, interpretado por Clive Owen, un hombre que confía plenamente en ese modelo de control absoluto. Todo cambia cuando aparece una serie de asesinatos imposibles de explicar: las víctimas están registradas, los escenarios también, pero la asesina no figura en ningún recuerdo.
No está en el sistema. No existe digitalmente.
Esa anomalía pone en jaque la lógica de un mundo donde la identidad depende del registro constante. Si alguien puede borrar su presencia, entonces la verdad deja de ser objetiva y el control deja de ser infalible.
La figura que encarna la resistencia
La investigación conduce a un personaje enigmático conocido como «La Chica», interpretada por Amanda Seyfried. Ella no solo logra volverse invisible al sistema, sino que también puede manipular recuerdos ajenos.
En una sociedad donde la memoria ya no pertenece a quien la vive, desaparecer equivale a recuperar una forma extrema de libertad. Y justamente por eso se vuelve peligrosa.
El enfrentamiento entre el detective y la hacker no es solo policial: es ideológico. Orden contra anonimato. Seguridad contra autonomía.
Una distopía firmada por Andrew Niccol
Detrás de la película está Andrew Niccol, guionista y director especializado en futuros incómodos. Aquí vuelve a una de sus obsesiones centrales: cuánto estamos dispuestos a sacrificar en nombre de la seguridad.
«Anon» evita el espectáculo grandilocuente y apuesta por una estética fría, minimalista y aséptica. Pantallas limpias, ciudades silenciosas y una sensación constante de exposición. No hay rincones oscuros porque todo está iluminado por el registro permanente.
Pero la ausencia de privacidad no elimina el crimen. Solo lo transforma.
Por qué hoy resulta más inquietante que nunca
Cuando se estrenó en 2018, «Anon» parecía una advertencia lejana. Hoy, en una era dominada por cámaras, datos biométricos, reconocimiento facial y vigilancia algorítmica, su premisa resulta alarmantemente plausible.
La película no pregunta si la tecnología puede controlar a las personas, sino algo más incómodo: qué ocurre cuando dejamos de ser dueños de nuestros propios recuerdos.
Y la pregunta final queda flotando, sin respuesta clara: si todo queda registrado, ¿seguimos siendo libres?
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