Vox: Santiago Abascal y las purgas internas, un patrón recurrente de control político
El escritor Sergio del Molino ha publicado una columna en El País que analiza con agudeza y una mirada crítica las recientes purgas internas en Vox, lideradas por Santiago Abascal. En su texto, Del Molino sostiene que estos movimientos no son meros ajustes ideológicos, sino un mecanismo sistemático de control del liderazgo que, con el tiempo, deja de responder a diferencias políticas reales para convertirse en una herramienta de consolidación del poder personal.
Según Del Molino, las purgas suelen comenzar con una justificación política aparente: los expulsados o marginados son acusados de tibieza ideológica o de no estar suficientemente comprometidos con la «causa». Algo parecido ocurrió en las primeras tensiones internas de Vox, cuando analistas políticos interpretaron la salida o relegación de figuras como Macarena Olona o Iván Espinosa de los Monteros como una victoria del sector más duro del partido frente a perfiles considerados más liberales o moderados. Incluso el escritor ironiza con la posibilidad de que Espinosa de los Monteros acabe siendo una especie de «Trotski» dentro del partido, en alusión a las purgas históricas en regímenes revolucionarios.
Sin embargo, Del Molino subraya que con el tiempo este tipo de depuraciones deja de responder a diferencias ideológicas reales. Lo que predomina, según su análisis, es la necesidad del líder de evitar que otros dirigentes adquieran demasiado protagonismo. Para ilustrar este punto, compara la dinámica con un juego de feria en el que se golpea a los topos que aparecen: cualquier figura que empiece a ganar visibilidad entre los votantes corre el riesgo de ser apartada. La idea que transmite es que el liderazgo de Abascal se refuerza eliminando posibles rivales o figuras que puedan eclipsarlo.
El columnista también introduce un tono irónico al reflexionar sobre la situación de quienes han sido expulsados o relegados. A su juicio, la paradoja es que han sido apartados de un espacio que describe como un «club» donde, según él, se concentran algunos de los políticos más oportunistas o fracasados del panorama español. Menciona en ese sentido a dirigentes con trayectorias políticas cambiantes o a figuras que habrían encontrado en Vox un último refugio tras carreras fallidas en otros ámbitos.
Más allá de la crítica personal, Del Molino plantea una interpretación más amplia del funcionamiento del partido. Según su análisis, Vox funciona mejor cuando no actúa como un partido político tradicional con estructuras internas y debate, sino como una herramienta para canalizar un malestar político difuso. En ese sentido, considera que su crecimiento electoral no se basa tanto en un programa político definido como en una movilización emocional del descontento.
En conclusión, la columna presenta las purgas internas como una estrategia de liderazgo más que como un conflicto ideológico real. Para Del Molino, las expulsiones reflejan la voluntad de mantener un control férreo del partido y evitar la aparición de figuras con peso propio, en una organización que, según su lectura, se sostiene sobre el liderazgo personal de Abascal y sobre la canalización de un enfado político amplio pero poco estructurado.
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