La cruda realidad de un campo sin inmigrantes: cuando los robots no llegan a tiempo

Si alguien aún alberga dudas sobre el valor de los inmigrantes como fuerza de trabajo, basta con adentrarse en el campo para disiparlas de inmediato. Mientras en las ciudades observamos cómo la automatización avanza imparable, sustituyendo a los inmigrantes en tareas que parecían imprescindibles, en el mundo rural la historia es muy distinta.

En los entornos urbanos, los inmigrantes realizan trabajos que parecen cada vez más prescindibles: la limpieza ha sido invadida por electrodomésticos autómatas cada vez más sofisticados, algunos restaurantes ya utilizan autómatas enanos sobre ruedas para servir menús, y hace años que comenzamos a prescindir de porteros y vigilantes. Incluso en el cuidado de ancianos y niños, la automatización parece inevitable: Neo, un humanoide noruego-americano, ya ayuda en tareas domésticas, mientras que Airec, un humanoide japonés, es capaz de cambiar pañales. Estos prototipos, que en un par de años alcanzarán altos grados de autonomía, comenzarán a introducirse en los hogares, dejando sin empleo a miles de trabajadores.

Sin embargo, al salir del pueblo y adentrarse en el campo, la sensación es radicalmente diferente. Basta con recorrer las carreteras rurales para observar quién conduce la excavadora, quién recoge la fruta, quién cambia tuberías, pone ladrillos o repara las goteras. En el campo, la presencia de mano de obra inmigrante es mucho más patente y, lo que es más importante, mucho más difícil de robotizar a corto plazo por sus elevados costes.

«Es más probable que Airec llegue a tu casa a cambiar pañales que un robot autónomo a arreglarte las goteras o las bisagras», afirma un experto en tecnología rural. Y tiene toda la razón: mientras en la ciudad los robots avanzan imparables, en el campo la realidad es muy distinta.

La cadena de transmisión generacional de los oficios se truncó hace muchos años

En un pequeño pueblo de cien habitantes, la situación se vuelve aún más evidente. Conozco a casi todos los de la zona que conservan un oficio, y todos comparten las mismas quejas. Los autónomos que comenzaron hace más de treinta años con cuatro trabajadores ahora tienen uno o ninguno. La falta de mano de obra es palpable y no dan abasto para atender a los clientes. Casi todos, especialmente los del gremio de la construcción, están deseando jubilarse para no tener que lidiar más con las complicaciones burocráticas del autónomo y las dificultades de encontrar operarios capacitados.

Las esperas de tres meses para una reparación son habituales en gran parte de la Cataluña rural. En algunas especialidades, la demora es mucho mayor. La transmisión generacional del oficio se truncó hace ya mucho tiempo, cuando nuestros padres soñaban con que fuéramos los primeros universitarios de la familia y los autóctonos renunciamos a los trabajos físicamente exigentes. En suma: la escasez de operarios competentes es un hecho.

Pero lo que de verdad me aterra es que ni siquiera encontremos trabajadores incompetentes, de los que saben hacer «chapuzas para salir del paso». Y, bueno, eso es un drama para los enfermos, para los ancianos y para esa mayoría de inútiles que ni siquiera con un tutorial sabemos cambiar un grifo.

La realidad es que, mientras en las ciudades los inmigrantes son sustituidos por robots, en el campo son imprescindibles. Y no solo los competentes, sino también los incompetentes, porque al final, una chapuza mal hecha es mejor que nada cuando se trata de reparar una tubería que gotea o arreglar una puerta que no cierra.

La pregunta que nos hacemos es: ¿qué pasará cuando los inmigrantes que hoy realizan estos trabajos decidan irse? ¿Estaremos preparados para enfrentarnos a un campo sin mano de obra, donde ni siquiera los robots pueden llegar a tiempo?

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