En la antigua Corea, la muerte nunca fue simplemente un final, sino también un escenario donde las sociedades proyectaban poder y creencias. La tradición funeraria del sunjang convirtió las tumbas de la élite en espacios donde vivos y muertos se entrelazaban. Un nuevo estudio reconstruye ahora el perfil de las víctimas de aquellos sacrificios y la complejidad de su simbolismo.

El contexto de los rituales sunjang

Practicados entre el siglo I a. C. y mediados del VI d. C., los sacrificios sunjang consistían en enterrar al difunto principal acompañado de víctimas humanas. La práctica, documentada primero en Gaya y más tarde en Silla, fue oficialmente prohibida en el año 502, pero persistió en ciertos enterramientos.

Las excavaciones del complejo funerario de Imdang, en Gyeongsan, han permitido recuperar más de 250 esqueletos asociados a esta tradición. Entre ellos, 65 individuos fueron objeto de un análisis reciente que, por primera vez, pone el foco en quiénes fueron las víctimas y qué rol pudieron desempeñar dentro de la sociedad.

Cómo se identificaron las víctimas

Los arqueólogos distinguieron a los ocupantes principales de las víctimas a través de la arquitectura funeraria, la orientación de los cuerpos y los ajuares depositados. Mientras que las cámaras principales contenían coronas, armas ornamentadas y calzado dorado, las cámaras subsidiarias presentaban objetos más modestos o, en ocasiones, ningún ajuar.

Mediante análisis de ADN y estudios morfológicos de huesos y cráneos, los investigadores determinaron sexo, edad y estado de salud de los individuos. El resultado fue un retrato diverso, donde las víctimas no respondían a un único patrón social ni biológico.

Resultados que rompen estereotipos

De los 65 individuos analizados, 54 eran víctimas. Entre ellas, predominaban adolescentes y jóvenes, aunque también se hallaron niños menores de diez años. En cuanto al sexo, se observó una presencia más frecuente de mujeres en las cámaras principales y de hombres en las subsidiarias.

El número de víctimas parecía correlacionarse con la edad del difunto principal: cuanto mayor era este, más acompañantes se encontraban en su tumba. Los análisis de salud mostraron diferencias en la dieta y en el desgaste físico, aunque algunos sacrificados tenían ajuares comparables a los de la élite, lo que cuestiona la idea de que todos fueran de bajo estatus.

Un ritual con múltiples significados

Lejos de ser una práctica uniforme, el sunjang aparece como un ritual multifacético. Más que simples gestos de dominación, estos sacrificios pudieron simbolizar vínculos familiares, alianzas políticas o expresiones religiosas destinadas a perpetuar el prestigio del difunto en la otra vida.

Este hallazgo de mujeres junto al ocupante principal, la inclusión de adolescentes y la diversidad de ajuares revelan que la práctica obedecía a lógicas sociales más sofisticadas de lo que se pensaba. La arqueología y la antropología forense abren así una ventana única a un ritual que aún guarda secretos en la península de Corea.


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