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EL ARTE DE ODIA Y AMAR: POR QUÉ LA POLÍTICA NO ES UN RETIRO ESPIRITUAL
Por Javier Ortega – Catedrático de Filosofía Política en la Universidad Autónoma
¿Te ha pasado alguna vez? Estás en una conversación política, todo parece ir bien, y de repente tu interlocutor empieza a hablar de «energías mentales», «discursos de odio» y cómo «el amor lo puede todo». Entonces sabes que has perdido el debate antes de empezar. No porque sus argumentos sean irrefutables, sino porque está hablando desde un universo paralelo donde la política es un ejercicio de autoayuda y las emociones son emojis.
El fenómeno es tan recurrente que he desarrollado un detector infalible: si alguien habla del odio como categoría de análisis político, no te lo folles. Lo siento, pero es así. Es como encontrar a alguien que confunde el comunismo con un retiro de yoga. No es que esté equivocado; es que vive en otra dimensión.
I. EL ERROR FUNDAMENTAL: EMOCIONES VS. POLÍTICA
Desde que Darwin publicara en 1872 «La expresión de las emociones en el hombre y los animales», sabemos que las emociones son complejos sistemas de respuesta corporal que preparan a los individuos para manejarse en el mundo. No existen emociones «buenas» o «malas»; existen emociones necesarias.
«Hay un tiempo para amar y un tiempo para odiar, un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz, un tiempo para reír y un tiempo para llorar», cantaba Pete Seeger. Y todo eso requiere emociones: esperanza, miedo, odio, ira, asco, amor, sorpresa… No hay emociones buenas ni malas. Estaríamos muertos si nos faltara alguna de ellas.
II. LA POLÍTICA NO ES UN RETIRO ESPIRITUAL
Reducir las emociones a la mera sensación agradable o desagradable que nos producen es propio de niños que aún no han aprendido que, nos gusten o no nos gusten, hay que comerse las espinacas porque alimentan.
No existe el odio, sino el «odio a…». No existe el amor ni el miedo, sino el «amor a…» y el «miedo de…». Y lo que hará que el odio, el amor o el miedo sean deseables o indeseables no es la emoción en sí, sino el hecho al que se refieren.
«La ira es virtuosa», dice Aristóteles en su «Ética a Nicómaco», según cómo y a quién se dirija. ¿»All you need is love»? Pues depende de lo que ames, colega. Porque si lo que amas es la pederastia…
III. EL PARADOJA DEL ODIO AL ODIO
Y aquí llegamos al meollo del asunto. ¿Odiar el odio es también odio? ¿Computa como odio en HODIO odiar el odio? ¿Y odiar el odio hacia el odio? ¿Y odiar el odio hacia el odio hacia el odio hacia el odio ad infinitum?
No sé si me explico. ¿Al odio hay que odiarlo con todas las fuerzas? ¿O es mejor, bueno, rechazar el odio de una forma amable y suave?
Porque si odiar al odio fuera amar, entonces amar sería una forma de odio. Pero si odiar al odio fuera odiar, entonces no habría que odiar al odio, sino amarlo. Pero amar al odio es odiar. Luego, odiar es una forma de amar. Luego, hay que odiar. Luego, no hay que odiar. Luego, hay que amar. Luego, no hay que amar. Luego, hay que amar el odio y odiar el amor.
IV. EL PROBLEMA DE LOS «PROGRES» EMOCIONALES
Personalmente, me siento muy orgulloso de mi capacidad de amar la exposición de Maruja Mallo en el Reina Sofía y mi capacidad de odiar el racismo. Pero vete tú a explicarle esto a un progre, pasmado en su experiencia hedónica infantil, aplastado contra sus sentimientos como una mosca contra un parabrisas, como un dirigente del PSOE contra un argumentario.
El problema no es que estas personas sean malas o buenas. El problema es que han confundido la política con la terapia emocional. Creen que el mundo se arregla con buenas intenciones y que si todos meditáramos lo suficiente, los problemas desaparecerían.
V. POR QUÉ ESTO IMPORTA
Vivimos en una época donde la complejidad se reduce a eslóganes sentimentales. Donde el debate político se ha convertido en un concurso de quién parece más «buena persona». Donde criticar una idea se confunde con atacar a la persona que la sostiene.
La política no es un concurso de simpatía. La política es el arte de gestionar conflictos de intereses en sociedades plurales. Y para eso se necesitan emociones complejas, no simplificaciones edulcoradas.
VI. LA SOLUCIÓN: VOLVER A LA POLÍTICA ADULTA
Necesitamos recuperar una política adulta, que entienda que las emociones son herramientas, no fines en sí mismas. Que distinga entre sentir y pensar. Que sepa que el odio puede ser virtuoso cuando se dirige contra la injusticia, y que el amor puede ser destructivo cuando se dirige hacia lo que nos daña.
Porque al final, como decía Aristóteles: «Enfadarse es sencillo. Lo difícil es enfadarse con la persona adecuada, con la intensidad exacta y en el momento oportuno».
Y eso, amigos, es política. No es amor. No es odio. Es inteligencia emocional aplicada al interés colectivo.
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