El Milagro de San Valentín: Cuando la Política Aprende a Amar (o al Menos a Convivir)
En un día como hoy, cuando las calles se tiñen de rojo y los corazones inundan escaparates, resulta tentador soñar con un tipo diferente de amor: el que podría florecer entre dos fuerzas políticas que, durante décadas, han preferido el enfrentamiento al entendimiento. Porque si hay algo que esta jornada nos recuerda, es que el amor —en todas sus formas— sigue siendo la fuerza más revolucionaria de todas.
Un amor imposible… ¿o no tanto?
Imaginemos por un momento un país distinto. Un país donde el PSOE, en lugar de aferrarse al poder regional en Extremadura, decida dar un paso al costado y abstenerse para permitir que el PP gobierne sin necesidad de recurrir a Vox. Un gesto que, lejos de ser una capitulación, sería un acto de responsabilidad democrática: cerrar la puerta de par en par a la ultraderecha, a la xenofobia, a la homofobia y a todas esas fobias que, tristemente, se han vuelto populares en los últimos años.
¿La prueba? Una promesa solemne: nunca más se prohibirá a Buzz Lightyear en los pueblos de España. Porque si algo nos ha enseñado la historia reciente es que la política puede llegar a ser tan mezquina que incluso se mete con los personajes de Pixar.
El pasado que nos pesa (y que deberíamos dejar atrás)
Pero para que este amor improbable funcione, ambos tendrían que dejar atrás comportamientos que hoy nos avergüenzan. Un ministro del PSOE no debería culpar a un presidente fallecido del desastre electoral de su compañera candidata. El PP no debería arropar a un alcalde acusado de acoso sexual, sino a la víctima. Y desde luego, nadie debería conceder medallas al país de Trump, como si eso fuera motivo de orgullo.
Sé que todo esto suena a carta a los Reyes Magos fuera de temporada, a una versión actualizada de Ebenezer Scrooge cuando, tras ver su futuro desastroso, decide cambiar. Pero no soy tan ilusa: en el Parlamento andaluz hemos sido testigos esta semana de algo que podría llamarse «la mano tendida entre un PP y un PSOE respetuosos». Lo llamaremos, modestamente, el milagro de San Valentín.
El espejo americano: una advertencia que no podemos ignorar
Si alguien pudiera mostrarnos el futuro como ese espíritu lo hizo con Scrooge, PSOE y PP se apuntarían hoy mismo a este sueño. Pero no necesitamos visiones sobrenaturales: el futuro ya es presente en Estados Unidos, y lo vemos con precisión quirúrgica.
Allí, manifestantes son asesinados en las calles. Niños son encarcelados. Trabajadores hispanos son atrapados en redadas masivas. Libros son censurados. Redacciones son esquilmadas y periodistas insultados. Incluso Gallup, que mide la aprobación presidencial desde hace 88 años, ha decidido dejar de hacerlo cuando Trump registra los peores números de su segundo mandato.
Eso no es política. Eso es la antesala del fascismo. Y es exactamente lo que nos espera si seguimos permitiendo que el odio se convierta en moneda de cambio.
El amor como arma definitiva
Por desgracia, los poderes de San Valentín no llegarán muy lejos. El santo sabe que se enfrenta a un tiempo en el que avanzan más los que más odian. Pero también sabe que crece el hartazgo, el hastío ante un mundo siempre enfadado.
Nos lo ha dicho Bad Bunny estos días: «La única cosa más fuerte que el odio es el amor». Pues eso: viva el milagro de San Valentín. Entiéndanme. Y entiéndanse.
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