Guerra en Oriente Próximo: el fantasma de la inflación acecha a la Fed y el BCE
La subida del precio del petróleo amenaza con desatar una nueva crisis económica, similar a la de 1973, cuando el embargo árabe sumió al mundo en una espiral inflacionista que duró años.
Cuando Jerome Powell creía que había ganado una batalla, Donald Trump declaró la guerra. El ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán y la furibunda respuesta del régimen de los ayatolás cortando el tráfico en el estrecho de Ormuz han despertado viejas pesadillas para la Reserva Federal de Estados Unidos. Hace más de 50 años, en 1973, los países del Golfo aprobaron un embargo de petróleo contra Estados Unidos y otros países por apoyar a Israel en la guerra del Yom Kipur. Las consecuencias de aquella decisión se estudian en los libros de historia. El fantasma de la inflación sumió al mundo en una terrible crisis que los bancos centrales tardaron años en superar.
De momento, la situación no es tan peliaguda. Pero hay motivos para la preocupación. El precio del petróleo se ha disparado desde que empezaron a caer las primeras bombas en Teherán. Las interrupciones en el estrecho de Ormuz, por donde transita una quinta parte del petróleo mundial y una cuarta parte del gas natural, amenazan con provocar una crisis energética. El barril del West Texas Intermediate (WTI), el petróleo más usado en Estados Unidos, cotiza en torno a los 100 dólares, un 40% más que hace dos semanas.
El crudo se comporta como un material conductor de la inflación. Las estaciones de servicio estadounidenses son testigos de subidas diarias del precio de los combustibles. La gasolina marcaba este domingo 3,675 dólares el galón, un 23,5% más que en el inicio de la guerra. Los fertilizantes también se han encarecido, así como el gas natural. Es cuestión de tiempo que la presión llegue a los alimentos y al resto de productos de la cadena de valor.
Los bancos centrales han aprendido cómo combatir este fenómeno, subiendo los tipos de interés. Pero los dos grandes bancos centrales mundiales, la Reserva Federal (Fed) y el Banco Central Europeo (BCE), tienen que decidir esta semana sobre un folio en blanco. Solo tienen expectativas de inflación. Se supone que los precios van a subir, pero lo cierto es que el último dato oficial de la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos mostró que los precios crecieron un 2,4% en febrero, el menor nivel en 10 meses. La situación es incluso más favorable en Europa. Eurostat calcula que los precios crecieron un 1,9% en febrero, por debajo del objetivo del BCE.
La actitud volátil de Donald Trump añade más incertidumbre a la ecuación. El presidente de EE UU acostumbra abrir y cerrar crisis con rapidez y de forma casi arbitraria —sucedió con los aranceles, con Groenlandia o Venezuela en una actitud conocida como TACO (Trump siempre se acobarda, en inglés)—, en cuyo caso el precio del barril de crudo podría deshincharse tan rápido como se infló.
Con estos datos los banqueros centrales se preguntan qué hacer. Subir tipos para anticipar la espiral de precios que adivina o esperar. La situación se complica para la Reserva Federal, que tiene un doble objetivo, el mencionado de la estabilidad de precios, pero también tiene que velar por la salud del mercado laboral. Y el empleo en Estados Unidos parece constipado. Los economistas han encendido las alarmas porque en febrero se destruyeron 92.000 empleos. Este indicio se suma a que 2025 fue el año que menos empleo se creó sin que el país estuviera en crisis.
Las preocupaciones por la debilidad de la economía estadounidense crecieron esta semana tras la revisión del dato del PIB. La Oficina de Análisis Económico rebajó a la mitad el cálculo de crecimiento del último trimestre del año pasado: del 1,4% al 0,7% y encendió las alarmas de los analistas.
«La evolución del IPC, el empleo y el PIB en EE UU deja a la Fed en una situación compleja», apunta Bret Kenwell, analista de eToro en EE UU. «La Reserva Federal se enfrenta ahora a un entorno donde la inflación se mantiene persistente y pronto recibirá un impulso impulsado por el sector energético, mientras que el crecimiento del PIB y el mercado laboral continúan perdiendo dinamismo», añade Kenwell.
Christian Scherrmann, economista jefe de DWS para Estados Unidos, explica que «resulta difícil imaginar un escenario distinto a uno en el que la Fed mantenga los tipos de interés sin cambios en su próxima reunión». Precisa que los datos recientes sugieren que «la inflación, aunque todavía elevada, no se ha visto impulsada, y es probable que continúe la narrativa sobre que se trata de un fenómeno temporal».
El papel de Lagarde
La subida del coste de la energía ha pillado al Banco Central Europeo en un momento de placidez. Con la inflación bajo control y el desempleo rozando mínimos históricos, el ambiente es muy distinto al que se vivía en los prolegómenos de la guerra en Ucrania, cuando los precios ya habían dado señales alarmantes y el debate sobre si la alta inflación era transitoria o no marcaba la agenda. Ese punto de partida más bajo de los precios supone una ventaja para Fráncfort, pero la crisis en Oriente Próximo vuelve a poner a prueba su capacidad de diagnóstico: en 2021 y 2022 se equivocó al anticipar una inflación transitoria.
Ahora los riesgos de tomar decisiones regresan: puede cometer el mismo error y tropezar dos veces con la misma piedra si predice que es un shock temporal y finalmente no lo es porque la guerra se alarga o empiezan a notarse efectos de segunda ronda. O bien pasarse de frenada y reaccionar de manera desproporcionada con subidas de tipos de interés que luego se demuestren exageradas.
Pase lo que pase, el ruido de sables ha vuelto al cuartel general del BCE. El gobernador del banco central estonio, Madis Muller, ha dicho esta semana que, a diferencia de lo que ocurría antes del conflicto, el movimiento con más opciones en un futuro próximo sería una subida del precio del dinero. «Hay más probabilidades de que el próximo cambio en los tipos de interés sea un aumento que lo contrario», declaró en un evento el martes en Vilna. Otros, como el gobernador lituano, Gediminas Simkus, son más cautos, llaman a no sobrerreaccionar, y otorgan las mismas posibilidades a una subida o una bajada.
La reunión de esta semana servirá para medir hasta qué punto esas diferencias entre halcones y palomas se han exacerbado con la guerra, aunque el conflicto no tendrá consecuencias prácticas: los tipos se mantendrán intactos en el 2%, porque el Eurobanco apenas cuenta todavía con datos para calcular la magnitud del golpe inflacionista.
«Creemos que los bancos centrales van a mantener una actitud de espera, dejando claro que están listos para actuar en caso necesario», argumenta Xavier Chapard, analista de La Financière de l’Échiquier (LFDE). Considera que «los discursos de los miembros del BCE desde el comienzo de la guerra han expresado unánimemente la necesidad de mantener la calma a corto plazo» y que «la Fed debería verse reforzada en su voluntad de mantener estables los tipos durante los próximos meses y dejar la puerta abierta tanto a subidas como a recortes a partir del verano».
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