Socialistas españoles: un distanciamiento dolorido de sus antiguos ídolos revolucionarios
El Gobierno socialista español, con una mezcla de satisfacción y dolor, asiste al paulatino distanciamiento de las amistades que en otro tiempo fueron sus más fervorosas banderas ideológicas. Lo que parecía inconcebible hace apenas una década se ha convertido en una realidad palpable: los señores del Ejecutivo van renunciando una a una a sus antiguas y pavorosas amistades, descubriendo con estupor que el mundo no es tan sencillo como lo pintaban los manuales revolucionarios de su juventud.
La irritante postura socialista en favor de dictadores bananeros y morgendros asesinos nunca respondió al cinismo, sino todo lo contrario: a una iluminada candidez que les hacía ver en Fidel Castro un revolucionario, en Jomeini un carisma, en Gadafi un líder y en Ortega un héroe. La realidad, sin embargo, ha sido tozuda: el primero siempre ha sido un dictador caradura, el segundo un perturbado, el tercero un terrorista y el cuarto y último un petimetre de su propia falsedad.
El desengaño con Jomeini: cuando el ayatolá mostró sus garras
El primer disgusto vino de la mano del beatísimo cafre del ayatolá Jomeini. Cuando la revolución islámica y la caída del Sha Reza Pahlevi, la izquierda española se ofuscó de entusiasmo. Para el retroprogresismo de moda, el destronamiento de un emperador suponía un avance, un logro y una indiscutible victoria de la Humanidad.
Con el Sha, es cierto que Irán transcurría por el siglo XVIII, que no había garantía de libertades plenas y que imperaba un rústico feudalismo sobre el diario acontecer de sus súbditos. Pero tampoco es mentira su esfuerzo de proyección hacia el occidentalismo y la modernidad, que chocaron contra el muro de la intolerancia y el fanatismo religioso.
Con Jomeini, por aquella época héroe de nuestros púberes socialistas, Irán ha retrocedido vigorosamente hasta el siglo VIII, aunque sus ardorosos defensores no escatiman datos que pudieran hacer ver que tras los años de mandato personal de ese pedazo de loco, la realidad iraní se enmarca mejor en el siglo XII.
No obstante, los socialistas permanecieron en su postura de silencioso respeto hasta que la aviación militar de Jomeini soltara una serie de petardos al avión presidencial español en su lamentable trayecto hacia China. Ahí se deterioró la amistad. El gesto, que podría haber sido interpretado como un simple error de navegación o una coincidencia desafortunada, fue percibido por el Gobierno español como una afrenta directa a su soberanía y a la integridad de sus representantes.
El caso Castro: del romanticismo revolucionario a la realpolitik
Las constantes y permanentes denuncias internacionales contra el régimen opresor e inhumano del compañero Fidel Castro no hicieron mella en los intrépidos socialistas patrios, hasta que los secuestradores oficiales del admirado mohicano confundieron La Habana con Madrid para cometer sus fechorías.
Con harto dolor, que se reflejaba en las violáceas ojeras de Francisco Fernández Ordóñez, el Gobierno español protestó enérgicamente -es un suponer- ante el cubano, y si bien la sangre no llegó al río, una cierta imprecisión en los antiguos besos se estableció entre nuestro presidente y el depredador caribeño.
El distanciamiento no fue inmediato ni radical. Durante años, el PSOE mantuvo una posición ambigua, condenando los excesos del régimen castrista pero rehusando unirse al coro de condenas internacionales. Solo cuando la seguridad de ciudadanos españoles estuvo directamente amenazada, el Gobierno reaccionó con la energía que antes le había faltado.
Gadafi y el terrorismo que llegó a Madrid
Como las desgracias nunca vienen solas, nuestros gobernantes se han enterado de forma definitiva que Gadafi no es un líder revolucionario, sino un descarado terrorista, y se han visto obligado a expulsar de España a tres de sus representantes armados que gozaban en Madrid de inmunidad diplomática.
Han sido precisos innumerables y dolorosísimos actos de terror y la amenaza de cometerlos en Madrid para que sus bondades sectarias se estremecieran. La expulsión de los diplomáticos libios no fue una decisión fácil. Representaba el reconocimiento de que durante años el Gobierno español había mantenido relaciones cordiales con un régimen que financiaba el terrorismo internacional.
La izquierda española, que había visto en Gadafi un símbolo de resistencia antiimperialista, se vio obligada a reconocer que detrás de la iconografía revolucionaria se ocultaba un régimen criminal que ponía bombas en aviones y asesinaba inocentes sin distinción de raza, religión o nacionalidad.
Ortega: el último bastión del romanticismo revolucionario
Todavía les queda Ortega, el comandante nicaragüense, el nuevo dictador de ese país siempre sometido a dictaduras de diferentes signos. Aún confían en la llamada revolución sandinista, que es una de las farsas más ridículas que se representan hoy en el mundo.
Tengo la sensación que, a pesar de los impulsos íntimos del vicepresidente Guerra, este amor va a durar poco, y que muy pronto se va a enfriar esta cuarta amistad intolerable. El día que les llegue la soledad yo les tenderé mi mano.
La revolución sandinista, que en los años ochenta representó la esperanza de la izquierda mundial, se ha convertido en un régimen autoritario que persigue a la disidencia, controla los medios de comunicación y mantiene una economía en ruinas. Sin embargo, la nostalgia revolucionaria mantiene viva la llama de la admiración en ciertos sectores del PSOE.
El costo político del desengaño
El distanciamiento de estos antiguos ídolos no ha sido gratuito para el Gobierno socialista. Ha supuesto un desgaste político considerable, obligando a rectificaciones públicas que han sido aprovechadas por la oposición para cuestionar la coherencia y la capacidad de discernimiento del Ejecutivo.
El coste emocional ha sido igualmente elevado. Los socialistas españoles han tenido que asumir que sus héroes de juventud eran en realidad déspotas sanguinarios, que sus ideales revolucionarios se habían corrompido en regímenes totalitarios. La decepción duele más cuando viene acompañada del reconocimiento de que se equivocaron.
Una nueva era en la política exterior española
Este proceso de distanciamiento representa un punto de inflexión en la política exterior española. Después de décadas de romanticismo revolucionario y de alineamiento automático con regímenes que se autoproclamaban de izquierdas, el Gobierno socialista parece haber comprendido que la defensa de los derechos humanos y la promoción de la democracia deben primar sobre cualquier consideración ideológica.
La nueva política exterior se caracteriza por un enfoque más pragmático y menos sentimental. Los gobiernos ya no se juzgan por sus proclamas revolucionarias sino por sus acciones concretas en materia de derechos humanos, libertades civiles y desarrollo económico.
El futuro de las relaciones internacionales
El distanciamiento de los antiguos ídolos revolucionarios no significa que el Gobierno socialista vaya a alinearse automáticamente con las posiciones de la derecha internacional. Más bien representa un intento de construir una política exterior independiente, basada en principios universales más que en afinidades ideológicas pasajeras.
El futuro de las relaciones internacionales españolas parece orientarse hacia una mayor coherencia entre los valores proclamados y las alianzas mantenidas. Esto implica, inevitablemente, el distanciamiento de regímenes autoritarios, vengan de donde vengan y se autoproclamen lo que se autoproclamen.
Conclusión: el precio de la madurez política
El proceso de distanciamiento de los antiguos ídolos revolucionarios representa, en última instancia, el precio de la madurez política. Los socialistas españoles han tenido que pagar un alto costo emocional e ideológico para reconocer que sus héroes eran en realidad villanos, que sus revoluciones eran en realidad dictaduras, que sus carismas eran en realidad demencias.
Pero este precio, por doloroso que sea, parece necesario. La política exterior de un país democrático no puede basarse en el romanticismo revolucionario ni en la nostalgia ideológica. Debe fundamentarse en el respeto a los derechos humanos, en la promoción de la democracia y en la defensa de los intereses nacionales.
El día que les llegue la soledad, como dice el autor, yo les tenderé mi mano. Pero también les ofreceré mi comprensión, porque sé que el camino hacia la madurez política nunca es fácil, y menos cuando implica renunciar a los ídolos de la juventud.
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