«Me voy a vivir al monte»: el gesto filosófico que se viraliza en la era de la IA y la ansiedad existencial

En los últimos días, la decisión de Mrinank Sharma, responsable de AI Safeguards en Anthropic, de abandonar su puesto para estudiar y escribir poesía en Reino Unido, ha resonado con fuerza en las redes sociales. Su carta, en la que afirma que «el mundo está en peligro», ha puesto de manifiesto una tendencia creciente: la de profesionales de alto nivel que optan por retirarse de la carrera tecnológica y corporativa en busca de un sentido más profundo.

Pero este fenómeno no es nuevo. Desde la Gran Renuncia de 2021, donde millones de trabajadores abandonaron sus empleos citando bajo salario y falta de respeto, hasta hoy, donde las preocupaciones se han desplazado hacia cuestiones éticas y ansiedad existencial, el impulso de «irse al monte» persiste. Y detrás de este gesto hay siglos de tradición filosófica.

La filosofía de mandar todo a tomar por culo

Entre las grandes tradiciones filosóficas helenas, el epicurismo ofrece una de las justificaciones más claras para el retiro. Contrariamente al estereotipo hedonista, Epicuro entendía la filosofía como una «medicina psicológica preventiva». Su jardín no era un lugar de excesos, sino un refugio diseñado para reducir estímulos, comparaciones y necesidades innecesarias.

En términos modernos, se trata de darse cuenta de que estamos corriendo una carrera cuya meta no hemos elegido. Es construir un espacio propio donde vivir sin angustia, dedicado al placer entendido como ausencia de dolor y tranquilidad del alma.

Gente independiente: más allá del refugio

Otras escuelas, como los estoicos y cínicos, fueron mucho más radicales. Para ellos, la independencia interior (autarquía) no era solo refugiarse, sino liberarse de las cadenas que nos atan: hipotecas, carreras, reputaciones, horarios.

En un mundo donde «ser funcional» al sistema se ha convertido en el objetivo principal, retirarse se convierte en un acto de libertad. Como argumentaban los ermitaños medievales o los santones orientales, si necesitas gustar, ser productivo y estar disponible para sostener tu vida, no eres libre: eres funcional. Y esa funcionalidad te impide aspirar a fines más elevados.

Pensar mejor: el retiro como higiene mental

Con el nacimiento del mundo moderno, el retiro adquirió otra dimensión: la de herramienta para pensar bien. La torre de Montaigne o los paseños de Rousseau no eran actos de misantropía, sino estrategias para alejarse, tomar perspectiva y practicar higiene mental.

Hoy, en una sociedad donde nuestras mentes están siempre «unos zorros» por la sobreestimulación constante, el retiro se vuelve aún más necesario. Es una forma de recuperar la capacidad de pensar con claridad en medio del ruido.

Retirarse como protesta: cuando la salida es la única palanca

La modernidad también nos trajo el retiro político. Cuando no puedes reformar el mundo, a veces la única palanca es la salida. Negarse a cooperar con un orden injusto o absurdo.

Aunque la literatura suele considerar esta huida como cobardía, lo cierto es que nunca es un gesto neutro. Es una declaración política, una forma de disentir con el statu quo.

Muchas razones, un mismo gesto

Históricamente, el impulso de retirarse se intensifica cuando ciertas sensaciones colectivas invaden la sociedad: sensación de fin de época, aceleración, saturación, ansiedad existencial, problemas de legitimidad. Justo lo que sufrimos hoy.

Y frente a ello emerge la tranquilidad como un bien escaso a perseguir, una forma de recuperarse en el maremágnum actual. Por eso, mucha gente ha empezado a comprender que «irse al monte» no tiene por qué ser evasión: puede ser una «relocalización moral», una forma de hacerse mejor, de empezar de nuevo, de tomar impulso.


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