¿Quién defenderá a Europa? El desafío existencial de la UE frente a Rusia y una América imprevisible
La invasión rusa de Ucrania no solo ha reescrito las reglas de la geopolítica europea, sino que ha expuesto una vulnerabilidad estructural que durante décadas permaneció oculta bajo el paraguas de seguridad estadounidense: Europa no está preparada para defenderse por sí misma.
Desde la anexión de Crimea en 2014 hasta la invasión a gran escada de Ucrania en febrero de 2022, la agresión rusa ha seguido un patrón calculado de expansión territorial que desafía los cimientos mismos del orden de seguridad europeo. Pero este desafío se produce en un contexto geopolítico sin precedentes: un Estados Unidos cuyo liderazgo actual se caracteriza por decisiones erráticas y una política exterior marcada por el unilateralismo.
La politóloga alemana Jana Puglierin, directora del European Council on Foreign Relations, aborda esta encrucijada existencial en su ensayo «¿Quién defiende a Europa?» (Rowohlt), ofreciendo un análisis sobrio y realista de las amenazas que enfrenta el continente.
Las ambiciones imperiales de Moscú
Puglierin identifica tres objetivos estratégicos claros en la política exterior rusa. Primero, el control imperial sobre Ucrania, entendido no como un fin en sí mismo sino como un medio para alcanzar ambiciones más amplias. Segundo, un cambio fundamental en el orden de seguridad europeo que reduzca la influencia occidental en el continente. Tercero, el establecimiento de Rusia como una potencia global con aspiraciones que a menudo se ocultan tras un discurso atractivo sobre multipolaridad y soberanía.
Estas intenciones, según la analista, han sido «perceptibles durante muchos años». Un experto ruso le explicó que para Moscú, el control sobre Ucrania es principalmente instrumental: una pieza clave en un tablero estratégico mucho más amplio.
La paradoja de la superioridad numérica
A primera vista, Europa parece tener ventajas considerables sobre Rusia en términos militares convencionales. La UE y sus aliados disponen de una superioridad numérica significativa en personal, equipamiento y recursos económicos. Sin embargo, esta ventaja es engañosa.
Estados Unidos, a pesar de su actual liderazgo errático, sigue siendo la columna vertebral organizativa y militar de la OTAN. La integración de las fuerzas europeas, con sus múltiples sistemas y asimetrías, no puede reducirse a una simple suma aritmética como sí ocurre con las fuerzas rusas. Además, las tropas europeas carecen de experiencia reciente en combate a gran escala.
Incluso el gasto en defensa, medido en paridad de poder adquisitivo, sorprendentemente favorece a Rusia cuando se considera la eficiencia con la que Moscú moviliza sus recursos limitados.
La amenaza de oportunidad
Hasta ahora, Rusia ha recurrido principalmente a tácticas híbridas: ciberataques, desinformación, apoyo a movimientos separatistas y operaciones encubiertas. Pero Puglierin plantea una pregunta inquietante: ¿qué sucedería si Vladimir Putin percibiera una oportunidad similar a la que tuvo antes de invadir Ucrania, cuando erróneamente asumió que no encontraría resistencia seria?
Este escenario, que antes parecía improbable, ahora debe considerarse plausible. La credibilidad de la disuasión de la OTAN se ha visto gravemente dañada por el comportamiento imprevisible de la administración estadounidense actual. La idea de que Washington podría desentenderse de sus compromisos con Europa, antes impensable, ahora forma parte del cálculo estratégico de Moscú.
La estrategia dual necesaria
Puglierin propone una estrategia dual que reconoce tanto las limitaciones como las necesidades de Europa. Por un lado, es crucial mantener la presencia estadounidense en el continente, no solo por las capacidades militares que aporta, sino por el valor simbólico y estratégico de compartir el riesgo, especialmente en lo que respecta a la disuasión nuclear.
Por otro lado, Europa debe desarrollar urgentemente sus propias capacidades militares. La solidaridad interna europea se vuelve esencial: sin una coordinación estrecha y un compromiso compartido, incluso un pequeño ataque ruso podría desmantelar todo el sistema de defensa europeo.
El desafío de la acción colectiva
El análisis de Puglierin llega en un momento crítico. Bruselas enfrenta el desafío de traducir estas ideas a la realidad política de los 27 Estados miembros, cada uno con sus propios intereses, limitaciones presupuestarias y tradiciones de política de defensa.
La autora advierte contra la complacencia. Tanto Trump como Putin son mortales, pero esperar pasivamente su eventual desaparición es una estrategia suicida. Como saben bien los españoles, aguardar durante décadas la muerte del tirano solo conduce a la melancolía y la vulnerabilidad.
El reloj avanza
Europa se encuentra en un momento decisivo. La ventana de oportunidad para construir una defensa creíble y autónoma se está cerrando rápidamente. Cada año de inacción aumenta la asimetría de poder y reduce las opciones estratégicas del continente.
La pregunta «¿Quién defiende a Europa?» no es retórica. Es un desafío existencial que requiere respuestas concretas, inversiones significativas y, sobre todo, una voluntad política colectiva que hasta ahora ha brillado por su ausencia.
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