La espiritualidad como refugio: cuando la fe se convierte en identidad y rebeldía
A los doce años, en un mundo donde la fe de mis padres era más un gesto de cortesía que una convicción, yo soñaba con ser monja. En un colegio público y laico, donde la religión se limitaba a una asignatura más, el crucifijo que colgaba en mi habitación se convirtió en mi confidente más íntimo. Aquella imagen de un Jesús medio desnudo, clavado en la cruz, despertaba en mí una mezcla compleja de morbo y compasión, un secreto compartido entre dos seres que se entendían sin palabras.
Mis abuelos, devotos hasta la médula, nos llevaban a misa los domingos por tradición, no por fervor. Mi abuela, rodeada de estampas de santos y con una hermana misionera en Venezuela, era la guardiana de esa llama que apenas titilaba en casa. Cuando le confesé mi deseo de consagrarme a Dios, esperaba su aprobación, su orgullo. Pero su respuesta me dejó perpleja: «Eres demasiado inteligente para ser monja».
¿Cómo podía la inteligencia ser un obstáculo para la vocación religiosa? Aquellas palabras resonaron en mi cabeza como un acertijo que tardaría años en descifrar. Más tarde, cuando cumplí la mayoría de edad, me repetiría la misma frase sobre el matrimonio: «Eres demasiado inteligente para casarte». La ironía no me pasó desapercibida: ella, con seis hijos y una fe inquebrantable, me advertía sobre los peligros de la entrega total, ya fuera a Dios o a un hombre.
Pero la vida, como suele hacer, tenía otros planes para mí. A los catorce años, convencida por una amiga del instituto, me apunté a catequesis de confirmación. Allí conocí a quien sería mi primer amor: el catequista, diecinueve años, voz de tenor en el coro de la parroquia. Las convivencias se convirtieron en mi escaparate social, los domingos posteriores a misa en citas obligadas con el grupo en el bar de la plaza, donde aprendí a tolerar la cerveza y a disfrutar de la camaradería.
Con el tiempo, la asistencia a misa se volvió opcional, pero las amistades perduraron. La espiritualidad, como un río que se abre paso, se adaptó a mi vida en lugar de que yo me adaptara a ella. Fue entonces cuando vi «Los domingos», la serie de Movistar Plus dirigida por Alauda Ruiz de Azúa, y sentí que alguien más entendía ese viaje interior que yo había emprendido.
Ainara, la protagonista, encarna esa búsqueda desesperada de ser escuchada, acogida, elegida. Su arrebato espiritual no es solo una cuestión de fe, sino de identidad, de encontrar un lugar en el mundo donde encajar. Su tía Maite, en cambio, representa la mirada escéptica, la que detecta dónde está la trampa y dónde late el verdadero amor. Entre ambas posturas, me reconocí: la niña que buscaba comprensión en lo divino y la adulta que la encontró en el arte.
Lo más extraordinario fue sentir que Alauda Ruiz de Azúa me comprendía como mi abuela lo intentó en su momento. Aunque entonces no entendí del todo sus advertencias, hoy veo que ambas mujeres, separadas por generaciones, intentaban protegerme de la misma trampa: la entrega ciega, ya sea a una institución, a una persona o a una idea.
La espiritualidad, al final, no es más que el reflejo de nuestras necesidades más profundas. Para algunos, es la fe en lo divino; para otros, el amor a la naturaleza, a los animales, al mar y a la tierra. Para mí, siempre fue un refugio contra la incomprensión humana, una forma de conectar con algo más grande cuando las relaciones personales se me hacían cuesta arriba.
Hoy, viendo «Los domingos», entiendo que la fe no es un destino, sino un camino. Y como todo camino, está lleno de bifurcaciones, de dudas, de momentos de arrebato y de lucidez. Ainara y Maite no son opuestas, sino dos caras de la misma moneda: la necesidad humana de creer en algo, sea Dios, sea el prójimo.
Y quizás, al final, mi abuela tenía razón. Quizás ser «demasiado inteligente» no es un impedimento para la fe, sino un requisito para vivirla con los ojos abiertos, consciente de sus trampas y de su belleza. Como Ainara, como Maite, como tantos otros que buscan sentido en un mundo que a menudo parece carecer de él.
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