«Desincronizados»: Por qué Hacer «Todo Bien» No Garantiza la Salud
Bilbao, 2023 — Mariana Aróstegui, bióloga especializada en nutrición y microbiota intestinal, ha identificado un patrón alarmante en su consulta: personas que siguen dietas saludables, mantienen rutinas de ejercicio y llevan estilos de vida supuestamente óptimos, pero que experimentan fatiga persistente, inflamación, alteraciones digestivas o desequilibrios hormonales que desafían toda lógica.
«Es el caso más frecuente que veo», explica Aróstegui. «Gente que hace ‘todo bien’ y, aun así, no se encuentra bien. Esa contradicción es la que me llevó a investigar más allá de lo evidente».
Tras años de investigación, Aróstegui sostiene que la salud no depende únicamente de lo que comemos o de cuánto nos movemos, sino de un sistema mucho más complejo donde el intestino y el estilo de vida actúan como ejes fundamentales. Su nuevo libro, Desincronizados (Larousse), explora todo aquello que no vemos pero que condiciona profundamente nuestro bienestar.
El Misterio del Peso que No Baja
«El cuerpo no funciona como una simple ecuación de calorías que entran y salen», afirma la bióloga. «Es un sistema mucho más complejo, regulado por hormonas que deciden cuándo ahorrar energía, cuándo gastarla y cómo hacerlo».
Aróstegui explica que cuando el organismo percibe una situación de amenaza —como una inflamación intestinal, una infección o un desequilibrio en la microbiota— puede activarse un «modo ahorro». En ese estado, el cuerpo bloquea el acceso a la grasa corporal, incluso aunque la persona esté comiendo poco.
«Además, hay factores cotidianos que influyen enormemente en este proceso: el estrés, la exposición a tóxicos o incluso la luz artificial. Todos ellos pueden elevar la glucosa en sangre y, con ella, la insulina. Cuando la insulina está alta, el cuerpo no puede utilizar la grasa como fuente de energía», detalla.
Por eso, según Aróstegui, hay personas que no adelgazan no porque lo hagan mal, sino porque su organismo está en estado de alerta constante.
Más Allá del Peso: Señales de Alerta Metabólica
La más evidente de estas señales es el cansancio crónico. «Muchas personas creen que estar cansadas forma parte de la vida adulta, pero esa sensación de agotamiento constante, de necesitar café para arrancar el día, es una señal clara de que algo no funciona bien», advierte.
También son frecuentes los problemas hormonales, especialmente en mujeres, donde cada vez se observan más alteraciones del ciclo menstrual. En hombres, por ejemplo, también se detecta un descenso progresivo de la testosterona.
A esto se suman los trastornos digestivos, los problemas de piel, los dolores de cabeza o la inflamación persistente. «En realidad, el abanico es muy amplio, porque cuando el metabolismo falla, lo hace de forma sistémica», explica Aróstegui.
El Café: ¿Aliado o Enemigo?
Sobre el consumo de café, la bióloga matiza: «Un buen café —de grano natural— puede ser beneficioso. Contiene polifenoles y compuestos con efecto antiinflamatorio. El problema surge con el exceso o con la dependencia».
El café estimula el estado de alerta y, si se consume en grandes cantidades o en momentos inadecuados, puede alterar el sueño. Y, al alterar el sueño, afecta indirectamente a la microbiota.
«Por tanto, más que el café en sí, el problema es el contexto en el que se consume», aclara.
Los Tóxicos Invisibles que Nos Rodean
«Vivimos en una época con una calidad de vida extraordinaria, pero también con una exposición constante a sustancias que antes no existían», advierte Aróstegui. El plástico, presente en prácticamente todo, actúa como disruptor endocrino. A esto se suma la exposición a pesticidas, cosméticos con compuestos químicos o metales pesados.
«Muchas de estas sustancias alteran directamente la microbiota, reducen la biodiversidad bacteriana y dañan la mucosa intestinal», explica. Además, existen compuestos conocidos como obesógenos, que interfieren en el metabolismo y favorecen la acumulación de grasa.
Medidas Prácticas para Reducir el Impacto
«No se trata de vivir con miedo, pero sí de tomar decisiones más conscientes», recomienda la bióloga. Entre las medidas que sugiere están:
- Optar por cosmética más natural
- Evitar plásticos en contacto con alimentos, especialmente con calor
- Elegir productos de limpieza menos agresivos
- Apostar por alimentos de proximidad y temporada
Pero tan importante como reducir la exposición es mejorar la capacidad del cuerpo para eliminar toxinas. «El organismo tiene sistemas de limpieza muy eficientes —como el hígado o la propia microbiota—, pero necesitan funcionar correctamente», explica.
El Sueño: El Gran Olvidado
«El sueño es el gran olvidado y, sin embargo, es el momento más importante del día», enfatiza Aróstegui. Durante la noche reparamos los daños acumulados: reducimos la inflamación, eliminamos toxinas y regeneramos tejidos.
«El problema es que somos el único animal diurno que ha decidido alargar artificialmente el día. La exposición constante a luz artificial reduce nuestras horas reales de descanso y, con el tiempo, eso tiene un impacto acumulativo», alerta.
Dormir mal de forma crónica implica reparar menos, eliminar menos residuos y vivir en un estado de mayor inflamación y oxidación. «Y eso, inevitablemente, aumenta el riesgo de enfermedad metabólica», concluye.
El Ayuno Intermitente y la Microbiota
«Más que hablar de ayuno, me gusta hablar de descanso digestivo», aclara Aróstegui. Durante la noche, cuando no comemos, el organismo aprovecha para reparar la barrera intestinal y reorganizar la microbiota.
«De hecho, es en ese momento cuando se producen procesos de ‘limpieza’ bacteriana que ayudan a mantener el equilibrio de la microbiota», explica. Respetar el descanso nocturno es algo que prácticamente todo el mundo puede hacer.
Sin embargo, los ayunos prolongados deben individualizarse. «No todas las personas están en condiciones de tolerarlos, especialmente si hay estrés, problemas nutricionales o una relación complicada con la comida», advierte.
La Conexión Intestino-Cerebro
«Hoy sabemos con certeza que existe una comunicación constante entre el intestino y el cerebro», afirma Aróstegui. No solo a través del nervio vago, sino también mediante sustancias que producen las bacterias intestinales y que circulan por el organismo.
«De hecho, algunas bacterias son capaces de producir compuestos que también genera el propio cuerpo humano, como el GABA, un neurotransmisor con efecto ansiolítico», revela.
Cuando la microbiota está alterada, es habitual encontrar mayor predisposición a la ansiedad, la tristeza o la fatiga. Y, a su vez, estos estados emocionales agravan el desequilibrio intestinal.
«Se crea así un círculo vicioso, una especie de efecto bola de nieve en el que la microbiota y el estado emocional se retroalimentan», concluye Aróstegui.
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