El terremoto político que podría sacudir Texas: ¿acabará la hegemonía republicana?
En las carreteras de Texas, las camisetas, las hebillas de cinturón y los adhesivos para parachoques proclaman con orgullo: «Don’t mess with Texas» (No te metas con Texas). Lo que comenzó como una campaña contra la basura se ha convertido en un grito de guerra cultural, un emblema de la identidad texana que insiste: este estado es único, independiente y, sobre todo, republicano.
Pero bajo esa superficie de certeza política, algo está cambiando. El segundo estado más grande de Estados Unidos, que ha votado consistentemente por candidatos republicanos durante décadas, podría estar al borde de un terremoto político que sacudiría los cimientos del poder conservador en América.
La racha rota: una victoria que resonó en Washington
A finales de enero, en un distrito donde Donald Trump había ganado por más de 17 puntos dos años antes, los demócratas lograron una victoria que dejó atónitos a los estrategas políticos de todo el país. El candidato republicano perdió por 14 puntos, una diferencia de más de 30 puntos a favor de los demócratas.
«Esto fue notable y altamente inusual», afirma Cal Jillson, autor de nueve libros sobre política estadounidense y texana y profesor de la Universidad Metodista del Sur en Dallas. «Hubo un cambio masivo de republicanos descontentos e independientes que votaron por el candidato demócrata».
Mark Jones, politólogo de la Universidad Rice de Houston, lo explica con términos sísmicos: «Una victoria demócrata en Texas en noviembre sería un acontecimiento que sacudiría la tierra, que señalaría un cambio masivo de poder político y significaría un gran paso hacia el control demócrata del Senado de Estados Unidos».
El escenario épico de la carrera al Senado más cara de la historia
Lo que se avecina en Texas no es simplemente otra elección senatorial. Es la carrera al Senado más salvaje del país, según la revista ‘Time’, y con un precio estimado de más de 300 millones de dólares, la más cara en la historia del estado.
El senador John Cornyn, que aspira a un quinto mandato consecutivo, se enfrenta a la campaña de reelección más dura de su carrera. En las primarias republicanas del 3 de marzo, se ve desafiado por el fiscal general Ken Paxton, un fanático del MAGA, y el representante estadounidense Wesley Hunt, otro ultraderechista.
Texas es uno de los pocos estados que exige que un candidato obtenga la mayoría de los votos en las primarias para pasar a las elecciones generales. Esto significa que un candidato debe obtener el 50% más un voto para ganar; de lo contrario, los dos candidatos más votados pasan a una segunda vuelta.
Las últimas encuestas de la Universidad de Houston sugieren que la carrera republicana podría desembocar en una segunda vuelta en mayo entre Paxton (38%) y Cornyn (31%). Un resultado así encantaría a los demócratas del estado, ya que el controvertido Paxton se considera un objetivo más fácil en las elecciones generales.
Trump, el fantasma que acecha la campaña
Mientras los principales senadores republicanos en Washington intentan un último esfuerzo para que Trump respalde a Cornyn y así mantener el escaño de Texas seguro en manos republicanas, el expresidente ha guardado un ominoso silencio.
«No espero que intervenga», dice Bill Miller, un consultor político con sede en Austin que ha trabajado tanto con republicanos como con demócratas. «Es muy cercano a Ken Paxton, y John Cornyn es un senador en ejercicio y ha profesado su amor por Trump ahora. Trump está consiguiendo el mejor de los mundos posibles».
El líder de la mayoría en el Senado, John Thune, suena la alarma sobre el impacto de que Trump se mantenga neutral: «Es una carrera muy difícil, y en la que va a ser mucho más caro mantener el escaño».
La encrucijada demócrata: fuego y fe
Los demócratas enfrentan su propia batalla interna, una elección entre dos estrellas en ascenso que representan estrategias opuestas para el futuro del partido en Texas.
Por un lado está la representante estadounidense Yasmine Crockett, una incendiaria de izquierdas que se ha hecho un nombre en Washington como una némesis de la administración Trump que no admite prisioneros. Por el otro está James Talarico, un moderado representante estatal de Texas y seminarista presbiteriano cuyo enfoque político basado en la fe le ha reportado el apoyo del mayor grupo latino, algo nada desdeñable en Texas.
«Los republicanos temen más a Talarico porque está más en sintonía cultural con el conservador estado», explica Jillson. «Crockett puede ser entretenida, pero sería la candidata más débil».
La historia está de su lado, pero ¿podrán aprovecharla?
Mientras que la posibilidad de que los demócratas se hicieran con el Senado, donde los republicanos tienen actualmente una mayoría de 53-47, no estaba en el radar de nadie hace sólo unos meses, el control demócrata de la Cámara de Representantes es ahora casi una conclusión inevitable.
Pero los demócratas todavía tienen que hacer muchos deberes y explicar a los votantes qué defiende exactamente su partido», advierte Jackson Janes, investigador residente del German Marshall Fund of the United States en Washington. «Si siguen haciendo que todo gire en torno a Trump, perderán en el 26 y perderán en el 28».
El riesgo de la redistribución: cuando la estrategia se vuelve en contra
Presintiendo una derrota electoral, Trump ha presionado a los republicanos en estados rojos sólidos para que redibujen las líneas de los distritos para crear distritos más proclives a los republicanos, y esa presión comenzó en Texas.
El resultado ha sido la creación de cinco distritos que se espera que cambien de demócratas a republicanos. Pero esto sólo provocó la reacción de California, donde los votantes aprobaron en referéndum una redistribución de distritos liderada por los demócratas que también supondría para el partido cinco posibles nuevos escaños.
Según los expertos, el riesgo evidente de esta manipulación partidista es que puede resultar contraproducente. La redistribución de distritos se basa en el supuesto de que el partido puede desplazar a un número suficiente de sus votantes para cambiar el resultado en un nuevo distrito sin poner en peligro sus posibilidades de ganar en el antiguo. Si las preferencias de los votantes cambian, como en el caso de las elecciones al Senado por el estado de Texas, la redistribución de distritos puede poner en juego sin querer un escaño que antes era sólido para cualquiera de los dos partidos.
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