Queralt Castellet se queda sin diploma en su sexta final olímpica: «Estoy enfadada, no he sido capaz de planchar ninguna ronda»

Livigno (Italia) – Tres grados bajo cero con sensación térmica de -7º. El halfpipe de Livigno no estaba para regalos. Ni siquiera para Chloe Kim, la reina indiscutible de la disciplina, que terminó la competición siendo destronada por una adolescente de 17 años. En ese escenario inhóspito, donde la nieve se convirtió en un enemigo más que en un aliado, Queralt Castellet vivió su sexta y probablemente última final olímpica con un sabor agridulce que la dejó «enfadada por dentro».

«Estoy enfadada», dice sin alzar la voz, pero se le nota en el gesto. En su quinta final olímpica (contando los Juegos de Turín 2006 donde compitió pero no llegó a la final), las cosas no rodaron como estaba previsto. «Venía con una ronda bastante competitiva, pero notaba dificultades. Estaba recepcionando todos los trucos muy arriba. En la primera y la segunda ronda se ha visto que me caía en el coping (borde del tubo) y eso quita mucha confianza porque es lo que más miedo da, que no estás dentro del tubo y te vas fuera. No he sido capaz de planchar ninguna de las tres rondas».

Una batalla contra el halfpipe y contra el tiempo

Una hora antes, la rider de Sabadell, estilo ‘Goofy’ (pie derecho por delante), se enfrentaba al tubo de 198 metros entre paredes de 7,2 metros y un porcentaje del 81%. Son sus sextos Juegos Olímpicos. Es la vigente plata olímpica. Es una institución viva del snowboard español. Antes de que las 12 competidoras bajaran, sonaba la música a todo trapo. Hace frío intenso. Nieva y eso hace que aún se resbale más. En la caída del segundo truco, cae al suelo. Aún tendrá dos oportunidades más.

La siguiente, Gaon Choi, la coreana de 17 años, una de las cuatro finalistas que no habían nacido cuando Queralt debutó con 16 años en Turín 2006, se dio un golpe severo. Nadie sospechaba cuál sería su final. En ese instante ya habían bajado más de la mitad y solo dos habían completado el ejercicio. Estaba tan impracticable, que hasta que no apareció Chloe, mandaba Mitsuki Ono, a priori la más floja de las cuatro japonesas con 85 puntos. Le valdría el bronce al final. Pero bajó la reina, planchó tres vueltas completas y un doble giro en el aire, entre otras exquisiteces, y se puso primera con 88. Solo cinco habían completado el primer ejercicio.

La ansiedad de la última oportunidad

Queralt volvió a la carga. Con 4,75 había cerrado la clasificación. Emite ansiedad. Ganas de demostrar que frente a los helicópteros asiáticos, de Corea, Japón, China y de Estados Unidos, con ascendencia de ese continente, ella tiene algo que decir. La española no controla la tabla. No cae, pero no es un movimiento fluido. Recibe una pobre puntuación de 24 puntos. Solo sube tres posiciones a costa de la tocada Choi, que renuncia al turno, y las inseguras Mallon y Shimizu, 16 años, que se vuelven a caer. Solo tres participantes han evitado el suelo a falta de la manga final. En el recuento definitivo, hubo 36 bajadas, 19 no terminaron bien.

La española no se quiere ir de Livigno con las manos vacías. Son condiciones extremas. El podio es una quimera. De las cinco que han bajado en esa manga, cuatro no han completado el ejercicio. Queralt ejecuta bien los giros y el último, el de más dificultad, no plancha y da con los glúteos en el suelo, aunque por la velocidad consigue levantarse. Fin al sueño. Gloria eterna a una deportista fabulosa. «Voy año a año. Yo quiero seguir divirtiéndome», argumenta. Detrás llega la dolorida Choi y lo borda: 90.25. Oro provisional. Exige un plus a Chloe, pero la estadounidense también es humana. Gana una chica de 17 años. «Vienen muy fuerte y estoy orgullosa de estar aquí con ella», dice la catalana, a la que dobla de sobra en edad con 36 años.

El legado de una leyenda viva

Queralt Castellet se va de estos Juegos sin diploma, un castigo severo para alguien que ha sido plata en Pekín 2022 y que ha marcado una época en el snowboard mundial. Pero su legado va mucho más allá de medallas y diplomas. Es la deportista española con más finales olímpicas en la historia de los Juegos de Invierno. Es un ejemplo de constancia, de superación y de amor por un deporte que le ha dado todo y al que ella ha entregado su vida.

A sus 36 años, Queralt sigue compitiendo al más alto nivel contra rivales que podrían ser sus hijas. Su técnica, su experiencia y su capacidad para adaptarse a condiciones extremas la convierten en una deportista única. Y aunque hoy no haya sido su día, su presencia en la final olímpica ya es un triunfo personal.

«El snowboarding no es solo un deporte, es una forma de vida», dice Queralt, y en sus palabras se resume la filosofía de una generación de riders que han llevado este deporte a cotas insospechadas. En Livigno, bajo tres grados bajo cero y con sensación térmica de -7º, Queralt Castellet escribió otro capítulo de su historia olímpica. Quizás no el que soñaba, pero sí uno que demuestra por qué es una leyenda viva del snowboard mundial.


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