El misterio de los cristales que obsesionaron a nuestros ancestros y que hoy fascinan a los chimpancés
¿Qué lleva a un ser vivo a recolectar un objeto que no puede comer, que no sirve para cazar y que no cumple ninguna función práctica aparente? Durante cientos de miles de años, nuestros antepasados homínidos recolectaron cristales de cuarzo. Los arqueólogos los han encontrado en yacimientos de hace 780.000 años asociados a restos de Homo, pero con una particularidad desconcertante: no muestran signos de haber sido usados como herramientas, armas o incluso adornos. Eran, para aquellos humanos primitivos, un «tesoro inútil».
Para resolver este enigma antropológico, un equipo liderado por el Prof. Juan Manuel García-Ruiz, autoridad mundial en cristalografía e investigador del Donostia International Physics Center (DIPC), ha recurrido a nuestros parientes genéticos más cercanos: los chimpancés. En una investigación publicada en la revista Frontiers in Psychology, los científicos realizaron experimentos con primates de la Fundación Chimpatía, en España, una entidad dedicada al rescate y rehabilitación de grandes simios. Los resultados sugieren que la atracción por la transparencia y la geometría de los cristales es una «Piedra Rosetta» cognitiva que explica el origen de la estética humana.
Lo que García-Ruiz y su equipo han descubierto es que los chimpancés no solo distinguen los cristales de las rocas comunes, sino que desarrollan una fijación casi natural hacia ellos. Al observar a individuos como Sandy o Yvan interactuar con estas piedras, la ciencia ha logrado trazar un puente de seis millones de años para entender por qué los poliedros naturales —los únicos objetos con caras planas y líneas rectas en un mundo de curvas orgánicas— atraparon la mente de nuestros ancestros mucho antes de que aprendieran a fabricar su primera lanza.
El experimento del «Monolito»: curiosidad frente a pragmatismo
El primer desafío diseñado por el equipo del DIPC fue directo: colocaron sobre una plataforma un cristal de gran tamaño (el monolito) junto a una piedra ordinaria de dimensiones similares. Al principio, ambos objetos despertaron el interés de los dos grupos de chimpancés analizados, pero la duda duró poco. El cristal se convirtió rápidamente en el objeto de deseo, mientras que la roca común fue ignorada por completo.
La conducta observada en simios como Yvan o Guillermo fue asombrosamente humana. Inspeccionaban el cristal rotándolo e inclinándolo para buscar ángulos específicos de luz. Yvan, de hecho, decidió llevarse el cristal a sus dormitorios, tratándolo como una posesión valiosa. El interés fue máximo al inicio y decayó gradualmente con el tiempo, un patrón idéntico al que mostramos los humanos ante la novedad de un objeto. Tan alta era la valoración que daban a la piedra que, cuando los cuidadores intentaron recuperarla, tuvieron que negociar un intercambio por sus snacks favoritos: plátanos y yogur.
«Quijotes» y «Sanchos» en la selva de cristal
La investigación también reveló diferencias individuales en la fascinación estética. Según García-Ruiz, entre los chimpancés existen «Don Quijotes y Sanchos»: idealistas atraídos por la transparencia y pragmáticos interesados en si el objeto es comestible o huele a algo conocido. Esta diversidad de personalidades refuerza la idea de que la sensibilidad hacia ciertos objetos tiene raíces evolutivas profundas.
En un segundo experimento, se retó a los primates a identificar pequeños cristales de cuarzo mezclados entre veinte guijarros comunes. Los chimpancés tardaron apenas unos segundos en encontrarlos. Incluso cuando se añadieron cristales de pirita y calcita —con formas y brillos distintos—, Sandy fue capaz de separarlos de las piedras normales sobre una plataforma de madera. Lo más revelador fue ver cómo los escondían en sus bocas para que otros no se los quitaran, un comportamiento de ocultación que los investigadores vinculan con la asignación de un valor especial al objeto.
El origen de la estética: líneas rectas en un mundo de curvas
¿Por qué estas piedras y no otras? Para nuestros ancestros, el mundo natural era una sucesión de curvas y ramificaciones: nubes, árboles, montañas y ríos. En ese entorno, los cristales representaban una anomalía geométrica absoluta: eran los únicos poliedros naturales con caras planas y aristas rectas. El cerebro de los primeros homínidos pudo verse atraído por estos patrones que rompían la norma visual de su entorno.
El equipo del DIPC subraya que la transparencia y la forma son las propiedades «seductoras» que capturaron la atención de los homínidos hace 800.000 años y que hoy siguen fascinándonos en las joyerías o los museos. Al observar que chimpancés aculturados (en contacto con humanos) poseen esta capacidad, los científicos sugieren que la semilla de la cosmovisión y la estética ha estado en nuestras mentes durante al menos seis millones de años. Pero la biología tiene un límite que la tecnología aún no ha considerado, y es la influencia de la cautividad en estos resultados; por ello, el equipo ya planea repetir estas pruebas con simios en libertad para confirmar si esta «fiebre del cristal» es una pulsión biológica pura o si requiere cierto desarrollo cognitivo social.
Referencias
- Chimps’ love for crystals could help us understand our own ancestors’ fascination with these stones. Elhuyar Fundazioa, febrero 2026.
- García-Ruiz, J. M., et al. (2026). On the origin of our fascination with crystals. Frontiers in Psychology.
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