Decenas de miles rezan en la mezquita de Al Aqsa, en Jerusalén, bajo fuerte seguridad israelí al inicio del Ramadán, mientras familias en Gaza celebran el mes sagrado entre escombros y una ayuda escasa

Jerusalén, 11 de marzo de 2024 – El primer viernes de Ramadán congregó a decenas de miles de fieles musulmanes en la explanada de la mezquita de Al Aqsa, en Jerusalén Este, en una jornada marcada por la devoción espiritual y un fuerte dispositivo de seguridad israelí. La ciudad vieja de Jerusalén se vio colmada de peregrinos que llegaron desde distintos puntos de Cisjordania, Israel y territorios ocupados, para participar en las plegarias del mediodía, consideradas las más concurridas del año.

Desde tempranas horas de la mañana, las calles adyacentes a la Ciudad Vieja se vieron saturadas de fieles, muchos de ellos portando alfombras de oración y portando banderas palestinas. Las autoridades israelíes desplegaron un importante operativo de seguridad, con cientos de policías y agentes fronterizos controlando accesos y revisando identificaciones. Según fuentes oficiales, se permitió el ingreso a Al Aqsa solo a hombres mayores de 40 años y mujeres de todas las edades residentes en Jerusalén, mientras que se restringió el acceso a varones más jóvenes de otras zonas, una medida habitual en días de alta tensión.

A pesar de las restricciones, la multitud logró reunirse en la explanada, rezando en grupo y escuchando los sermones del imán principal. El ambiente, aunque tenso por la presencia policial, se mantuvo en calma, con momentos de recogimiento espiritual. Sin embargo, activistas y organizaciones palestinas denunciaron que el operativo militarizado empañó la celebración, acusando a Israel de politizar un mes sagrado para los musulmanes.

Mientras Jerusalén vivía una jornada de fe y contención, en la Franja de Gaza la realidad era completamente distinta. Más de cinco meses después del inicio de la guerra entre Israel y Hamás, miles de familias palestinas intentan celebrar el Ramadán en medio de la devastación. Barrios enteros han sido reducidos a escombros, las infraestructuras básicas están colapsadas y la ayuda humanitaria llega en cantidades insuficientes.

En campos de desplazados improvisados en Rafah y Jan Yunis, carpas de plástico y lonas se apiñan sobre la arena. Familias que perdieron sus hogares comparten comidas frugales, muchas veces solo pan y latas de conserva donadas por agencias internacionales. El tradicional iftar, la cena con la que los musulmanes rompen el ayuno al atardecer, se ha transformado en un acto de supervivencia más que de celebración.

«Antes el Ramadán era alegría, familia, comida abundante y rezos en mezquita. Hoy es pasar frío en una carpa, preocuparse por dónde vendrá la próxima comida y temer por la seguridad de los niños», declaró Ahmed Abu Saleh, padre de cuatro hijos refugiado en Rafah. «Ni siquiera podemos pensar en comprar dátiles o dulces; solo queremos electricidad para cargar el teléfono y saber si nuestros seres queridos están vivos».

La ONU y organizaciones humanitarias han alertado sobre la grave escasez de alimentos, agua potable y medicinas en Gaza. Según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), más del 80% de la población depende totalmente de la ayuda externa, y muchas zonas siguen siendo inaccesibles para los convoyes de asistencia por los combates y las restricciones israelíes.

El inicio del Ramadán ha reavivado los temores a un aumento de la violencia. En años anteriores, la mezcla de fervor religioso, disputas por el acceso a Al Aqsa y el contexto político tenso desencadenó enfrentamientos. Este año, con la guerra en Gaza aún activa y sin visos de tregua duradera, la comunidad internacional sigue de cerca los acontecimientos.

Mientras en Jerusalén la seguridad extrema no impidió que la fe se manifestara masivamente, en Gaza la tragedia humanitaria opaca cualquier celebración. Dos caras de un mismo conflicto, unidas por el inicio del mes más sagrado para el islam, pero separadas por la desigualdad, la violencia y el desamparo.


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