La respuesta de la Iglesia ante la tragedia: un tejido que ya estaba hecho

El rescate de las víctimas del accidente de tren en Adamuz no comenzó con sirenas ni con las carreras de los servicios de emergencia, sino con una oración improvisada en el zaguán de la casa parroquial. Cuando, poco después de las ocho y veinte de la tarde, Rafael Prados Godoy supo –por boca del repartidor que acababa de llevarle una hamburguesa para cenar– que había habido un accidente de tren cerca del pueblo, su primer gesto fue «elevar una sincera oración pidiendo a Dios que no hubiera sido grave y que todos estuvieran bien». Todavía no lo sabía, pero no lo estaban.

Inquieto, Prados encendió el Canal 24 horas. A medida que las imágenes empezaban a mostrar la magnitud de la tragedia, dejó la cena a medias y activó al grupo de Cáritas parroquial a través de una videollamada de WhatsApp. En menos de una hora, los voluntarios habían sacado del almacén todo lo que podía ser útil en aquel momento —estufas, mantas, ropa de abrigo, agua y bebidas calientes— y habilitado las dependencias de la parroquia para acoger a los primeros afectados. «Tan rápida fue la respuesta que estuvimos casi una hora aguardando a que llegaran los pasajeros del tren», recuerda el párroco. Mientras los heridos más graves eran atendidos por los sanitarios en la caseta municipal, los servicios de triaje comenzaron a derivar a la parroquia a quienes se encontraban en mejor estado.

«Recibieron aquella primera asistencia con mucha gratitud y, al mismo tiempo, con una generosidad que impresionaba», explica Prados a ABC desde Tierra Santa, donde se encuentra estos días de peregrinación. Muchos de los pasajeros estaban desorientados, «no sabían ni siquiera que existía un pueblo llamado Adamuz ni qué iba a ser de ellos esa noche, pero aun así rechazaban un chocolate o un bocadillo por si hacía más falta a otros que estuvieran peor». En esos momentos, subraya el sacerdote, lo esencial era «estar con ellos, escucharles y ofrecerles consuelo». «Esa noche –concluye– vi al Señor actuando a través de los cristianos de mi pueblo».

Lo ocurrido en Adamuz no quedó circunscrito al ámbito del pueblo ni se agotó en las primeras horas del rescate. A medida que se confirmaba el alcance del accidente, la respuesta se fue reproduciendo en otros puntos, allí donde la tragedia comenzaba a concentrar a familiares, heridos y autoridades. En Córdoba, un equipo de seis sacerdotes se turnó para ofrecer acompañamiento espiritual de manera ininterrumpida durante las 24 horas del día a las familias que aguardaban noticias o la identificación de los fallecidos. Paralelamente, en distintas diócesis vinculadas por ser lugar de origen o residencia de las víctimas, se organizaron exequias y actos de oración que fueron creciendo al mismo ritmo que la conmoción social, hasta desembocar en un funeral multitudinario que reunió a miles de fieles y acabó desplazando el intento de homenaje civil inicialmente planteado por el Gobierno. El clamor en redes sociales fue explícito: «En la tierra de María Santísima sólo cabe un funeral católico».

También en la dana de Valencia, la respuesta de las parroquias no se improvisó, se desplegó. Lo que comenzó como una respuesta espontánea terminó abriendo una pregunta de mayor alcance: ¿qué explica que en una España que se percibe cada vez más secularizada reaparezca con tanta fuerza una respuesta de raíz católica ante la tragedia? En la práctica, «la red ya está hecha y sólo hay que activarla». Es la frase que más se repite entre sacerdotes y laicos entrevistados para este reportaje. Como ya ocurrió en Valencia tras las inundaciones provocadas por la dana en octubre de 2024, la respuesta de las parroquias no se improvisó, se desplegó.

«Independientemente de los datos de práctica religiosa, España no ha dejado de ser católica. La presencia de la Iglesia en hospitales, colegios, parroquias y obras asistenciales hace que el español medio asuma que vive en un país de tradición católica, vaya o no a misa», explica a ABC Fernando Nistal, profesor de Comunicación y director ejecutivo de CEU CEFAS, el centro de estudios de la Universidad CEU San Pablo. Esa normalidad ayuda a entender que, ante una tragedia, «no sorprenda que se celebre una ceremonia religiosa o que la parroquia sea la primera en acudir». «Hay una presencia católica con un impacto positivo que es objetivamente bueno, más allá de la fe de cada uno», añade Nistal.

Más allá del impacto emocional de estos episodios, los datos ayudan a contextualizar el debate. Según el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), correspondiente al pasado mes de enero, el 54,5% de los españoles se define como católico. Es un porcentaje muy inferior al que arrojaba la misma encuesta hace dos décadas, cuando la adscripción católica superaba el 80%, pero que sigue situando al catolicismo como la confesión mayoritaria en nuestro país.

Ese 54,5% es la suma del 18,2% de españoles que se declaran católicos practicantes y del 36,3% que reconocen no serlo. Muy por detrás aparecen quienes se identifican con otras religiones, que apenas alcanzan el 3%. El resto se reparte entre agnósticos (13,4%), indiferentes o no creyentes (12%) y ateos (15,3%). Una distribución que, pese al acusado descenso de la práctica religiosa, mantiene a la fe católica como el principal referente religioso desde el punto de vista sociológico y explica las resistencias ante los intentos del Ejecutivo de Sánchez de imponer funerales de Estado de carácter laico, como ya ocurrió tras la pandemia, con la dana, o el ahora frustrado homenaje de Huelva.

Hasta hace unos años, Vicent pertenecía a ese grupo de católicos no practicantes. Educado en un colegio religioso, cumplió con la primera comunión y la confirmación, pero nunca llegó a vincularse. Hoy, a sus 50 años, es un activo colaborador de la parroquia de La Torre, una pedanía de la ciudad de Valencia que sufrió de manera directa las consecuencias de la dana. Desde las primeras horas, el templo se convirtió en el principal centro de asistencia en la zona cero, impulsado por los feligreses y coordinado por el párroco.

Para Vicent, aquella respuesta demuestra que «España no es tan laica como se dice. Estaba adormecido ese sentimiento. El evento es el que hace de disparador». Pero este laico, vinculado a la parroquia tras participar en un retiro de Emaus, no circunscribe ese cambio necesariamente a una tragedia, sino que lo amplia a cualquier otro acontecimiento, como esos fines de semana de reflexión, que «remueva esas emociones». Así, «cuando pasa un evento grande y sientes que debes ayudar, lo haces desde tu cultura y tu educación cristiana, te das cuenta que detrás de esa cultura tienes una fe evidente y ahí es donde recuperas a Dios», añade.

Un año y cuatro meses después de la dana, y pese a que los daños estructurales obligaron a cerrar el templo y trasladar la actividad a la cercana parroquia de Forn d’Alcedo, la vida parroquial se ha intensificado. «Antes, Cáritas abría una tarde a la semana, con cinco voluntarios. Ahora somos más de 25 y podemos abrir tres veces», explica Vicent.

No todos, sin embargo, perciben un renacer inmediato. A Salvador Aguado, muy activo en redes sociales como @mossenvoro, la inundación le sorprendió al terminar la misa de la tarde en la parroquia de la Santa Fe de Alfafar. Con algunos feligreses tuvo que refugiarse en el techo del templo. «Rezamos varios rosarios aquella noche», recuerda. «Después vino el barro, la desesperación, la limpieza y el ejército de voluntarios». Pero el miedo, asegura, permanece. «Cualquier alerta hace saltar el pánico», explica Aguado, que recuerda que a día de hoy, muchos ascensores del barrio de Orba siguen sin funcionar. «Yo hablaría de brotes normales, no de brotes verdes», matiza Aguado. «Buscamos normalidad. La gente mayor está muy tocada física y psicológicamente, y como soy el cura del barrio vienen a pedirme consejo. Ahora lo importante es acompañar a pie de calle».

Ese acompañamiento, centrado más allá de lo material en lo espiritual, estuvo también muy presente tras el accidente de Adamuz. En Córdoba, en el centro cívico de Poniente, donde los familiares vivían la tensa espera para conocer noticias de los suyos, Jesús Linares fue uno de los seis sacerdotes que se turnaron para que nunca estuvieran solos. «Entrar vestido de sacerdote siempre impone», admite. «Puedes encontrarte de todo, pero no encontré rechazo. Encontré dolor. Y mucho agradecimiento». «A veces bastaba con estar presente; otras, con rezar una oración o escuchar», relata a este diario. «Con mucha educación, si alguien te decía que no necesitaba un sacerdote, te retirabas». Algunos sanitarios y psicólogos se lo dijeron explícitamente: «Vuestra presencia es muy necesaria, a donde no llegamos nosotros, llegáis vosotros».

«Las tragedias nos recuerdan la fragilidad del ser humano y la necesidad de vivir de un modo trascendente», apunta el profesor de Comunicación Fernando Nistal. «Cuando no tienes donde agarrarte, Dios aparece como respuesta», coincide Linares. «No es una tesis teológica. Es lo que sale del corazón», añade.

Ese sentimiento se hizo visible también en el funeral celebrado en Huelva. Allí, Liliana Sáenz, hija de Natividad –la abuela fallecida que regresaba con sus nietos de ver el musical El Rey León–, puso palabras a lo que muchos compartían: «El único funeral que cabía era este, porque la única presidencia que queremos es la de Dios, hecho presente en el pan y el vino, bajo la mirada de su Madre, en su advocación cinteña». Una frase que resonaba mucho más fuerte, si tenemos en cuenta que entre el público estaban los Reyes, la vicepresidenta primera y el presidente autonómico.

«Esas palabras no se improvisan», reflexiona Vicent desde Valencia. «Esa chica se atrevió a decirlo porque es algo que llevaba dentro desde mucho antes». El fragmento se hizo viral en redes sociales y circuló rápidamente por los grupos de WhatsApp. «No nos avergüenza decirnos católicos», añade. «La diferencia ahora es que lo decimos en voz alta». Y quizá ahí resida otra de las claves de este fenómeno, no tanto en el acontecimiento que actúa como detonante, sino en que muchos han dejado de sentir la necesidad de callarlo.


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