La promesa de la inteligencia artificial suena atractiva: menos horas de trabajo, más tiempo libre y, en teoría, una mejor calidad de vida. Sin embargo, el economista Robert Reich, exsecretario de Trabajo de Estados Unidos, pone en duda esta narrativa optimista. En su reciente ensayo, Reich advierte que la reducción de la jornada laboral, impulsada por la automatización, podría traducirse en una realidad menos idílica: menos salario.
La promesa tecnológica frente a la realidad salarial
Mientras gigantes tecnológicos como Zoom y JPMorgan Chase sugieren que la IA permitirá semanas laborales de cuatro o incluso tres días sin sacrificar productividad, Reich argumenta que esta visión esconde una consecuencia incómoda. Si la jornada se reduce, lo más probable es que el salario se ajuste proporcionalmente. Es decir, si trabajas cuatro días, cobrarás por cuatro días, no por cinco.
Reich respalda su argumento con datos históricos: desde la década de 1970, la productividad en Estados Unidos ha aumentado constantemente, pero los salarios medios no han seguido el mismo ritmo. Esta brecha ha llevado a que una mayor parte del valor generado se concentre en la cúspide empresarial y financiera, dejando a la mayoría de los trabajadores sin ver reflejada esa bonanza en sus bolsillos.
Una tendencia que ya está en marcha
Reich sostiene que no es necesario esperar a una revolución total de la IA para observar esta dinámica. En 2025, el crecimiento del empleo a tiempo completo ha sido prácticamente plano, mientras aumentan las fórmulas de trabajo por encargo y los contratos precarios. Muchos sectores con salarios bajos registran caídas reales de ingresos, lo que refleja una economía cada vez más polarizada:
- Un grupo reducido acumula riqueza extraordinaria.
- Una mayoría ve estancados o reducidos sus ingresos.
- Crecen las necesidades de combinar varios empleos para mantener el nivel de vida.
La inteligencia artificial, advierte Reich, podría acelerar esta fragmentación si no existen mecanismos que redistribuyan los beneficios de la automatización.
El factor decisivo: el poder
Para Reich, la cuestión central no es tecnológica sino política y estructural. La clave reside en quién controla las ganancias derivadas de la innovación. Si el poder de negociación sigue concentrado en grandes corporaciones y accionistas, los avances en eficiencia no se traducirán en mejoras generalizadas.
En otras palabras, el debate sobre la semana laboral de cuatro días no puede desligarse de la distribución del ingreso y del equilibrio de fuerzas entre capital y trabajo. Sin reformas que fortalezcan la posición de los empleados, ya sea mediante negociación colectiva, políticas fiscales o regulación, la promesa de trabajar menos y vivir mejor corre el riesgo de convertirse en una ilusión.
La advertencia final
Frente a la retórica de la «liberación del trabajo», Reich lanza una advertencia clara: sin cambios profundos en la estructura económica, la inteligencia artificial podría no reducir la desigualdad, sino ampliarla. Y la reducción de la jornada, lejos de ser una conquista social, podría convertirse en otra forma de ajuste salarial encubierto.
En un mundo donde la tecnología avanza a pasos agigantados, la pregunta no es solo cuánto podemos producir, sino quién se queda con los beneficios. Y esa es una decisión que, como bien señala Reich, no depende de los algoritmos, sino de las políticas y el poder.
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