Sinfonía inacabada

Sinfonía inacabada

La ultraizquierda española, sin brújula ni mensaje: entre la teoría de salón y el precipicio electoral

La izquierda a la izquierda del sanchismo se debate en una crisis de identidad profunda que va mucho más allá de la falta de un líder carismático o un nuevo nombre que agrupe sus múltiples siglas. Es, en esencia, una sinfonía inacabada, una orquesta de personajes en busca de un autor que la rescate del abismo al que la ha arrastrado la flauta de Hamelin-Sánchez y el ala de ministros que encabeza Yolanda Díaz.

Expertos como el politólogo Mark Lilla o el filósofo Diego Fusaro han señalado que el problema de fondo no es organizativo, sino ideológico: la ultraizquierda ha abandonado las ideas de clase y de unidad para perderse en discursos minoritarios, excéntricos, elitistas y culturales, alejados del verdadero bien común y de los problemas cotidianos de la calle. Esta deriva teórica, que quizás encuentra eco en las lecturas de Laclau y Mouffe, ha llevado a la izquierda abertzale a centrarse excesivamente en los antagonismos, donde Pedro Sánchez les ha comido literalmente la tostada.

El abandono de la idea de nación como espacio del bien común ha sido otro error crucial. En su lugar, esta corriente política se ha contagiado del capitalismo progresista y del nacionalismo-independentismo, perdiendo el norte de su discurso original. Confiaban, quizás influidos por las tesis de Owen Jones, en que una clase media deteriorada les daría su apoyo, olvidando la máxima de que cuando la clase media se proletariza tiende a virar hacia posturas fascistas o autoritarias.

Este vacío ideológico ha dejado terreno expedito a Vox, de manera similar a como ocurrió con el Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia. No se trata de equiparar ideologías, sino de constatar un hecho objetivo: el voto obrero ha cambiado de signo. La melodía de esta ultraizquierda se ha vuelto repetitiva, como el Bolero de Ravel: puede sonar bien al principio, pero termina por cansar. Y con tantas operaciones estéticas, lo que más resaltan hoy son las costuras de sus cicatrices.

Demasiada teoría de salón y poca calle. Es lo que tiene haberse acomodado a los despachos oficiales, a tantos asesores ‘pijoprogres’ y a tantas alfombras rojas. Mientras la derecha y la extrema derecha han sabido conectar con el malestar social, la ultraizquierda sigue atrapada en debates académicos que poco tienen que ver con la realidad de los ciudadanos de a pie.

El desafío no es encontrar un nuevo nombre o un líder carismático, sino reconstruir un mensaje que vuelva a conectar con las preocupaciones reales de la gente: empleo digno, vivienda asequible, servicios públicos de calidad y justicia social. Sin esto, la sinfonía inacabada de la ultraizquierda seguirá sonando cada vez más lejana, hasta perderse en el eco de su propio vacío.


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