El tamaño y el hábitat definen el alcance de las llamadas animales: un estudio revela patrones evolutivos sorprendentes
Desde el canto grave de las ballenas que se expande por el océano hasta el rugido profundo de un león que atraviesa la sabana africana, los animales han desarrollado sistemas acústicos capaces de transmitir mensajes cruciales a través del espacio. Cada llamada encierra información: advertencias, invitaciones, amenazas o simples señales de presencia. Pero no todas las voces llegan igual de lejos.
Durante décadas, los científicos se han preguntado qué determina la distancia que puede recorrer una llamada animal. ¿Es el tamaño del cuerpo? ¿El entorno? ¿La necesidad de comunicarse con otros miembros de la especie? Un equipo de investigadores de la Universidad de Nueva Gales del Sur (UNSW) decidió abordar esta cuestión desde una perspectiva evolutiva amplia, comparando especies de todo el planeta.
El resultado, publicado en el Journal of Mammalian Evolution, revela un patrón sorprendente: los mamíferos terrestres y los acuáticos siguen reglas evolutivas diferentes cuando se trata de comunicar a larga distancia. El estudio analizó datos procedentes de 81 investigaciones científicas y reunió información sobre 103 especies de mamíferos, desde koalas hasta ballenas azules. Y lo que emergió de ese mosaico de voces es una historia donde la biología y el ambiente compiten por moldear el alcance del sonido.
El tamaño importa… bajo el agua
En los océanos, el patrón evolutivo resulta sorprendentemente claro: cuanto más grande es el animal, más lejos viaja su voz. Este principio se manifiesta de forma espectacular en la ballena azul, el mayor animal que ha existido jamás. Con un peso cercano a las 150 toneladas, sus cantos pueden propagarse hasta 1.600 kilómetros en condiciones ideales, convirtiéndose en una de las señales acústicas más potentes del reino animal.
El estudio liderado por Ben Walker demuestra que la relación entre tamaño corporal y alcance vocal es especialmente fuerte en el medio marino. Animales más pequeños, como las nutrias marinas (que pesan alrededor de 28 kilogramos) apenas logran que sus llamadas recorran aproximadamente un kilómetro.
Esta diferencia no es casual. El océano posee propiedades físicas muy distintas a las del aire: el sonido se transmite con mayor eficiencia en el agua, lo que permite que las frecuencias bajas (típicas de animales grandes) viajen distancias enormes. Los investigadores concluyen que la evolución de la comunicación acústica en mamíferos marinos está profundamente ligada a cambios en el tamaño corporal a lo largo del tiempo.
Los resultados coinciden con principios bien establecidos de la bioacústica y la física del sonido, que explican cómo las ondas de baja frecuencia se propagan mejor en medios densos como el agua. En ese contexto, el cuerpo de un animal actúa como un instrumento resonante: cuanto mayor es, más profundas y potentes pueden ser sus emisiones sonoras.
En tierra firme manda el territorio
En el mundo terrestre, sin embargo, la historia se vuelve más compleja. El tamaño corporal influye, pero no es el factor principal. El estudio revela que la variable más determinante es el tamaño del territorio que ocupa una especie, lo que los biólogos denominan «home range».
Los animales que viven en áreas extensas necesitan que sus señales acústicas viajen más lejos para ser útiles. Por ello, especies como los elefantes o los leones han desarrollado llamadas capaces de recorrer varios kilómetros. Los rugidos territoriales del león, por ejemplo, pueden oírse hasta a ocho kilómetros de distancia, un mensaje inequívoco dirigido a rivales potenciales.

También intervienen otros factores. Las especies sociales suelen tener llamadas de mayor alcance que las solitarias, ya que necesitan coordinarse con miembros de su grupo. Asimismo, el propósito de la señal influye: las llamadas territoriales tienden a viajar más lejos que las señales destinadas a interacciones cercanas, como el cortejo o el cuidado de crías.
Pero uno de los hallazgos más inesperados tiene que ver con el hábitat. Los investigadores descubrieron que los mamíferos que viven en entornos cerrados, como selvas o bosques densos, han evolucionado llamadas que alcanzan distancias relativamente mayores que las de animales de espacios abiertos como las sabanas. Este resultado contradice algunas ideas previas sobre la propagación del sonido en ambientes naturales.
La explicación podría estar en la presión evolutiva: en ambientes donde la visibilidad es limitada, la comunicación acústica se vuelve especialmente crucial para localizar aliados o advertir amenazas.
Un futuro incierto para las voces de la naturaleza
Más allá de desvelar patrones evolutivos, el estudio también plantea preguntas inquietantes sobre el futuro. Los cambios provocados por la actividad humana están alterando los paisajes acústicos del planeta, desde el ruido de los barcos en los océanos hasta la transformación de los hábitats terrestres.
En el mar, la caza histórica de ballenas y las presiones ambientales han provocado cambios medibles en el tamaño de algunas especies. Investigaciones previas indican que la ballena franca del Atlántico Norte ha reducido su longitud máxima en un 7,3 % desde 1981, posiblemente debido a factores como colisiones con barcos o enredos en redes de pesca. Según el nuevo estudio, una reducción en el tamaño corporal podría traducirse también en un menor alcance de las llamadas.
En tierra, el problema adopta otra forma. La deforestación puede modificar radicalmente la forma en que se propaga el sonido. En un bosque denso, un animal puede emitir una llamada diseñada evolutivamente para recorrer cierta distancia segura. Pero si el entorno cambia y el bosque desaparece, esa misma señal podría viajar más lejos de lo previsto, exponiendo al animal a depredadores.
En ese sentido, la investigación ofrece también herramientas prácticas. Comprender cómo y hasta dónde se propagan las llamadas animales puede ayudar a mejorar los programas de monitoreo acústico de biodiversidad, una técnica cada vez más utilizada por científicos y conservacionistas. Escuchar el paisaje sonoro de un ecosistema permite detectar especies, estimar poblaciones y vigilar cambios ambientales.
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