El Sagrado Corazón de Jesús y la política: cuando la fe se convierte en bandera
En el corazón del debate político contemporáneo late una paradoja que Manuel Arias Maldonado desentraña con precisión quirúrgica en su último ensayo sobre la pulsión nacionalista: el nacionalismo parece extraer su enorme potencia movilizadora de pasiones irracionales o, cuando menos, carentes de una base puramente racional. Esta observación no es mera especulación académica, sino una constatación histórica que atraviesa siglos de conflictos y transformaciones sociales.
La aspiración de construir una patria socialista sin patria nacional quedó sepultada bajo los escombros ideológicos del siglo XX. Stalin fue el primero en apelar a la Madre Rusia para poner en marcha el esfuerzo bélico de unos rusos que se reconocían como tales antes que como proletarios o comunistas. Como describió magistralmente Richard Overy en su obra fundamental «Por qué ganaron los aliados», en la guerra es decisivo que los dioses estén siempre de nuestro lado.
La paradoja alcanza su máxima expresión en la Unión Soviética, donde Dios había sido prohibido oficialmente. Sin embargo, la religión renació a causa de la guerra. El día de la invasión alemana, el metropolitano Sergei, cabeza de la Iglesia ortodoxa rusa, que había sido perseguido por las autoridades y acosado por la Liga de los Sin Dios durante años, fue recuperado para que pidiera a los fieles que hicieran lo que pudiesen para ayudar al régimen. De modo que el patriarcado se reinstauró en septiembre de 1943 y se fomentó abiertamente la observancia religiosa. Los sacerdotes cantaban plegarias por Stalin, al que se daba el tratamiento de «ungido del Señor».
Este viraje histórico nos lleva a una reflexión contemporánea que un periodista amigo sostiene con convicción: la II República perdió la guerra el día 28 de julio de 1936 cuando un grupo de milicianos procedió a fusilar al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles y puso a Dios de manera irrevocable del lado de los alzados diez días antes. Ya fuera esta interpretación literal o metafórica, lo cierto es que puede decirse que hay nación allí donde un número suficiente de personas creen en ella.
Para Montesquieu, ni la sociedad ni el gobierno pueden ser preservados en ausencia de amor cívico, al fomento del cual habrán de dedicarse padres y escuelas. Juan Jacobo Rousseau concluye que el tipo de ciudadano que necesita la democracia solo puede nacer si el poder favorece la educación cívica y los rituales públicos. Estas reflexiones filosóficas adquieren una dimensión particularmente relevante cuando observamos el presente político español.
Ignacio Varela ha enunciado con precisión una correlación temporal inquietante: entre la degradación histórica del PSOE y la regresión en la calidad de sus secretarios de Organización. Esta observación no es anecdótica, sino que refleja un fenómeno más profundo de descomposición institucional que afecta no solo a un partido, sino al tejido democrático en su conjunto.
Para entender este proceso de degradación, conviene atender a la ley de Weber y Fechner, que pone en relación los estímulos y las sensaciones de modo que, para que las sensaciones crezcan en progresión aritmética de razón 2 (2, 4, 6, 8,…), los estímulos han de hacerlo en progresión geométrica de razón 2 (2, 4, 8, 16,…). Así, por ejemplo, un desfalco de las arcas públicas después de la serie que llevamos sufrida para que llegue a causarnos sensación apreciable debe multiplicar logarítmicamente su magnitud y lo mismo cabe decir de los casos de violencia machista cuya frecuencia acaba atenuando el impacto sobre el público.
Esta ley explica por qué la ciudadanía parece cada vez más insensible a los escándalos políticos, por qué los casos de corrupción que antes hubieran provocado crisis institucionales ahora apenas generan titulares de dos días. El umbral de indignación se ha elevado tanto que solo los escándalos más escandalosos logran traspasarlo.
Julio Cerón, con su característica lucidez, prescribía: «sé tú tu gurú». Esta máxima, recogida por Ernesto García Camarero en su libro «Nadie es más que nadie» (Postmetropolis Editorial, 2024), adquiere hoy una relevancia especial. En un contexto donde las instituciones parecen fallar y los liderazgos políticos se desvanecen, la responsabilidad individual se convierte en el último bastión de resistencia contra la degradación democrática.
El análisis de Manuel Arias Maldonado sobre el nacionalismo como pasión irracional nos devuelve al punto de partida. La política contemporánea parece haber abandonado la racionalidad en favor del emotivismo, de la construcción de narrativas que apelan a sentimientos más que a razones. El Sagrado Corazón de Jesús fusilado en el Cerro de los Ángeles no fue solo un acto iconoclasta, fue el símbolo de una República que desconocía el poder simbólico de la religión y la identidad colectiva.
Hoy asistimos a un fenómeno inverso: partidos que intentan recuperar símbolos religiosos y culturales no por convicción sino por oportunismo electoral. La diferencia es que en 1936 el gesto fue voluntariamente provocador, mientras que ahora suele ser calculadamente oportunista. En ambos casos, sin embargo, se revela la misma verdad: la política no puede ignorar las pasiones colectivas, las identidades compartidas, las creencias que mueven montañas.
La degradación del PSOE, según Varela, no es un fenómeno aislado sino parte de un proceso más amplio de descomposición de los partidos tradicionales. La ley de Weber y Fechner explica por qué esta descomposición avanza sin que la sociedad parezca reaccionar con la energía necesaria: cada nuevo escándalo requiere una magnitud exponencialmente mayor para provocar la misma sensación de escándalo que el anterior.
En este contexto, la prescripción de Julio Cerón adquiere una urgencia particular. Si las instituciones fallan, si los partidos se degradan, si los líderes decepcionan, solo queda la responsabilidad individual. Ser tu propio gurú no significa aislarse del mundo, sino asumir con madurez la responsabilidad de construir sentido en un contexto de descomposición simbólica.
La política necesita recuperar su dimensión sagrada, no en el sentido religioso sino en el sentido de lo que une a una comunidad más allá de los intereses particulares. El Sagrado Corazón de Jesús fusilado representó el intento de construir una comunidad sin símbolos compartidos, sin creencias colectivas. El resultado fue una guerra civil que aún hoy nos cuesta entender.
Hoy enfrentamos un desafío diferente pero igualmente grave: la descomposición de los símbolos sin que haya habido un proceso consciente de su sustitución. Los partidos tradicionales se desvanecen, las instituciones pierden legitimidad, los liderazgos se desmoronan, y no hay un proyecto alternativo claro que los reemplace. Solo queda la responsabilidad individual de cada ciudadano de construir sentido en medio del caos.
Como escribió Manuel Arias Maldonado, el nacionalismo extrae su potencia de pasiones irracionales. Pero quizás lo que necesitamos no es menos irracionalidad sino una irracionalidad mejor orientada, una pasión por la comunidad que no excluya pero que una, que no divida pero que motive. El desafío es enorme, pero como recordaba Julio Cerón, la única autoridad válida es la que cada uno se otorga a sí mismo.
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