Ángela Murillo, pionera y leyenda de la Audiencia Nacional, fallece a los 74 años tras una carrera judicial marcada por el coraje y la polémica
Este viernes ha fallecido a los 74 años la magistrada Ángela Murillo, una figura emblemática de la justicia española que rompió barreras al convertirse en 1993 en la primera mujer en formar parte de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional. Su trayectoria de más de cuatro décadas en la judicatura estuvo marcada por su lucha incansable contra el terrorismo de ETA y su participación en algunos de los juicios más mediáticos y controvertidos de la historia reciente de España.
Nacida en Almendralejo (Badajoz) el 13 de septiembre de 1952, Murillo inició su carrera judicial en 1980 con tan solo 25 años en un juzgado de Lora del Río (Sevilla). Desde entonces, su camino estuvo ligado a los momentos más críticos de la historia contemporánea española, especialmente durante los años más violentos de la banda terrorista ETA, contra la que dedicó gran parte de su esfuerzo profesional.
Su labor contra el terrorismo quedó plasmada en el histórico juicio conocido como «18/98» o proceso EKIN, que comenzó el 21 de noviembre de 2005 y finalizó el 19 de diciembre de 2007 con la condena de 47 de los 56 procesados por integración o colaboración en banda terrorista. Este proceso no solo representó un golpe decisivo al aparato político, financiero, mediático e internacional de ETA, sino que también supuso un desgaste personal enorme para Murillo, que compaginó las sesiones del juicio con las visitas diarias al hospital donde su pareja se recuperaba de una grave operación quirúrgica y finalmente falleció.
Pero su carrera no se limitó al terrorismo. Murillo presidió juicios que marcaron época, como el «caso Nécora» contra el narcotráfico, apenas meses después de su llegada a la Audiencia; los procesos contra la célula de Al Qaeda en España; el juicio al líder de EH-Bildu Arnaldo Otegi en el «caso Bateragune»; y más recientemente, los sonados casos de las «tarjetas black» de Caja Madrid y la salida a bolsa de Bankia. También tuvo que enfrentarse al excomisario José Villarejo en varios procedimientos.
Su carácter directo y su espontaneidad la convirtieron en una figura admirada y criticada a partes iguales. La frase que la inmortalizó, «A mí como si bebe vino», pronunciada en 2010 durante el juicio del «caso Bateragune» cuando la abogada de Otegi, Ione Goirizelaia, preguntó si su cliente podía beber agua, le costó a España una condena del Tribunal Europeo de Derechos Humanos por no garantizar un juicio imparcial. A pesar de las críticas, Murillo mantuvo siempre una buena relación con Otegi, como demuestra el libro «El factor humano» de John Carlin sobre Nelson Mandela que el líder abertzale le regaló con una emotiva dedicatoria, que ella atesoraba en su despacho.
Su estilo campechano y su gracejo extremeño creaban un ambiente relajado en la sala, incluso cuando tenía que llamar al orden a acusados o abogados, para lo que solía utilizar una fina ironía. Al jubilarse en septiembre de 2024, Murillo aseguró sentirse satisfecha por haber hecho siempre «lo que le dio la gana» y presumió de no haber recibido nunca presiones de ningún tipo: «Y que se les hubiera ocurrido…», bromeaba.
Su legado es el de una mujer que abrió caminos en un mundo dominado por hombres, que se enfrentó al terrorismo con determinación y que dejó una huella imborrable en la justicia española con su carácter único y su compromiso inquebrantable con el Estado de derecho.
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