En los últimos años, Ha-Joon Chang se ha convertido en una de las voces más críticas y respetadas frente al orden económico global dominado durante décadas por Estados Unidos. Ahora, ante la ofensiva frontal de Donald Trump contra ese mismo sistema, el economista surcoreano ve una oportunidad histórica —siempre y cuando el resto del mundo, y Europa en particular, se atreva a desafiar el chantaje estadounidense y reconozca su propio poder.

«Europa se ha comportado de manera francamente patética», afirma Chang sin rodeos. Mientras Brasil, India, China y otros países en desarrollo se opusieron con firmeza a las amenazas comerciales de Trump, los líderes europeos optaron por la cautela. Solo la provocación sobre Groenlandia podría haber forzado una reevaluación y un realineamiento interno en el Viejo Continente.

Chang insiste en que se sobrevalora el costo de desafiar a Trump. Estados Unidos puede representar el 25% del PIB mundial, pero solo el 11% o 12% del comercio global. Si la mayoría de países decidiera oponerse, EE.UU. se encontraría en una situación extremadamente difícil. El problema, según el economista, es que Trump ha conseguido dividir y vencer con su estilo caótico y «mafioso».

La idea de que Europa es indefensa por su debilidad económica es, para Chang, un error. Hay empresas europeas que son más cruciales para las cadenas de suministro globales que sus contrapartes estadounidenses. Por ejemplo, mientras EE.UU. depende de semiconductores asiáticos, países como Taiwán necesitan máquinas litográficas de la holandesa ASML, una spin-off de Philips. Además, Airbus es la principal alternativa a la industria aeronáutica estadounidense, que atraviesa graves problemas tras años de recortes en inversión por parte de Boeing. En sectores como las membranas para diálisis, empresas alemanas dominan el mercado mundial. Europa tiene muchas empresas clave, pero no usa su poder.

Incluso Corea del Sur, literalmente ocupada militarmente por EE.UU. con decenas de miles de soldados en su suelo, ha mostrado más firmeza que Europa al tratar con Washington. Trump parece basar su estrategia en el dominio militar y energético estadounidense, pero Chang recuerda que EE.UU. quiere vender productos que decenas de otros países también fabrican —solo que quizás un poco más caros sin su participación.

El dólar y el control sobre el sistema financiero mundial siguen siendo el arma más poderosa de EE.UU., pero incluso eso está en cuestión. Los propios estadounidenses quieren debilitar su moneda para reducir el déficit comercial. El verdadero poder reside en los bancos de inversión, los fondos de capital privado y la capacidad de inflar el valor de empresas como Tesla por encima de rivales como Toyota o Hyundai.

Respecto a los BRICS, Chang no los ve como una alternativa completa al sistema actual. Es más bien una «alianza de conveniencia» sin un terreno ideológico común —¿qué une a Brasil y Rusia más allá de su rechazo a EE.UU. y Europa? La solución, según el economista, no es crear un orden mundial alternativo completo, sino avanzar con acuerdos plurilaterales fluidos y coaliciones de países dispuestos a participar. Ya está ocurriendo: cuando EE.UU. paralizó el mecanismo de solución de diferencias de la OMC, otros países crearon uno paralelo.

Chang cree que estos mecanismos surgirán de forma espontánea y gradual, sin una coalición política o ideología compartida que los respalde. China, pese a sus propias obsesiones como la política hacia Taiwán, es mucho más pragmática que EE.UU. en estos momentos. Europa, sin embargo, sigue aferrada a la idea de que EE.UU. es más «civilizado» que China, a pesar de las acciones unilaterales de Washington en Gaza. Para Chang, es un disparate: Europa tiene que darse cuenta de que la idea de la civilización y la democracia occidentales ha terminado.

Colaborar no tiene por qué significar hacerlo solo con China. Hay muchos actores: Corea del Sur, Brasil, Japón… Y trabajar con China no implica estar de acuerdo en todo. Hay que crear diferentes acuerdos para diferentes cosas, con distintas clases de coaliciones. ¿Por qué no se puede colaborar con China en ciertos aspectos y criticarla en otros?

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