La responsabilidad masculina ante el delito sexual: entre la indiferencia y el compromiso
La pregunta late con urgencia: ¿qué papel jugamos los hombres ante el delito sexual? No me refiero a los depredadores, a los que se deleitan en el abuso, sino a la mayoría silenciosa, a quienes jamás hemos cruzado esa línea, ni siquiera en nuestros pensamientos más oscuros. Sin embargo, como somos casi la mitad de la población, nuestra postura colectiva tiene un peso decisivo. Si una amplia mayoría milita por la dignidad y los derechos de la mujer, por la igualdad de género y de oportunidades, o se opone o se inhibe, decantamos el rumbo de la sociedad: hacia la erradicación de los abusos o hacia su perpetuación.
Nuestro desempeño global como varones no es glorioso. Las generaciones más adultas llegamos tarde al combate del feminismo, pero acabamos contribuyendo a su causa. Sin embargo, las emergentes presentan un panorama preocupante: crece la intolerancia machista entre los jóvenes, una resistencia que se explica por la sensación de pérdida de preeminencia ante el fulgurante ascenso de las mujeres. Pero esta reacción es execrable: la esclavitud nunca se justifica, ni siquiera la psicológica, digan lo que digan los enemigos de lo woke. Al contrario: viva lo woke, si ese concepto describe la defensa de los débiles, los vulnerables, los marginados, los desposeídos. Mejor ir contra la opresión que contra las oprimidas.
Tan repugnante como la resistencia a los derechos de la mujer —y en especial, a su intimidad— es la indiferencia. Cínica, la que se vehicula con astucia, a través de la equidistancia. Si hubo caso, es que ella lo propició. Si confusión, es que ella no aclaró su negativa. Si él se excitó, es que ella incitaba: la «minif skirt provocadora», ¿recuerdan la despreciable sentencia del juez leridano Rodrigo Pita en 1989? Inversión de roles: quien acosa es quien se defendía.
No hay equidistancia legítima entre lo correcto y lo incorrecto. No es imperativo que en un litigio todos sean igual de responsables, culpables, delincuentes. El agresor es el agresor. Y la víctima es la víctima.
Pero antes de que eso se consagre judicialmente, el presunto agresor tiene derecho a la presunción de inocencia hasta una condena en sentencia firme (artículo 24 de la Constitución). Pero eso no es pasaporte al abuso de poder del poderoso. La presunta víctima de delitos sexuales tiene derecho a que su declaración se considere prueba de cargo suficiente si resulta creíble, verosímil y persistente (sentencia TC 119/2019). Sea el macho alfa prepotente rojo o azul, artista o político, biólogo o veterinario. Ocurra el hecho incriminable en Móstoles o en la República Dominicana. Bravo, bravos colegas.
Los periodistas también solemos cojear de ecualización. Es muy cómodo situarse por encima de los protagonistas noticiosos. Nos regala pátina arbitral, independiente. Trastocamos la indispensable ecuanimidad (escuchar y tener en cuenta a todos) en imposible equidistancia (todos son malos/todos eran buenos). Es un óptimo truco para no tener que averiguar qué pasó, ni aquilatar quién hizo qué. Un buen recurso para la vagancia.
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