Pollitos recién nacidos revelan que el lenguaje humano podría tener raíces más antiguas de lo que creíamos
Un estudio publicado en la revista Science ha demostrado que pollitos domésticos recién nacidos exhiben el llamado efecto Bouba-Kiki, un fenómeno psicológico que vincula sonidos con formas visuales de manera sistemática. Este hallazgo sugiere que las bases del lenguaje humano podrían estar más profundamente arraigadas en la biología de lo que se pensaba.
¿Qué es el efecto Bouba-Kiki?
El efecto Bouba-Kiki es un ejemplo clásico de simbolismo sonoro: la tendencia a asociar ciertos sonidos con propiedades perceptivas específicas. Cuando se presentan dos figuras —una redondeada y otra puntiaguda— y se les pide asignar los nombres inventados «bouba» y «kiki», la mayoría de las personas vincula «bouba» con la forma redonda y «kiki» con la angular. Este patrón se repite en distintas culturas y sistemas de escritura, lo que sugiere que no es puramente cultural.
El experimento con pollitos
Investigadores de la Universidad de Padua decidieron estudiar este fenómeno en pollitos domésticos (Gallus gallus) por una razón clave: son animales precociales, es decir, nacen con un desarrollo sensorial y motor avanzado, lo que permite evaluarlos en etapas muy tempranas de la vida. A diferencia de los bebés humanos, cuya experiencia previa es imposible de controlar, los pollitos pueden criarse en condiciones estrictamente supervisadas desde el momento de la eclosión.
El diseño experimental tuvo dos fases:
- Entrenamiento: Los pollitos aprendieron a rodear un panel para obtener una recompensa alimentaria. Ese panel mostraba una figura ambigua con bordes tanto redondeados como puntiagudos.
- Prueba: Se les presentaban dos paneles nuevos: uno con una forma claramente redonda y otro con una forma claramente puntiaguda. Al mismo tiempo, se reproducía repetidamente uno de los dos sonidos inventados: «Bouba» o «Kiki».
Resultados sorprendentes
Los datos revelaron que los pollitos prefirieron el panel con la forma puntiaguda al oír el sonido «Kiki», y el de la forma redonda al oír el sonido «Bouba». Es decir, los animales mostraron la misma pauta de asociación que se observa en humanos adultos y en bebés.
El análisis estadístico confirmó que la variable determinante era el sonido de fondo, y no el sexo del animal, la posición de los estímulos o el número de ensayo. Esto indica que la elección de la forma no fue aleatoria ni fruto de un sesgo lateral.
Lo más significativo es que estos pollitos eran ingenuos respecto a las asociaciones sonido-forma. Nunca habían experimentado ese emparejamiento antes de la prueba. Aun así, mostraron una tendencia sistemática a vincular sonidos y contornos de manera congruente.
Implicaciones evolutivas
Si aves y humanos —separados por más de 300 millones de de años de evolución— comparten esta tendencia, podría tratarse de un principio organizativo antiguo del cerebro. Los autores sostienen que la evidencia directa en un modelo animal sugiere que el simbolismo sonoro «puede pertenecer a un conjunto de asociaciones predispuestas incorporadas en diferentes especies».
Desde una perspectiva evolutiva, esta predisposición podría facilitar la interacción con el entorno. Muchas asociaciones entre estímulos reflejan regularidades naturales: animales pequeños emiten sonidos más agudos que los grandes, por ejemplo. Detectar este tipo de patrones ayuda a hacer predicciones rápidas y adaptativas. En humanos, esa base podría haber servido como andamiaje para el desarrollo del vocabulario.
Más allá del lenguaje humano
Los autores concluyen que sus resultados «allanan el camino hacia una descripción clara y unívoca del fenómeno del simbolismo sonoro abordando tanto su ontogenia como su filogenia al mismo tiempo». La ontogenia se refiere al desarrollo individual; la filogenia, a la historia evolutiva. Estudiar ambas dimensiones a la vez permite situar el fenómeno en un marco más amplio.
La investigación no cierra el debate, pero sí desplaza el foco. Si el efecto Bouba-Kiki no depende exclusivamente de la cultura ni del aprendizaje lingüístico, entonces parte de lo que consideramos característicamente humano podría apoyarse en mecanismos perceptivos compartidos con otras especies.
En ese sentido, los pollitos no están «hablando». Lo que muestran es que el cerebro, incluso en animales muy jóvenes y sin experiencia lingüística, puede estar estructurado de manera que ciertos sonidos encajen mejor con ciertas formas. Y eso obliga a replantear dónde empieza realmente el territorio del lenguaje.
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